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El Caribe

Reportaje

La China: “Tengo el reto de volver”

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Lisvel Eve Mejía trabaja para regresar por todo lo alto a la selección nacional de voleibol tras largas noches de pesar y dolor por una lesión de tibia y peroné

La China, como le dicen, se considera una persona que ha madurado mucho.
La China, como le dicen, se considera una persona que ha madurado mucho. (Kelvin Mota)

Las muletas que le recordaban la peor pesadilla de su vida pertenecen a un pasado que solo sirve de motivación para alcanzar la gran meta que le consume sin tregua 24 horas al día de cada semana. Lisvel Eve Mejía tiene apenas 21 años, pero puede escribir un libro con lo que ha vivido desde el 16 de febrero jugando voleibol en Perú como refuerzo del club Géminis, cuando se fracturó la tibia y el peroné de su pie izquierdo, un momento que le dio otros tonos a su existencia.

“En el momento no me sentía nada, pero al ver a todo el mundo con rostro de preocupación y cuando vi lo que fue sentí que todo terminó. Pensé que esa lesión terminó con mis sueños. Eso fue lágrimas y nervios por un buen tiempo”, recuenta Eve Mejía, a quien popularmente se conoce como La China, a elCaribe en un aparte de su rehabilitación en el viejo pabellón de voleibol del Centro Olímpico Juan Pablo Duarte.

“Yo en Perú, sola, sin mis padres, mi esposo. Ahora te puedo decir que las pruebas del Señor son únicas, porque he aprendido tanto que en apenas meses soy una persona diferente, que ahora ve cosas que antes me pasaban por el lado. No le deseo una lesión a nadie, pero el aprendizaje ha sido bueno. Es por eso que tengo el reto de levantarme. Sé que esto pasó por algo”, dice.

Dueña de una sonrisa que se compara con el esplendor de la costa de su Puerto Plata natal, Eve Mejía sufrió una transformación en orden descendente: de refuerzo a paciente, de estelar cobrando buen dinero a una cama sin poder moverse, necesitando la ayuda de compañeras que se convirtieron en sus hermanas, especialmente desde el 18 de febrero, día en que pasó por el quirófano en un centro privado luego de ser atendida en el Hospital Casimiro Ulloa.

“Les agradezco tanto. Se fueron conmigo de la cancha al hospital y desde ahí a la clínica. Me bañaban, alimentaban, me daban todo. No podía hacer nada por mi cuenta y tenía prohibido pararme de la cama”, dice Mejía sobre Sidarka Núñez, Cándida Arias, Yonkayra Peña y  Marianne Fersola, esta última la más apegada.

Su madre, Elizabeth Mejía, estaba en Puerto Plata con más desespero que aliento. Ni hablar de su esposo, Lenín. Con los días era La China que evitaba derrumbes emocionales en sus seres queridos hasta que luego llegaron a Perú y el aire empezó a sentirse más fresco.

Parada en Puerto Plata

Tras dos meses en tierra inca, La China regresó a Puerto Plata, al sector Gregorio Luperón, donde un día cualquiera de sus entonces 14 años Miriam García, exselección nacional de voleibol, hizo una gran labor de reclutamiento y convenció a sus padres de que permitieran a la espigada jovencita de que viniera a Santo Domingo para aprender una nueva disciplina.

La China no quería apariciones en público ni mucho menos que la vieran en muletas. Para una joven acostumbrada a cierta vida de estrellato, viajes por todo el mundo, buena paga, comodidades y la admiración de muchos, la incertidumbre era un golpe con calidad para noquear.

“No quería que me vieran así. Le he pedido mucho a Dios desde el momento en que me dijeron que volvería a jugar a los ocho meses para que me ayude a hacerlo que en verdad mi mente no estaba en otra cosa más que hacer lo necesario para cumplir esa meta”, señala.

Lisvel se considera una buena alumna y relata sin problemas todo lo que ha aprendido. “Antes, ciertas cosas no me importaban. Podía jugar sin entrenar algo o me descuidaba en ciertas cosas. Ahora que tengo que llevar una disciplina al ciento por ciento porque el riesgo de un retroceso es grande, pues ya entiendo bastante”, comenta.

 ¿Se puede decir que maduraste? “Bastante”, dice con una pausa breve de tomar aire, pasar su mano izquierda por el pie del mismo bando y colocar su mirada hacia el techo de la instalación donde concedió la entrevista.

“Pude perderlo todo y tan joven. Mi familia depende de mí, quiero tener hijos  Dios mediante y todo depende de cómo complete mi proceso de recuperación. Sé que alguien trabaja fuerte para ganarse mi puesto, pero aún no estoy dispuesta a entregarlo. Eso no es verdad”, dice la hija de Francisco Eve.

Se rehabilita cinco días a la semana en dos lugares, incluido un centro privado. El trabajo es arduo, pero para una atleta orgullosa nada es peor que verse relegada a la banca.

“Me encanta estar en la cancha, jugar duro, fajarme. No aguanto estar en el banco”, aclara la jugadora universal de la selección nacional femenina.
Ya la tibia está sellada, pero le falta el peroné. Le ha puesto cierto peso a su pierna afectada y responde a la perfección. Le dijeron que en ocho meses podía regresar a la cancha, pero  no hay prisa que la acelere. No después del 16 de febrero.

“Si tengo que tomarme más tiempo lo haré. Las muletas se fueron a su tiempo y espero en Dios que cuando lo entienda me deje volver al voleibol”, dijo finalmente. Se marchó a paso lento, pero seguro de completar su misión.

Prepara cualquier plato y asegura que muy bien

La China, que terminó su bachillerato y estudia idiomas, baila de todo un poco, pero su gran pasión es la cocina.

“Cocino lo que sea. No importa el plato y me perdonan la inmodestia, pero lo hago muy bien. Nadie se ha quejado hasta el momento de mi sazón”, apunta la atleta de 6´3´´ de estatura.

Cuenta que en muchos viajes de la selección nacional, sus compañeras hacen un pacto para comer al estilo criollo sin importar el destino. “Llevo mis sazones. Otra de las muchachas lleva arroz y habichuela, a veces hasta una estufa nos hemos llevado. No se puede pasar hambre por tantos días”, revela Mejía, quien no es la única que cocina, pero “mi sazón es duro”.


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