El Pabellón es olvidadizo

Sigo con el tema. Sí, con un tema de trascendencia que no lo podemos aislar del panorama del deporte nacional y todas sus aristas (pequeñas y grandes). ¿Por qué insisto?… ¿cuál es el tema?

El que tienen en la palestra pública los distinguidos magnates que dirigen el Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano que cada año, en la última semana de octubre, realiza su ceremonial en el que quedan exaltados quienes reúnen (¿?) méritos para ser inmortalizados.

Ocurre que hay otros atletas y precursores del deporte que tienen los méritos suficientes -y hablan los hechos, los resultados históricos-, pero no son tomados en cuenta para ocupar asientos en los espacios de la inmortalidad.

En otros trabajos, publicados en esta columna, he criticado a los jefes del Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano. Es un organismo al que he bautizado como “El Pabellón del Olvido”.

La entidad, que ahora tiene como presidente al dilecto amigo y respetado médico-ortopeda Dionisio Guzmán, se ha olvidado, por ejemplo, del veterano abogado Ramón Pina Acevedo quien -como ya lo he plasmado en otros artículos- está inmortalizado por el pueblo deportista dominicano.

Como lo que se escribe queda -y por eso el periodismo escrito es tan importante y solidificado por la historia- les recuerdo que el saliente presidente del Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano, Luis Scheker Ortiz (otro caro amigo de este periodista), no les hizo caso a unas ponderaciones que le envié.

Aclaro: Fueron ponderaciones que el propio Scheker Ortiz me solicitó. Le entregué mi informe a su secretaria, pero nunca me dio respuesta. ¿Se le habrá olvidado?

La verdad siempre

Durante mi estancia en la ciudad de Las Vegas, Nevada -donde viajé para cubrir la pelea Canelo Álvarez vs Gennady Golovkin- supe de nuevos exaltados.

Pero no figuraron los nombres de Pina Acevedo y mucho menos del exboxeador Julio César Green.

JC Green, dos veces campeón mundial mediano, -al igual que Pina Acevedo- no es tomado en cuenta para ser inmortalizado.
No voy a parar. Sigo con mi pluma en ristre. Con la verdad, ¡que nunca es derrotada!