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El Caribe

Quisqueya

Los quince de Quisqueya

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El sueño de Quisqueya, como el de toda adolescente que sale de la niñez y se coloca en el camino de la adultez, era celebrar por todo lo alto sus quince años.
Albergaba la ilusión de una gran fiesta en la que no faltara la música, un gran bizcocho y muchos regalos.

La jovencita, se imaginaba su presentación en sociedad vestida con un traje vaporoso de corte princesa de color rojo. Sí, el rojo era su color favorito.

Quisqueya soñaba con que el artista del momento cantara para ella en aquel
día tan especial en presencia de sus familiares y amigos.

Pero había una idea que siempre pasaba por su cabeza, era inmortalizar ese importante momento en un lugar donde pocas lo habían hecho: en el Palacio Nacional, una locación digna para una princesa como ella.

“Quisqueya, mi hija, ¡despierta!”. La interrumpió su padre para sacarla de sus cavilaciones.

“¿Qué clase de disparates se te han metido en la cabeza?”, agregó el padre y prosigió su discurso: “Tú sabes que eres mi mayor tesoro, que no hay nada en el mundo que no haría por ti. Pero sabes que con lo poco que gano como policía apenas nos alcanza para comer.

Que tu mamá y yo nos estamos rompiendo la cabeza para conseguir el dinero de comprarles a ti y tus hermanos los libros y el uniforme para que vayan a la escuela. Mi hija no me pidas algo con lo que no te puedo complacer”.

Después de tan largo discurso y con lágrimas en los ojos, Quisqueya volvió a su cruda realidad.

Ubicó su cabeza en su humilde casita en un callejón del sector La Ciénaga. Volvió a la realidad de muchos dominicanos que como ella sobreviven en un ambiente de miseria.

Quisqueya suspiró y se le oyó decir: “Es verdad papi, tienes razón. Después de todo, tú no eres funcionario del Gobierno”. l


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