Sin un vencedor

A lo largo de la historia los economistas han hecho suposiciones sobre como funcionamos los seres humanos. Y en base a estos supuestos, han concebido teorías y diseñado políticas.

Los economistas clásicos asumieron que éramos inteligentes y racionales. Tanto así que inventamos la computadora y llegamos a la luna. Nos informamos muy bien y sopesamos los costos y beneficios de diferentes alternativas antes de decidir. Y esto no solo se aplica a decisiones puramente económicas (como comprar una propiedad o alquilarla, irnos de viaje o ahorrar) sino también a decisiones personales.

Gary Becker, por ejemplo, se hizo famoso aplicando el análisis económico a aspectos personales. Determinó que, fieles a la racionalidad, las parejas modernas tenían menos hijos que sus abuelos porque les salían mucho más caros.

Años después de Gary Becker apareció un psicólogo que se hizo economista (y hasta un Premio Nobel ganó). Para este psicólogo, los hombres no somos racionales, sino más bien impulsivos, ignorantes, incongruentes…

Pasamos horas indecisos para comprar dos televisiones prácticamente iguales, y toda una vida para divorciarnos. En los supermercados se nos manipula con la colocación de productos. Caemos en trampas tipo “lo caro es bueno”. No entendemos conceptos complicados como el del “interés compuesto”, tan elemental para monitorear nuestros ahorros. Sobredimensionamos el valor de la apariencia física. Y nos dominan las normas sociales, como cuando compramos lo que no podemos, con tal de “aparentar”.

Ni la corriente clásica ni los economistas del comportamiento (como se les llama a los que asumen que somos irracionales) son poseedores de la verdad absoluta. Ambos tienen algo de razón.

Hay personas racionales, inteligentes y firmes en sus decisiones. Son las que mantienen durante todo el año los famosos propósitos de enero y van al gimnasio, comen saludable, aprenden un idioma y ahorran. Otras son impulsivas, indecisas e inestables. Y luego hay un poco de ambos mundos en un mismo cerebro.

A los economistas no les ha quedado más remedio que aceptar todo esto. A pesar de lo mucho que les complica la vida y entorpece su capacidad de análisis y predicción.