El Caribe

Especial

¿Por qué la crisis económica mundial recurrente?

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(Fuente Externa)

1. Miedo

The Economist (3/10/11) tenía en la tapa un grave llamado de alerta. La revista muy leída por las elites del planeta decía: “La economía mundial. Tenga miedo”.

En lugar de negar la profundidad de la crisis económica mundial y adjudicarla a meras coyunturas, o una etapa del ciclo económico, mostraba que se debe “tener miedo”.

La economía americana produjo en el 2010 el mayor número de pobres desde 1959, en que la oficina de censos inició su medición. Eran 46.2 millones. La tasa subió al 15.1 por ciento del 14.3 por ciento en el 2009. El 20 por ciento de los chicos, y el 27 por ciento de los negros y de los latinos eran pobres.

La situación europea donde la crisis continua es delicada. La tasa de desocupación supera el 11%, y la juvenil el 25 por ciento. La economía crece pobremente. En el 2011 a lo sumo 1.7 por ciento en la Euroárea, y en el 2012, 0.5 por ciento. Economías como la inglesa y la francesa menos de un 1 por ciento en el 2011.

En el 2014 la Eurozona, integrada por 18 países, está nuevamente al borde de la recesión. En el primer trimestre del año solo creció 0.2%. En el segundo no tuvo crecimiento alguno. La deflación con sus efectos recesivos es una amenaza grave. En julio de 2014 la tasa de inflación cayó a 0.4%. Un año antes había sido 1.6%.

La OIT informó que el número total de desempleados está en 200 millones a nivel mundial, una cifra totalmente crítica. En los países del G-20 se han perdido 20 millones de empleos desde que se inició la crisis en el 2008.

En Europa con más de 25 millones de parados se multiplican los contratos basura, sin futuro ni protecciones para los jóvenes.

Los indignados del mundo están en las calles de las más diversas capitales, protestando en los países árabes por libertad, empleo y alimentos, en la India contra la corrupción y la pobreza, en Grecia contra el ajuste brutal, en España contra el elevado desempleo, en Chile por educación gratuita.

En una nota de tapa, “A medida que crece la desconfianza en el voto, las protestas surgen en el mundo” (28/9/11) el New York Times llamaba la atención sobre que hay en muchos casos un doble reclamo en las protestas. Junto al económico se halla la búsqueda de una democracia real. Una joven manifestante en España, Marta Solanas (27 años) observa: “Nuestros padres, después de la dictadura de Franco, estaban agradecidos porque podían votar. Nosotros somos la primera generación que decimos que el voto no está incidiendo”. Quieren junto al voto lograr con las protestas que se los escuche y se los incluya.

¿Qué causas llevaron a esta crisis , que es en realidad la continuidad de la gran crisis iniciada al final del 2007, que tuvo un punto de inflexión agudo en la quiebra de Lehman Brothers, el tercer banco de EE.UU., y que llevó a una caída del Producto Bruto Mundial del 3.5 por ciento en el 2009? ¿Por qué la economía más poderosa del mundo, la americana, se transformó en poco tiempo en incapaz de generar lo más importante que una economía puede aportar empleos decentes, y lo mismo se está dando en las europeas? ¿Qué falló en el sistema?

Analicemos algunas de las causas centrales. Si no se actúa sobre ellas será difícil que las cosas mejoren.

II. Se agotó la receta

Se suponía que aplicando el modelo ortodoxo, resumido en las políticas incluidas en el Consenso de Washington que se aplicaron estrictamente en la América Latina de los ‘90, la economía crecería, y el crecimiento se “derramaría” al conjunto de la población. No sucedió así por ejemplo en la Argentina, al final de la década, el ajuste ortodoxo, la privatización salvaje, la concentración del crédito, la desregulación total y otras de las recetas, hicieron que el país triplicara su pobreza, multiplicara la desigualdad, y llegara a un 23 por ciento de desocupación, y que al final del 2002, estallara económica y socialmente, con 58 por ciento de pobreza.

Lo mismo está sucediendo en el planeta cada vez que se aplica rigurosamente la receta ortodoxa. Ojalá diera los resultados que los economistas ortodoxos auguraron a nivel internacional. La realidad no funciona así.

El modelo ortodoxo destruye empleo y producción. Menem repetía insistentemente que, o el modelo ortodoxo o el caos. Era una de las tantas simplificaciones propias de su era. En los hechos, el modelo condujo al caos, aniquilando masivamente empleos, desindustrializando, empobreciendo a las provincias y a las áreas rurales, expulsando masivamente amplios sectores sociales de los mercados de trabajo y consumo.

Hoy cultores de la receta, la defienden a ultranza en Estados Unidos y en Europa. En EE.UU. los sectores más conservadores exigen a Obama eliminar el déficit fiscal con cortes masivos centrados en los programas sociales. Por otra parte, se oponen a aumentar los impuestos a los más ricos, para atenuar los impactos. Lo plantean como una cuestión de principios.

Si algunas de sus propuestas se concretaran los resultados sociales, según diferentes estudios, pueden agravar sensiblemente la difícil situación actual. Se estima que si el Congreso no renueva el seguro de desempleo habrá 3.2 millones más de personas en pobreza. Si se recortan las estampillas para comprar alimentos, a las que están aplicando hoy 40 millones en pobreza casi extrema, la desnutrición crecería fuertemente. Sin seguro social el número de personas mayores pobres se quintuplicaría.

En Europa en el país donde se está experimentando si la receta puede salvar la situación –Grecia–, se está reproduciendo el título de una de las obras de García Márquez, Crónica de una muerta anunciada.

Los recortes fiscales, los aumentos de impuestos, los despidos públicos masivos, han llevado a que la economía cayera un 7 por ciento en el 2012, y el desempleo abierto pasara el 23 por ciento.

Esto no es gratis humanamente. El Wall Street Journal (20/9/11) retrata así la situación en materia de suicidios: “Los suicidios registrados se han duplicado desde antes de la crisis, un 40 por ciento más de griegos se suicidaron en los primeros 5 meses de este año que en igual período del pasado… la línea de suicidios de una ONG líder –Klimaka– recibía 10 llamadas por día, ahora son 100. Los llamados tienen un cierto perfil: hombre, 35 a 60 años y financieramente arruinado”.

Obama ha reclamado en sus discursos: “Uds. han visto en debates recientes al público aplaudiendo a un líder conservador quien, cuando le preguntaron qué haría si alguien estaba muriendo por falta de seguro de salud, contestó ‘que se las arreglara’. Eso no refleja lo que nosotros somos”.

La conservadora The Economist dice que el principal responsable del alto desempleo “es el cambio prematuro a la austeridad fiscal por los gobiernos… la inmediata prioridad debe ser fortalecer la demanda, o por lo menos no dañarla” (10/9/11); “la obsesión colectiva con medidas de austeridad de corto plazo de los decisores de políticas en el mundo rico están causando dolor” (1/10/11). El New York Times (29/9/11) reclama editorialmente que “se está matando la recuperación. Una fijación global en la austeridad es exactamente el curso equivocado”. Resalta sobre Europa: “Las naciones ricas como Alemania e Inglaterra podrían gastar más para aumentar el crecimiento. En su lugar están cortando gastos. Alemania y sus vecinos ricos insisten que Grecia, Portugal y otras naciones endeudadas acepten dosis de austeridad aún mayores… Enviando esas economías a cerca del colapso harán que nunca podrían salir de sus deudas”.

Las referencias a mirar hacia economías como algunas de las latinoamericanas son cada vez más continuas. Porque vienen creciendo sostenidamente, y generando trabajo e inclusión. Sus ciudadanos han están apostando porque otra economía es posible, más allá de la receta.

III. La conducta de los altos ejecutivos financieros

La desregulación salvaje de la era Bush creó un clima de “incentivos perversos”. Era posible llevar adelante casi en impunidad lo que el presidente Obama ha llamado “una codicia desenfrenada”.

Los altos niveles gerenciales de diversas empresas financieras de gran peso las llevaron a situaciones de altísimo riesgo sistemático, para favorecer la maximización de ganancias a corto plazo, dado que sus “paquetes” estaban ligados a los beneficios inmediatos de las empresas. Las intoxicaron de activos dudosos que incidían en los balances aparentes, aun cuando el futuro fuera totalmente incierto.

Fue la acusación del Congreso en sus interpelaciones contra Richard Fuld presidente de Lehman Brothers que llevó a la quiebra a una empresa de 160 años de existencia. El presidente de la comisión respectiva del Congreso Henry Waxman, le mostró que había cobrado en los últimos años 500 millones de dólares. Además, que se había cubierto, por si lo despedían, con un “paracaídas” de oro, una cláusula en su contrato que en ese caso obligaba a la empresa a pagarle 65 millones de dólares. Le preguntó: “¿Es esto juego limpio?”. Nicholas Cristoff Premio Pulitzer, tituló su columna en el New York Times dedicada a Fuld: “Se necesita ejecutivo, 17.000 dólares por hora, no se necesita ser competente”. Su remuneración era 2,000 veces el salario mínimo (8.25 la hora) que ganaban amplios sectores.

También la que le hicieron a John Tayhn, Presidente de Merrill Lynch, que ya habiendo sido su empresa absorbida por otra, con dinero del Estado, anticipó el pago de bonos por 4,000 millones a los altos ejecutivos. Asimismo, en plena crisis hizo redecorar su oficina por 1,200,000 dólares, incluyendo una alfombra por 87,000 dólares y una cómoda de 35,000 dólares.

Además, estas conductas del alto nivel corporativo mostraron una total insensibilidad a la posible ira de los ciudadanos. Uno de los tantos casos de manifestación de esta “campana de cristal” fue la comparecencia de los presidentes de las tres grandes empresas automotores al Congreso para pedir desesperadamente un rescate multimillonario. Se les preguntó, en primer término, cómo habían viajado de Detroit a Washington. Indicaron que en avión privado. Se les mostró que el costo de ese viaje en el que pedían ayuda masiva del contribuyente era 60 veces al que hubieran tenido comprando un pasaje business.

La ira popular contra los altos ejecutivos, registrada en todas las encuestas de opinión, era no sólo por estos y otros casos similares, sino porque expresaban todo un estilo de cultura corporativa.

IV. Los sesgos de las agencias calificadoras de riesgos
Las agencias son clave para los inversores. Califican los bonos y papeles emitidos por las corporaciones y los bancos para obtener recursos de los inversores. El Congreso americano las interpeló y enjuició severamente por su pésimo trabajo en los años de las burbujas. David Segal (New York Times, 18/3/09) describió así su operatoria: “Pusieron su sello de aprobación en incontables subprimes, y valores vinculados que ahora se describen como tóxicos. El problema, señalan los críticos, consistía en que eran pagadas por las corporaciones cuya deuda debían graduar, percibían millones en honorarios y tenían un incentivo financiero en dar altas notas a valores que no lo merecían.

Por lo menos 10 grandes compañías que quebraron o fueron rescatadas en el 2008, tenían calificación para la inversión. Era lo mismo que dar a pacientes con enfermedades mortales certificados de salud total. Moody’s calificó la deuda de Lehman Brothers con A2 días antes de que se presentara a quiebra y le dio a la deuda no asegurada de AIG, un rating de A3, más alto aún que A2, una semana antes de que el gobierno se viera obligado a tomar la compañía”.

Una investigación del senado (abril, 2011) mostró que más del 90 por ciento de las calificaciones de AAA dadas por las agencias a inversiones basadas en paquetes de hipotecas en el 2006 y en el 2007 fueron después degradadas al estatus de basura, causando grandes pérdidas a los inversores.

Un informe de la SEC (Agencia de Control), encontró en diversos casos que las agencias han emitido “informes inexactos, han fallado en informar o manejar conflictos de interés y han puesto la generación de ganancias para ellas por encima de análisis financieros rigurosos” (Wyatt, The New York Times, 1/10/2011).

V. En busca de la ética perdida

El New York Times se pregunta sobre que tenían en común algunos de los presidentes de corporaciones cuyo manejo precipitó la crisis, e ironiza diciendo que casi todos ellos eran egresados de reconocidas escuelas de alta gerencia. Ha surgido una pregunta común a gran parte de la opinión pública: ¿qué sucedió en dichas escuelas con su formación ética?

Pocos años antes, cuando las quiebras de Enron, World Com, y otras cuando el Congreso americano comenzó a interpelar a los responsables, se alzó la voz del profesor emérito de George

Washington University, Amitai Etizioni que lo exhortó desde el Washington Post “Llamen a declarar a los decanos de los masters en gerencia”. Mostró encuestas, algunas señalaban que el perfil ético de los estudiantes de dichos masters era peor cuando se graduaban que cuando ingresaban.

A la cabeza de los cuestionamientos se pusieron los estudiantes de las mismas escuelas de gerencia fuertemente afectados por el juicio social sobre su profesión. Un grupo de estudiantes de la promoción 2009 de Harvard propuso a sus compañeros que, al graduarse, lo hicieran jurando de modo voluntario “actuar con la más absoluta integridad”, no caer en corrupción, ni en egoísmos. La respuesta fue inesperada. En pocas horas recibieron pedidos de ayuda para implantar ese juramento de estudiantes de más de 25 escuelas del mundo. Poco tiempo después escribían “nuestro buzón de email ha explotado”. 115 países, con 49 idiomas distintos lo han visitado y el juramento está siendo adoptado en múltiples escuelas.

El gran tema planteado es: la gerencia es un recurso fundamental para la economía y la sociedad. Las escuelas líderes forman gerentes al más alto nivel tecnológico, pero las evidencias indican que no hacían el trabajo de preparar éticamente, mostrando los dilemas, y valores éticos en juego. La educación de los masters gerenciales tenía un talón de Aquiles en lo ético. No preparaba a los estudiantes para cuando tuvieran que enfrentar situaciones éticas conflictivas. De hecho, al no darle relevancia a la ética, la desvalorizaba en su percepción.
El Wall Street Journal resalta (Canales, Massey, Wrzesniekwski, 13/8/10): “Algunos expertos creen que las escuelas deben entrenar gerentes en elementos más estrechos de las estrategias empresariales como negociación, incentivos y otros y dejar la enseñanza de valores a otros. No podemos estar más en desacuerdo”. Las contradicciones son muy fuertes. Destaca que cuando se preguntó a estudiantes de escuelas de negocios líderes las calidades para ser un gerente exitoso, mencionaron entre las primeras visión y perspicacia mientras que honestidad y responsabilidad recién aparecían después de mucha discusión. En cambio, cuando se los interrogaba sobre las características que más valoraban en los seres humanos, solidaridad, integridad y responsabilidad eran las primeras.

Piper, catedrático de Harvard, describe que en las currículas gerenciales el énfasis está en “cuantificación, modelos formales y fórmulas y se minimiza la aplicación de juicios y el debate sobre valores… los estudiantes asumen que no tienen importancia”.

Una experimentada profesora explica en el Financial Times (Gentile, 13/9/10) que el ambiente que se crea hace que: “la manera de demostrar que un alumno es listo es argumentar que la competencia en el mercado no permite una moralidad personal y está mal comportarse de ese modo egoísta poniendo la conciencia de uno sobre el bien de la empresa y sus accionistas”.

Hay una gran reacción en marcha en las mismas escuelas. La presidenta de la Universidad de Harvard, Drew Faust, rompió la tradición por la que los decanos de su famosa escuela de negocios eran profesores de Economía o Finanzas, y nombró nuevo decano a Nithin Nhoria, profesor de Liderazgo y Ética, conocido por su pensamiento crítico y su énfasis en lo ético. El nuevo decano explica que “la crisis ha conmocionado la confianza de la sociedad en las empresas y también en la educación gerencial”.

Faust explicitó con claridad su mensaje de cambio: “… los estudiantes están muy preocupados acerca de la imagen de las empresas y su lugar en la vida americana y en el mundo”.

Otras reconocidas universidades se hallan en la misma dirección. El decano de la Escuela de Southern University, Ellis plantea: “Hemos enseñado a nuestros estudiantes a buscar grietas en la economía y los hemos preparado para explotarlas”.

Cabrera, presidente de la Thunderbird, alerta: “Algo grande ha fallado. No podemos mirar para otro lado y decir no es nuestra falta, cuando hay una sistemática y tan extendida falla de liderazgo”.

Para la nueva decana de Kellogg, Blount, el cambio es una necesidad: “Estamos llegando a un tiempo crítico para la educación de negocios”. Enfatiza enseñar ética y responsabilidad social.

El autor de Felicidad en el trabajo, Rao, señala metas muy concretas: “Demasiadas de nuestras escuelas de negocios no son instituciones educativas, sino de adoctrinamiento. Necesitamos más cursos que hagan pensar profundamente a los participantes sobre sus valores, su rol en la sociedad, y cómo intentan cumplirlo”.

El debate es de gran relevancia para América Latina donde hay un clamor de la ciudadanía por ética en todos los campos y son estimulantes las iniciativas renovadoras de diversas universidades e instituciones empresariales de la región y la creación de redes como entre otras la Red Latinoamericana de Universidades por el Emprendedurismo Social.

Los vacíos éticos en las políticas públicas, la cultura corporativa amoral y las marcadas deficiencias en la formación ética de los gerentes, causaron daños profundos a vastos sectores del planeta.

Contar con un “trabajo decente”, el gran derecho que debería asistir a todo ser humano como lo plantea la OIT se ha transformado para muchos en inalcanzable. La crisis, que primero fue financiera y luego se transformó en económica, se convirtió rápidamente en humanitaria.

Hay un clamor por cambios. Hacia el centro de ellos se plantean, junto a grandes planes de reactivación, un rol regulatorio serio y activo de las políticas públicas, la revisión de la cultura corporativa y una reformulación integral del modelo.

VI. La salida

La crisis económica mundial no es coyuntural u obedece a meros desajustes financieros corregibles, como lo suelen plantear los economistas ortodoxos.
Sus razones son estructurales. Como se ha visto, el modelo de conjunto no funciona. No da respuestas, en lo que más interesa a la gente, el empleo, la inclusión, la salud, la educación. Deja a los ciudadanos a la intemperie y expulsa a vastos sectores del sistema.

Fue aleccionador el mea culpa de Allan Greenspan, Presidente del Banco Central de EE.UU. La Reserva Federal durante 18 años, acérrimo defensor de no regular las hipotecas ni los derivativos, eminencia del modelo.

Fue interpelado por el Congreso americano durante la crisis del 2008 sobre los desastrosos resultados de esas recomendaciones. Contestó: “Estoy en estado de estupor. Creímos que las instituciones financieras se autorregularían para proteger sus intereses y los de los accionistas y no lo hicieron. Todo el edificio intelectual que construimos se ha venido abajo” (The Week, 7/11/08).
Sin embargo, su autocrítica nunca es mencionada por sus discípulos. Como si no hubiera existido.

Por otra parte, el modelo, incentiva vacíos éticos de gran magnitud en los comportamientos de actores económicos claves, como los altos ejecutivos y otros.

En general, escinde la economía de la ética. La economía sería para técnicos profesionalizados, la ética para el mundo del espíritu. No hay lugar en la economía ortodoxa para las ideas de justicia social, responsabilidad social, solidaridad, preocupación por el otro.

Milton Friedman, uno de los gurúes neoliberales, atacó duramente la idea de responsabilidad social de la empresa privada. La veía como un atropello contra lo que debía ser el único objetivo central de las empresas, maximizar las ganancias de sus propietarios.

La falta de interés por el otro se ha mostrado crudamente en la crisis económica actual. Una de sus más severas expresiones es el aumento del tiempo de duración del desempleo. Se sabe que ataca gravemente la autoestima, lleva a la implosión de la familia, humilla y mina la salud, y la motivación.
Ha subido en EE.UU. y hay más de 5 millones de personas desempleadas por más de un año.

Sin embargo, en lugar de empatía, algunas empresas pusieron en sus búsquedas de empleo en internet o directas la frase de que “candidatos desempleados no serán considerados”. La Oficina de Estadísticas Laborales calcula que los trabajadores sin empleo durante más de 6 meses, solo tienen un 10 por ciento de posibilidades de encontrarlos.

Otro punto fundamental de la insolidaridad es el principio de los fundamentalistas de mercado de que no deben subirse los impuestos a los más ricos. Elizabeth Warren, la autora de la ley de regulación financiera lo ha puesto claro, “Nadie en este país se ha hecho rico por sí solo. …nosotros los contribuyentes educamos la fuerza de trabajo del sector privado en nuestras escuelas, les proveemos caminos y trenes por donde sus mercaderías son transportadas y pagamos policías y bomberos para proteger sus oficinas y mansiones… cómo no les vamos a poder pedir que compartan los sacrificios necesarios” (The Week, 7/10/11).

Enfrentar la crisis requerirá prestar atención a otros modelos de economía que hablan con sus resultados, y trabajar para volver a integrar ética y economía.
Los países escandinavos están entre los 10 primeros puestos de las tablas mundiales de desarrollo humano, progreso tecnológico, equilibrio medio ambiental y eliminación de la discriminación de género. En América Latina varias economías han logrado reducir la pobreza fuertemente, crear empleos en escala, y tener tasas de desempleo menores que las de los países ricos, subir sus presupuestos de salud y educación sustancialmente, poner en marcha programas sin precedentes a nivel internacional por los más desfavorecidos.

Fallas éticas
Afirmó Ángel Gurria, secretario general de la OCDE (que agrupa a los países más ricos): “La crisis económica actual está costando al mundo trillones de dólares, millones de trabajos perdidos, una gran pérdida de confianza en los mercados financieros y una regresión en nuestros esfuerzos para reducir la pobreza global. Es el resultado de la combinación de severas fallas. La falla en ética corporativa es una de ellas. Una que está en el epicentro de este terremoto financiero y económico”.

La generación perdida
Los jóvenes son uno de los sectores más afectados por la crisis del sistema económico mundial, y las políticas de austeridad. The Economist estima (abril 2013) que 300 millones de jóvenes, uno de cada cuatro, está fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo. El economista de Harvard Freeman dice: “será llamada la generación perdida. Sus carreras no serían las mismas, si hubiéramos evitado este desastre económico”.

Los muy ricos
Destaca Moah (New Republic, The Week, 7/10/11): “El 10 por ciento de los contribuyentes fiscales de EE.UU. reciben el 50 por ciento del ingreso total, y son dueños de dos tercios de la riqueza del país. En las décadas recientes, la distancia entre ricos y pobres se ha convertido en mayor que en cualquier punto previo en la historia. Mientras la tasa fiscal promedio sobre los más ricos ha caído”. El Premio Pulitzer Kristof (2/10/11) señala que el 1 por ciento más rico tiene más que el 90 por ciento de la población.


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