“Estaré en esta escuela hasta que Dios quiera”

Ernestina Grullón comenzó a compartir con sus primos y hermanos menores aquellas cosas que le iba enseñando su madre, desde el abecedario hasta cómo la unión de las letras daba forma a las palabras.

Ernestina Grullón comenzó a compartir con sus primos y hermanos menores aquellas cosas que le iba enseñando su madre, desde el abecedario hasta cómo la unión de las letras daba forma a las palabras.Así, comenzaba la maestra a dar sus primeros pasos. Ella confiesa que desde los cinco años quería ser maestra. Por eso, aunque tuvo que vencer muchas obstáculos, no abandonó la lucha por alcanzar su meta. Un tiempo después, durante el ejercicio magisterial, notó que algunos niños, por más que se esforzaban, no lograban aprender a leer y escribir, esto se convirtió en una gran preocupación, por lo que realizó estudios que le permitieran adquirir las herramientas necesarias para trabajar con esa población estudiantil.

Años más tarde, con un mayor conocimiento, y luego de establecer que se trataba de niños especiales, que, por ende, requerían de un sistema educativo adecuado a sus necesidades, Ernestina se dedicó por completo a la creación de centros de Educación Especial para abrirles las puertas a niños y jóvenes que en el pasado eran recluidos en sus hogares, y a quienes se les negaba el derecho de acceder a la educación.

Hoy, a sus 90 años, Ernestina se confiesa feliz y orgullosa de sus aportes a la Educación Especial y su desarrollo en el país.

1. Francomacorisana
Mis padres eran Armando Grullón y Altagracia de la Cruz. Éramos tres hermanos. Dos varones y yo. Yo era la mayor. Nací en San Francisco de Macorís, en un hogar muy pobre, pero desde que yo tengo uso de razón, como desde los cinco años, yo quería ser maestra. Lo que yo hacía era que lo que aprendía, se lo iba enseñando a mis primos. Mi mamá me enseñó el abecedario, porque en esa época se enseñaba con el abecedario, y me enseñó cómo se unían las letras para formar las palabras. Así yo aprendí a leer. Yo estaba en una escuelita que se pagaban 10 centavos semanales y uno tenía que llevar su silla. Cuando fui a la escuela pública, que me quedaba muy lejos, me inscribieron en segundo, porque ya yo sabía leer. Yo tenía ocho años.

2. Un hogar humilde
Mi infancia la pasé en un hogar humilde de esa época, pero cuando yo tenía nueve años, mis padres se divorciaron y eso cambió totalmente mi vida. Yo digo que la alegría huyó de mí. Yo le dije a mi mamá que me iría a vivir con mi papá, no porque yo quisiera estar allá, sino porque la escuela quedaba cerca y yo quería asistir. Imagínate, cuando uno salía a la una de la tarde de la escuela y caminaba dos kilómetros con ese sol… Eso era duro, y la avenida Caonabo es empinada, queda en una cuesta, por eso me fui para la casa de mi papá, que ya se había casado con otra mujer, porque él se divorció porque estaba enamorado de otra persona.

3. Una madrastra
Cuando me fui a vivir con mi papá, mi mamá me dijo que tuviera mucho cuidado, porque las madrastras trataban muy mal a los hijos de los esposos. Le dije que no se preocupara que yo me sabía defender. Yo era muy madura desde chiquita. Mi madrastra era modista y no hacía nada en la casa. Cuando yo llegué, ella vio el cielo abierto, porque había llegado a su casa, no la hija de su esposo, sino una trabajadora doméstica. Yo tenía que cocinar, lavar, planchar y limpiar la casa, como a la edad de 10 años. Yo estaba en sexto y de ese curso en adelante uno iba dos tandas a la escuela, de ocho a 11 y de dos a cinco. Yo tenía que hacerlo todo antes de irme para la escuela. Me tenía que levantar de madrugada. Ella me decía: “¿para qué tú estudias?, a los pobres no le dan trabajo. Yo no sé para qué tú estás estudiando”. Y yo no hacía caso. A veces me decía: “Tú no vas hoy para la escuela”. Y yo me iba. Entonces, ella le enviaba un papel a la maestra diciendo que me despacharan más temprano porque ella estaba enferma, y yo le decía a la maestra que eso era mentira y no me iba. Cuando salía de la escuela tenía que cocinar, y a las dos volver a la escuela. Solo aguanté eso hasta los 15 años.

4. Lo más triste
A los 15 años volví a la casa de mi mamá. Mi mamá trabajaba y alquiló una casa, porque mis dos hermanos varones se habían ido a vivir donde mi abuela desde que mis padres se divorciaron. Ya yo estaba en el liceo. Estuve con mi mamá hasta que ella murió, que murió muy joven, a los 33 años. Cuando ella murió, yo tenía 16 años. Me quedé sola. Ya yo trabajaba. Lo más triste que he vivido es el divorcio de mis padres. Ese divorcio me impactó. Por eso me da mucha pena cuando los niños me dicen que sus papás se fueron de la casa y que sus padres se han divorciado, porque los que sufren son los hijos, porque hay padres que se divorcian de las esposas y de los hijos. Algunos siguen amando a sus hijos, pero en el caso de mi papá, él se divorció de mi mamá y de nosotros también.

5. Hijos y esposo
Después de la muerte de mi madre, conocí a un señor francés, llamado Atanasio Mirre, y nos casamos. Tuvimos tres hijos, Francia, Hamlet y Milcíades. Él era comerciante y yo era maestra. Él había llegado a este país muy joven. Antes de llegar a San Francisco de Macorís, había vivido en Salcedo. Lo conocí en la avenida, porque él tenía un negocio, él era comerciante. Él murió en el 1970. Mis tres hijos me han dado 10 nietos y ya tengo 11 biznietos.

6. La Bajada
Como yo quería ser maestra, antes, en el liceo, que se llamaba Escuela Normal, había un cuarto de Pedagogía, para los que querían ser maestros, entonces yo me gradué de Maestra Normal. En el 1945 me nombraron maestra en La Bajada, un campo de San Francisco de Macorís. Ahí llovía todos los días, era al pie de la Loma Quita Espuela y yo venía a mi casa una vez al mes. Cuando uno se graduaba de maestra, tenía que ir a trabajar al campo, no existía esa ñoñería de que a uno lo ponían a trabajar cerca de su casa. Era donde mandaran a uno, y ahí fue que me mandaron, y de acuerdo al trabajo a uno lo iban acercando a la ciudad. Al año, me trajeron a La Piña, otro campo, pero a tres kilómetros del pueblo. Al año siguiente, me trasladaron al pueblo. Antes, las escuelas de campo se llamaban Escuelas Rudimentarias, y llegaban hasta tercero, porque a Trujillo solo le interesaba que la gente se alfabetizara, no que fuera a la universidad. En todos los campos habían escuelas, pero hasta tercero. Entonces, llegué a San Francisco y la escuela estaba en la avenida Caonabo, que ahí fue donde yo nací. En esa avenida estaba esa escuela como rural, hasta tercero. Esa escuela la recibí con 82 alumnos y a los dos o tres años, me di cuenta de que los muchachos que hacían el tercero, se quedaban ahí, no seguían estudiando, porque la escuela del centro de la ciudad le quedaba muy lejos. En ese entonces, Balaguer era el secretario de Educación, y yo vine donde él y le expliqué dónde estaba esa escuela situada y hasta qué curso llegaba, y le dije que entendía que no le correspondía esa categoría y él de inmediato llamó al jefe de personal y le preguntó que si él conocía esa escuela. Y le ordenó elevarla de categoría para que llegara hasta octavo grado. Instruyó para que yo buscara una casa más grande, porque la escuela funcionaba en una casa de una sola habitación, en muy malas condiciones. Me dijo que buscara una casa más grande y los maestros que necesitara para nombrarlos. También nombraron guardián y conserje. También ordenó que se me aumentara el sueldo a 80 pesos. Yo ganaba 35 pesos, pero me quedaban 31.50, porque había que aportar el 10 por ciento al Partido Dominicano. Era voluntario…pero te lo bajaban del sueldo. Jajajaja. Eso fue en 1947. Ahí dure 19 años.

7. A la capital
De ahí vine a la capital. Antes, tuve la suerte de que la OEA me becó en la Universidad de Río Piedras en Puerto Rico. Ahí realicé un diplomado en Lecto-Escritura. Después llegué a la capital a trabajar en la Escuela Experimental Fidel Ferrer, llegué como técnica de primero y segundo, porque era para enseñar a leer y a escribir. A los siete años de estar en esa escuela me trasladaron a la Secretaría de Educación, al Departamento de Educación Especial.

8. Preocupación
A mí siempre me preocupaba por qué muchos niños no podían aprender a leer, por mucho esfuerzo que hicieran no podían aprender. Esa preocupación yo la tenía desde que comencé a trabajar como educadora. Porque yo en mis inicios tuve un estudiante que pasó por las manos de todas las maestras de la escuela y era un muchacho serio, bueno, responsable y no pudo aprender a leer, y eso me preocupaba a mí. Por eso, cuando yo trabajaba en la Secretaría de Educación, vino al país la doctora Sarasola, de Uruguay, con la idea de la educación especial, eso fue 1968, porque el doctor Jordi Brosa conoció a la doctora Sarasola en un congreso y le habló de que aquí no se conocía nada de eso. Entonces ella le dijo que si las Naciones Unidas la enviaban al país, ella vendría, y la enviaron. Ella hizo un llamado a los maestros que quisieran unirse a ella para trabajar, y cinco maestras nos le acercamos, porque era que me interesaba ese tema.

9. Educación Especial
La educación especial ha crecido mucho en el país, porque se han creado muchas escuelas, los padres han adquirido mayor conciencia. Antes, los padres tenían a esos niños encerrados, ahora no es así. Ahora todos los padres quieren que ellos vayan a la escuela, que aprendan algo, aunque no aprendan a leer y escribir quieren que sus hijos socialicen con los demás. Ahora se integran a la sociedad como personas útiles. Yo he contribuido con la creación de varias escuelas de educación especial en distintos pueblos y en la capital, y te puedo decir que del Estado no hemos recibido la ayuda que merece Educación Especial.

10. Premiada
He recibido muchos premios por mi labor educativa. El año pasado me entregaron dos en San Francisco de Macorís, de la asociación de residentes de la avenida donde yo nací y del Colegio Renacimiento, y últimamente de la Fundación Corripio. Y el más reciente fue el del banco BHD, que es el de Mujeres que Cambian el Mundo. Esos premios significan mucho, me hacen sentir honrada. Además, con el dinero que recibí con esos dos premios pude comprar mi apartamento. Una vez, no tenía dónde vivir, ni tenía con qué pagar un alquiler y tuve que vivir en un aula de la escuela. Pero ya tengo mi techo para pasar mis últimos años.

Una promesa que lleva 40 años

“Yo tengo 90 años y ni yo misma me lo creo. Estaré en esta escuela hasta que Dios quiera. El año pasado me quería ir y busqué una maestra que yo creía que me podía sustituir, y me dijo que sí, pero cuando le fui a entregar la escuela, me dijo que no. Entonces, yo no puedo dejar esta escuela sola, porque cuando doña Emma Balaguer me entregó las llaves de esta escuela, lo único que me dijo fue: Ernestina, no me la dejes caer. Y de todas las obras que ella hizo, esta es la única que queda.  Y yo le dije que no se preocupara, que Jehová es mi pastor y nada me faltará, y yo he pasado trabajo aquí. Lo primero es que el ejército me quitó el edificio de los talleres, y yo comencé a hacer diligencias para que me lo devolvieran y duré ocho años luchando para que me lo devolvieran, hasta que Elías Wessin y Wessin,  que fue designado Secretario de las Fuerzas Armadas, dijo que el Ejército no podía tener una cosa que no le pertenecía, y me lo devolvió. Fue Valdez Hilario, que era el secretario, que dijo que estos edificios eran muy buenos para locos. Esta escuela, el Centro de Educación Especial San Lorenzo de Los Mina, la creó doña Emma, yo llevo 40 años dirigiéndola, y ella me la entregó a mí en 1976. Yo encuentro que hemos recibido poca ayuda. Ella fue quien mandó a construir estos edificios y ella mientras estuvo viva siempre nos apoyaba, pero después que ella murió, nos quedamos huérfanos. El Estado, en 40 años, solamente me ha nombrado una parte del personal y una subvención de 30 mil pesos, que los dan cuando le sobra, porque a veces se juntan hasta cuatro meses. Con esos 30 mil pesos, yo pago la Seguridad Social de los empleados que el Gobierno no ha nombrado, y el salario de esos empleados lo pagan los padres, con una pequeña cuota que aportan, pero es poco lo que pueden dar, porque este es un sector de personas pobres, la mayoría son chiriperos, que no ganan lo suficiente para aportar”.

Compromiso
“Esta escuela, el Centro de Educación Especial San Lorenzo de Los Mina, la creó doña Emma, yo llevo 40 dirigiéndola, y ella me la entregó a mí en 1976. Yo encuentro que hemos recibido poca ayuda”.

Dos tandas
“La escuela alberga a unos 400 alumnos, ofrece docencia en dos tandas, de ocho a doce y de dos a cinco. La escuela cuenta con 16 aulas, cada aula con su baño. Los alumnos los recibimos de cinco a 20 años”.

Alumnos
De cinco a 14 años están en el área de docencia, pero de 14 en adelante van a los talleres a aprender un oficio y están ahí hasta los 20 años”

Error
Hay muchos hombres que abandonan la esposa cuando ésta da a luz un niño especial y hasta la culpan de ser la responsable y la dejan sola”.

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