Tomás Moro. Un político honesto (3)

AFIRMACIÓN ILUMINADORA
CLAVE

“El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral” (Tomás Moro)

Introducción
En el marco de las Tertulias promovidas por el GRUPO TOMÁS MORO, cada tres meses, el martes último del mes que corresponde, el Lic. José Gómez Cerda, Presidente de la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores (ADPE), fue el expositor de una interesante conferencia, precisamente sobre el hombre y político, que da nombre a este Grupo.

Dicho Grupo, del cual soy asesor, tiene como objetivo la formación y acompañamiento de hombres y mujeres, laicos católicos, que laboran en la vida pública, sin importar su filiación política. Hay en él, pues, políticos de todos los partidos y no partidistas también.

Encontré que dicha Conferencia, dictada el 30 de mayo 2017 en la Casa San Pablo, Santo Domingo, reflejaba muy bien la vida y pensamiento de este político inglés, patrono de los laicos políticos y de nuestro Grupo.

Por eso he creído conveniente reproducirla aquí, en esta página semanal. Ya ha sido publicada en otros medios, digitales y no, incluso fuera del país. Espero que ustedes lleguen a la misma conclusión a la que yo llegue. He aquí la tercera de cuatro entregas:

VII
En torno al dinero
“Cuando vemos que muchas veces el dinero o el “tener” es el motivo único de tantas personas en la política −cuando se hace gala más lo que se tiene, que lo que se es−, comprobamos cómo ese modelo de vida genera tantas discriminaciones y abusos de los derechos humanos. Cuando encontramos un político honesto, como fue Tomás Moro, es un gran descubrimiento.

Es Rafael Hythlodeo el que hace la descripción de Utopía y describe las bondades de la isla, que según él mismo considera, serían consecuencia del sistema económico que rige en la isla, de esa visión comunitaria que él mismo ha visto y disfrutado, y en la que no existe ni dinero ni propiedad privada.

Es Hythlodeo el que describe y ve con buenos ojos ese modelo, no ocurre así con el personaje del propio Tomás Moro, que marca claras distancias.

Hythlodeo: “De todas maneras, mi querido Moro, si he de decirte con sinceridad lo que tengo en mi conciencia, me parece que donde quiera que exista la propiedad privada, allá donde todo el mundo mida todo por el dinero, resultará poco, menos que imposible, que el Estado funcione con justicia y propiedad.

Estoy firmemente convencido de que será imposible una distribución justa y equitativa de los bienes y una satisfactoria organización de los asuntos humanos, si no se suprime totalmente la propiedad privada.

Mientras ésta continúe, continuará también pesando sobre la mayor y más selecta parte de la humanidad, una carga agobiante e intolerable de pobreza y preocupaciones.”

Moro: “Pues yo pienso todo lo contrario. Jamás será posible el bienestar allá donde todos los bienes sean comunes.

¿Cómo se va a conseguir que haya abundancia de bienes si todo el mundo se sustrae del trabajo?

No sintiéndose urgidos por necesidades personales, los hombres se volverán perezosos, confiando en la laboriosidad del prójimo. Y al verse hostigados por la pobreza, y sin ley que proteja el derecho a los bienes que se han adquirido, ¿No se debatirán irremediablemente en perpetua matanzas y revueltas?”
La propuesta de suprimir el dinero, y con él la propiedad privada, no supone inferir una postura pesimista por parte de Moro.

¿Quién ignora que los fraudes, robos, rapiñas, reyertas, motines, guerras, levantamientos, asesinatos, traiciones y envenenamientos quedarían definitivamente extinguidos junto con la supresión del dinero?

Y al mismo tiempo que el dinero, desaparecerían también el temor, la inquietud, las preocupaciones, las fatigas y vigilias, y hasta la pobreza misma −única que parece andar corta de dinero−; también ella decrecería tan pronto se eliminase totalmente el dinero en el mundo.”

Las palabras que emplea Hythlodeo son sin duda palabras duras: “¿Qué clase de justicia es esa que a un noble cualquiera, a un orfebre, a un prestamista, o, en fin, a uno de esos individuos que no hacen nada −o si lo hacen de nada sirve al Estado− les permite llevar una vida de derroche y esplendidez a base de ocio y ocupaciones inútiles?

En cambio, el jornalero, el carretero, el artesano y el labrador, que realizan trabajos tan duros y continuos, que ni las bestias de carga los soportarían, y trabajos tan indispensables, que sin ellos no duraría un solo año el Estado, éstos perciben un mezquino sustento y llevan una vida miserable. De tal forma viven, que la condición de las bestias de carga podría hasta parecer preferible a la suya.

(…) ¿Qué benévolas prevenciones se hacen a favor de labradores, carboneros, braceros, carreteros y carpinteros, sin los cuales sería imposible que subsistiera el Estado? Porque, una vez que han consumido su edad productiva en el trabajo, y se ven cargados de años y achaques, y desprovistos de todo, es entonces cuando −olvidando los muchos desvelos y los cuantiosos beneficios que han reportado a la sociedad− se les paga, desagradecidamente, con la más mísera de las muertes”.

VIII
El trabajo
“El trabajo, como elemento necesario y prioritario en la vida de los utopienses, se destaca como referencia constante en la obra de Tomás Moro.

Lo considera elemento indispensable para una sociedad que, como UTOPÍA pueda ser considerada feliz y próspera.

En el libro primero de Utopía, Moro se duele de esa sociedad que se llama cristiana, pero donde el dinero lo puede todo y los hombres rehúyen el trabajo, tratando de triunfar a costa del sudor ajeno.

La contrapartida se hallaría en la isla de Utopía, que aun siendo pagana, nos da ejemplo de vida honrada y laboriosa.

El trabajo se trata de modo específico en el capítulo dedicado a las artes y oficios de los utopienses.

En Utopía, nadie anda ocioso, sino que todos trabajan, de un modo armónico y equilibrado.

En Utopía, el trabajo es algo esencial, pero nunca se tratará de un fin de la buena vida, sino un medio para la vida buena.

Tomás Moro no perderá jamás , ni en la obra ni en su vida, la jerarquía de bienes y amores que ha de tener la vida cristiana; y, por lo mismo, tendrá muy clara la distinción de lo que son fines, por más ocultos o espirituales que sean, y lo que son medios, por más manifiestos y materiales que se muestren.

Por eso en Utopía se trabaja tan solo seis horas al día, con tiempo libre para comer, divertirse y dedicarse a las cosas del espíritu. Seis horas bastan porque se trabaja con intensidad y porque nadie se crea más necesidades que las que exige la vida. Los únicos no obligados al esfuerzo son los viejos y los enfermos.

Como consecuencia de lo anterior, en la constitución social de Utopía, las profesiones representan un título de honor.

Por sus dotes físicas e intelectuales, unos se dedican al campo y a la industria, y otros a las artes liberales y del espíritu.

Es muy positiva por tanto la valoración que se hace en Utopía de los oficios, hasta el punto de prescribirse que “todos −hombres, y mujeres− han de aprender un oficio”.

Pero, dentro de ese principio general, Moro destaca de entre todos los oficios, uno que se considera obligatorio para todos los ciudadanos; es la agricultura.

En efecto, todos los utopienses sin excepción, sea cual sea el oficio que tengan; a veces se tratará además de trabajos en el campo, se instruyen en el arte de la agricultura desde la niñez.

En este sentido, Tomás Moro, imbuido quizá por el espíritu religioso que hacía de la agricultura una ocupación digna y necesaria para los mismos monjes contemplativos.”

Conclusión

CERTIFICO que los ideales de Tomás Moro en su Obra Utopía están aún por realizar.

DOY FE, en Santiago de los Caballeros a los cuatro (04) días del mes de octubre del año del Señor dos mil diecisiete (2017).