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El Caribe

Opinión

Seguridad Vs privacidad. Distopía ultramoderna

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Escuchar al presidente Obama hablar sobre la incompatibilidad de la seguridad y la privacidad me remonta mentalmente a lo que definieron Tommas Hobbes y Jean Jacques Rousseau como el “contrato social”.

Para ambos, por motivos diferentes, para la preservación del hombre en medio de la sociedad debía producirse un contrato que crearía un ente encargado de administrar las libertades y los derechos individuales en pro del bienestar de la generalidad. Hobbes –en su obra “El Leviatán”- lo exponía por razones opuestas a Rousseau en el sentido de que para el primero el “hombre es el lobo del mismo hombre” por lo que el contrato social al que aludía debía crear una autoridad “supraindividual” que, controlándole, sería responsable de dirimir y diferenciar lo bueno de lo malo y así evitar que acabase con su propia especie.

Para Rousseau, en cambio, el hombre es un ser eminentemente bueno y libre de maldad, marcado primigeniamente por el amor y la piedad, que sin embargo, por las necesidades que se crean en su interrelación necesita de esa entidad de la que habla Hobbes para perpetuar la especie y garantizar su desarrollo en un ambiente de, en lenguaje moderno, “sostenibilidad”.

Ambas teorías, disímiles en la concepción filosófica del hombre y con las cuales podríamos estar en desacuerdo o no, confieren al Estado – mecanismo sociopolítico al que hacen alusión- la prerrogativa de “dirigir” las acciones adecuadas para hacer de la sociedad una entidad de naturaleza perpetua y de progresiva evolución. Ahora bien, ¿qué sucede cuando ese Estado que se supone garantista de la seguridad del ciudadano vulnera los derechos fundamentales logrados más tarde – el de la privacidad por ejemplo- en aras de, (según él) protegerlo de sí mismo?

Se estaría produciendo una vulneración de la proporcionalidad que debe existir entre lo que le ofrece el Estado al individuo y lo que le quita a cambio. Evidentemente, tanto la sociedad por la que propugnaba Hobbes, la de Rousseau, como también la de hoy, saben y aceptan que, para recibir del Estado niveles de seguridad mejorados es necesario que se produzca una reducción en los niveles de algunas libertades, pero ese intercambio debe producirse en el más estricto orden de equilibrio y proporcionalidad y sobre todo en apego absoluto a las leyes y a los principios rectores del derecho y –paradójicamente- también a la moral. ¿Qué sucede cuando, de manera secreta, el Estado, bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo, te roba el 100% de privacidad para darte un 50 o cualquier otro por ciento adicional de seguridad? Pues, sencillamente, no existe equilibrio posible, ni mucho menos, por el carácter furtivo de la acción, apego y resguardo alguno de las leyes.
Fíjense, desde la II Guerra Mundial la alianza de inteligencia UKUSA (EE.UU, UK, Canadá, Nueva Zelanda y Australia) han llevado adelante el programa ECHELON, la mayor red de espionaje del mundo capaz de interceptar más de tres mil millones de comunicaciones al día. Cada uno de estos países tendría una “zona de monitoreo especial”; Canadá, por ejemplo, Centroamérica y el Caribe; EE. UU, Sudamérica, Medio Oriente y Europa…

Pero no solo ha sido de una parte, no. También la Europa tiene su propio “ECHELON”, llamado en este caso “ENFOPOL” o enforcement Police, capaz de realizar las mismas “tareas” del primero. Pero también existe el “Carnivore” que es una especie de software utilizado por el FBI que  se instala en los proveedores de acceso a Internet y que rastrea todo lo que un usuario hace durante su conexión a Internet.

Por eso hoy, cuando vemos, a raíz de las filtraciones que ha hecho Edward Snowden a un diario británico y a uno estadounidense, en las cuales afirma que los Estados Unidos, por medio de la National Security Agency (NSA) y el Buró Federal de Investigaciones (FBI) tienen acceso por medio del Programa “PRISM”, a millones de registros telefónicos, amparados en la Ley Patriot, que se aprobó tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 a las torres gemelas, y cuando además, el semanario alemán Der Spiegel asegura que la NSA, además de espiar a los delegados de la pasada Cumbre del G20, espía a la UE y la ONU y almacena mensualmente 500 millones de comunicaciones telefónicas o por Internet en Alemania, nos damos cuenta de que definitivamente todos espían a todos en una especie de “mundo distópico ultramoderno” y además hipócrita. Es lo más parecido al mundo ambientado por Orwell en su novela “1984”, con la diferencia de que no existe un único centro de monitoreo e irrupción a la privacidad, sino, tantos como potencias que puedan pagarse los elevadísimos costos que exigen estos sistemas... y ya vemos que podría llamarse Estados Unidos, pero también cualquier país de la Unión Europea, incluyendo Francia, Alemania, Bruselas…

En fin, tal como si fuese en Minority Report, de Steven Spielberg o la película “Eagle Eye” o “Control total”, haciendo uso de los enormes progresos en las tecnologías de la información y en las súper computadoras, se utilizan argumentos de seguridad nacional para abusar de leyes y violar consecutivamente los derechos fundamentales de los ciudadanos sin ningún tipo de proporcionalidad. Al menos, El Leviatán de Hobbes reserva un mínimo espacio para las libertades individuales, cosa que no sucede en la distopía de Orwell y por lo visto tampoco en las prácticas de espionaje modernas en las que la privacidad sucumbe ante el descomunal concepto de la seguridad.

Por eso este tema de Snowden y sus filtraciones no causará mayores estragos para los países envueltos que los que le está causando a su propia persona. Ningún país puede reclamar a otro –en principio al menos - lo que sabe que practica y por eso, desviar la atención hacia la captura de este joven, que no es espía ni mucho menos, sino una víctima del sistema, y quién sabe si de algún interés político o económico fantasma, es un tema en el que todos colaboran, llegando al punto inclusive de cerrar el espacio aéreo al avión de un  “indígena” presidente, sin importar que esto viole el derecho internacional, las convenciones y los más tradicionales principios de consuetudinaria reciprocidad.
Al final, no solo se viola la privacidad de los ciudadanos, sino que, en una especie de “Leviatan Global” también la soberanía de los Estados entre sí. Y lo peor es, que todos, aunque finjan sorpresa, lo saben.


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