De político “efemérico” y político “de la secreta”

Hace algún tiempo –o mejor, algunos años atrás- definí lo que era un político “efemérico” (aquel que sólo busca cámara y flash; y por supuesto, que el jefe, el presidente o el líder lo vea. De trabajo, entrega y sacrificio, ni le hable); pero fue el extinto y maestro del periodismo nacional, Don Rafael Molina Morillo, quien mejor tipificó, con agudeza y fina cartografía, otro prototipo de político: el “de la secreta” (una suerte –inferí yo- de periodista, librepensador o activista social que no confiesa simpatía ni militancia política alguna, pero que todos sabemos que su praxis o modus operandi lo delata como político de oficio, aunque se oculte en la definición de cronista, de “hacedor de opinión pública” o, de redentor social). Por supuesto, el fino y acucioso periodista nunca le puso nombre y apellido a su hallazgo-fenómeno sociopolítico, pero no hay duda que, en la cúspide de nuestro diarismo nacional y de nuestra intelectualidad, hay una gran camada de ellos.

Si hay alguna diferencia entre el político “efemérico” y el “de la secreta” es que, al menos el segundo, dice lo que piensa, ya en nombre de una “ética” periodística o de una causa (generalmente, la de su bolsillo), mientras que el primero ni sus familiares saben lo que piensa ni muchos menos corre ningún riesgo. Es, por decirlo de algún modo, una especie rara, pues no se la juega por nada ni por nadie.

Sin embargo, en lo que sí coinciden uno y otro, es, precisamente, en que tienen agendas, con la única diferencia, de que la del “efemérico” es cerrada –que digo, sumamente cerrada-, contrario, la del político “de la secreta” es abierta o, más bien, la de una grey que opera bajo una semiótica -estratégica- que lo hace actuar en sintonía –con otros de su especie- sin ni siquiera comunicarse o estar en el mismo bando. Los une, con frecuencia, una inquina, un ajuste de cuentas o, una sencilla desavenencia con algún líder, sector o cliente.

No obstante, ambos especímenes son expertos en estar, como dice el refrán, “con Dios y con el diablo”. Ambos se las ingenian para conseguir y conquistar, bajo cualquier trance, los favores, las amistades y hasta el cariño de los actores públicos que no son capaces de defender ni de asumir, siquiera, en una velada de pacientes de Alzheimer, mucho menos cuando un determinado dador ha descendido de algún trono y solicita un guiño oportuno. Por ello, nunca me he explicado semejante masoquismo pendejo, simpatía de conveniencia o, amistad de una sola vía.

La única explicación lógica -a tal alquimia- es, probablemente, que hay gente –sobre todo, el político “efemérico”- que sabe decir “lo que el otro quiere oír o escuchar”, en cada momento o circunstancia. O sabrá Dios –me he preguntado-: ¿Quién engaña a quién?