Aprendizaje interminable

En la vida la pasamos tratando de aprender de cada cosa, de cada persona que encontramos y que perdemos en el camino, de cada tiempo, de cada lugar de cada situación, buena o mala, en fin de todo.

En principio, en la primera etapa de la existencia, aquellos que aspiran a crecer, a ser personas de provecho para sí y la sociedad, tratan de escuchar y aprender de los mayores. Escuchan, obedecen, se dejan guiar por los buenos ejemplos de quienes les rodean.

En esta etapa de la vida, aprovechar la experiencia de los padres, abuelos y vecinos mayores, se convertirá en la zapata firme para levantar las columnas del futuro.

Esta es la primera parte de un largo proceso de aprendizaje, de un trayecto lleno de experiencias que irán dando y quitando color a nuestra existencia.

Un poco mayores, comenzamos a caminar solos, hacer amigos por nuestra propia cuenta, desoyendo las advertencias de los padres que suelen avistar primero que nosotros las dobleces de ciertos “amigos” y un tiempo más tarde, comprobamos con dolor cuánta razón tenían al oponerse a esas amistades. En el amor no es diferente, mientras más oposición de los amigos, la familia, las circunstancias, el tiempo y el espacio, más nos aferramos, apostamos todo a esa persona, para quien uno es solo uno más. Desafiamos todo y a todos, creemos que poseemos el cielo y al poco tiempo caemos al suelo con las manos vacías y el alma rota.

Es ahí cuando cabizbajos reconocemos que los únicos equivocados éramos nosotros, que todos los demás tenían razón. Lo importante es superar todas las adversidades, sin guardar rencor, sin contaminarnos deseando mal a quien nos lastimó. Pues todas las experiencias negativas y positivas han de servir para hacernos más fuertes y para que aprendamos a elegir mejor las personas, lugares y actividades en las que vamos a invertir, nuestro tiempo, afecto y lealtad.

Aunque dicen que cada quien tiene lo que merece, no lo creo, pienso que en todo se imponen las preferencias y el exceso de benevolencia. Lo que sí parece ser cierto es que la vida es una escuela, que no da vacaciones, te examina constantemente, repruebas unas veces, apruebas otras, pero nunca te gradúas.