Esbozos para una fenomenología de lo cursi

El lujo no es lo opuesto a la pobreza, sino a la vulgaridad.
COCÓ CHANEL

La palabra castellana ‘cursi’ no tiene traducción posible. Estaría vinculada, acaso, con lo ‘kitsch’ y lo ‘camp’ (“…es bueno porque es feo”, según Susan Sontag), con expresiones inglesas como ‘shoddy’ y ‘corny’, o francesas como ‘poncif’. Existen otros muchos términos coloquiales, subjetivos e intraducibles en sus respectivos idiomas: ‘tacky’, ‘fif’, ‘popof’, ‘hortera’, ‘yico’, etc. El diccionario de la Real Academia le concede al adjetivo cursi (aceptado en 1869) algunas acepciones fuertemente expresivas: “Dícese de la persona que presume de fina y elegante sin serlo. Aplícase a lo que con apariencia de elegancia o de riqueza, es ridículo y de mal gusto”. La sinonimia de cursi es extensa: afectado, amanerado, rebuscado, artificioso, fingido, ridículo, extravagante, pretencioso, charro, chopo, vulgar, ordinario.

Nosotros habitamos una nación cobriza y una nación rosada (o rosa, si lo prefiere). Comarcas yuxtapuestas, países adyacentes: de ningún modo imbricados, bajo ninguna circunstancia superpuestos. En cada apartamiento de la sociedad acontece el fenómeno. Se da lo cursi-cobrizo y se da lo cursi-rosa: con sus desigualdades y sus categorías, aunque bajo pareja intensidad.
Ramón (Gómez de la Serna) definió lo cursi como “el fracaso de la elegancia”. Lo cursi es, quizás, el anacronismo que se precia de serlo, el idioma público de una sociedad aldeana, palurda, sin modelos y en la que coexisten idílicamente el gagá y Blue Mall, el telecable y la batea. Lo cursi nos atraviesa por completo. Nos horada desde el pelo hasta el suelo: en el lenguaje, en las aficiones, en la manera de ser y de creer.

Lo cursi-cobrizo es fácil de notar: la telenovela, el celular, el ‘colmadón’, la bachata y el tecno-amargue, Mozart La Para, ‘somos un país muy especial’, la yipetica, Juan Gabriel, los concursos de belleza… ‘Santiago es Santiago’. El gran bizcocho humano de lo cursi-cobrizo gusta de la copia, de lo mimético, del contagio, del populismo. No hay en el cursi-cobrizo otro anhelo como no sea aquel germen de ridiculez que alberga el alma humana en su desahucio. El desenfreno de la magia cobriza del populismo, por ello, no responde a otra cosa sino al convencimiento de que la cursilería, el mal gusto y la tendencia a lo irracional representan las características del hombre sencillo, sin capacidad de control sobre su fatal atracción por el ensueño. Bovarista mendicante, vicario, plegado en sí mismo: el hombre lirondo será la harina para moldear al pueblo feliz, y la cursilería cobriza encontraría así una muy digna función social. La oratoria y su proteica representación a través de la imagen maravillaría a los ilusos y éstos seguirían, como un solo cuerpo, las consignas de progreso.

Lo cursi-rosa es otra historia: ‘realizarse a sí mismo’, ‘desarrollar la justa individualidad’, suscitar opiniones, saber lo que se quiere, trazarse objetivos en la vida, además de aquello de ‘crecer espiritualmente’. La cursilería rosa nos asalta en las páginas iluminadas de los diarios del domingo: el Ritmo Social, la Hola, el baby-shower, los quince de Fulanita, el piso de Miami, el cóctel, Casa de Campo, un déjá vú, la boda con chaqué, la Limouge, el look, la jet set… oh! el ballet. Es obvio que lo cursi-rosa no parece nacional, pero lo es en el abrazo de lo autóctono con el descubrimiento de las posibilidades de cursilería del mundo exterior. Lo cursi-rosa está preñado de pretensiones de modernidad. Es, más bien, el designio mismo de alcanzar el milagro moderno. Claro, sin haberse detenido a mirar qué rayos significa la realidad del milagro, no sólo aquello que aparenta ser y si acaso interesa. Lo cursi-rosa es la pura fiesta de las apariencias, el resultado de transitar de la aldea genuina (la que una vez describiera Frank Moya Pons) a Park Avenue, de la ouija a la computadora personal, de la pasola al TGV. Lo cursi-rosa es la gran maraña del espectáculo de impresionarnos a nosotros mismos con todo lo moderno que podamos ser.

Podría entenderse lo cursi, quizá, como un impulso que presiona a favor del cambio en el orden de la sociedad y una violencia contra su estratificación ancestral; ímpetu que refleja y traduce una vigorosa voluntad de ascenso. La clase media española del siglo XIX, pensaba Enrique Tierno Galván, está “satisfecha con lo que tiene, pero no con lo que es”.

Hace ya muchos años, nuestros padres eran cursis de forma distinta. Maneras más laxas de serlo; tal vez una cursilería velada, grisácea, como de embrujo desnatado. Leían a Nervo, escuchaban a Agustín Lara y a Guty Cárdenas, veían las películas de Libertad Lamarque y Arturo de Córdova. “Mi cursilería es para la exportación”, le confesó Agustín Lara al poeta mexicano Renato Leduc. En Una cartita rosa a Amado Nervo, José Emilio Pacheco dice: “Lo cursi es la elocuencia que se gasta. / No te preocupes / si sonreímos con tus versos dolientes / y nos sentimos hoy por hoy superiores. / Tarde o temprano / vamos a hacerte compañía”.
La cursilería no es, ni por amago, nueva. “La invención de la palabra cursi complicó horriblemente la vida”, escribió Jacinto Benavente en su comedia Lo cursi, estrenada en 1901. Decía él: “Antes existía lo bueno y lo malo, lo divertido y lo aburrido y a ello se ajustaba nuestra conducta. Ahora existe lo cursi, que no es ni lo bueno ni lo malo, ni lo que divierte ni lo que aburre; es… una negación: lo contrario a lo distinguido; es decir, una cosa de cada día”. Benavente adivinó que aquella palabra haría fortuna en la historia hablada de la gente. Que se movería entre el deseo y el pecado, entre el cielo y el infierno.

Lo cursi es, rigurosamente, un psicoanálisis.