Carta a mi madre

Adorada mamá:

Durante mi más o menos prolongado oficio de escribir he tenido el duro momento de narrar situaciones difíciles relacionadas con la muerte (en este caso voy a utilizar el término de ausencia), pero ninguno como afrontar la ardua tarea de redactar estas líneas.

Querida madre, fuiste como aquella María Coraje de Víctor Manuel San José Sánchez—o simplemente Víctor Manuel—dueña de un duro cuerpo. Como ella 15 hijos parió, pero contrario a ella que amamantó 13 del mismo pecho, te tocó amamantar 16 por alguna circunstancia ajena a la voluntad de esa criatura que vino al mundo de otra madre.

Aquel martes 17 de octubre sería para nosotros un martes más destinado a la cita médica para el procedimiento de rutina, pero en cuestión de horas pasaría a ser el peor martes de nuestra existencia.

¿Qué pasó, madre? ¿Te cansaste de estar despierta? Lo dudo. Habíamos hecho planes para celebrarte el próximo año los 88. Pero alguien de más poder tenía otros planes.

Sabíamos que el trance era difícil, pero teníamos fe alimentada por ese valor que es el sello peculiar de quienes no se doblan con el primer ventarrón, sino que resisten hasta las tempestades más violencias y los huracanes más feroces.

Nos sentimos destrozados. Pero si acaso vale el consuelo, sentimos que te fuiste con el convencimiento y la satisfacción de que siempre estuvimos ahí, al pie del ejemplo sembrado profundo en la conciencia de hombres y mujeres sencillos, pero valientes; humildes, pero honrados.

Madre, estás de nuevo junto a papá, justamente 20 años después de su partida trágica un 27 de Febrero (con mayúscula, pues es el febrero de la Patria) y como lo habías pedido hace apenas algunos domingos en una conversación a la que, sigilosamente, le di de lado como queriendo eludir la virtualidad de la muerte, de la cual nadie puede escapar.

El vacío es inmenso, mamá, imposible de llenar. En tu larga existencia nos enseñaste muchas cosas útiles; nos diste muchos ejemplos de rectitud y de honor. Pero no nos enseñaste a vivir sabiendo que ya no estarás sentada bajo el frondoso árbol que refresca tu casa en las calurosas tardes de Santo Domingo Este.

Gracias, madre, por ser como fuiste y como serás. Gracias por haber vivido tanto tiempo y partir sin un enemigo. Gracias por dejarnos el legado de rectitud y de honor.

Aunque el dolor es inmenso sabemos que en algún lugar adonde se dirigen los que parten, habrá un espacio especial
para tu acogida.

Hasta luego, adorada madre.