El poder de las ideas

Cuando el hombre apareció en la tierra, caminaba en cuatro extremidades, como los monos. Su primera gran idea fue ponerse de pie, porque sus manos quedaron libres para construir cosas.

La segunda gran idea fue dominar el fuego, y con el fuego cocinó alimentos que nutrieron mejor su cerebro. Y esto permitió desarrollarlo para que fuera la fuente de todas las otras grandes ideas.

Desarrolló el lenguaje y se hizo sedentario, y el contacto permanente entre humanos facilitó la innovación. Inventó la rueda, y al mismo tiempo, la escritura. Fundió metales e inventó la imprenta. Y con ella la mayor parte de los seres humanos tuvo acceso al conocimiento y más cerebros capaces dieron origen al Renacimiento, la Revolución Industrial, la máquina de vapor, la electricidad, los automóviles, los aviones, la televisión, el teléfono, la computadora…el internet. Y gracias a este nos paseamos por el mundo con todo el conocimiento en el bolsillo.

Al constatar que todas estas ideas se fueron construyendo las unas sobre otras, un grupo de economistas consideró que era esta “capacidad del hombre de inventar” lo que constituía la verdadera clave para el crecimiento económico. Mucho más que los recursos productivos (tierra, máquinas, obreros) y que la especialización y el comercio.

Hoy en día, por ejemplo, si desglosamos el costo de un I-phone, tenemos que 4 dólares pagan materiales y 6 dólares pagan los salarios de los que trabajaron en su fabricación y venta. El resto va a pagar los cerebros que generaron la idea gracias a la cual nos facilita tanto la vida.

Los economistas del conocimiento insisten entonces en que solo los sistemas que motivan a la gente a inventar, amparando judicialmente sus derechos con patentes, que dan prioridad a la creatividad y la curiosidad por encima de la absurda memorización en sus escuelas, y que permiten la conectividad con el resto del mundo, garantizan un futuro próspero para sus países.

Esto es, los que hacen todo con tal de que no se acaben las ideas. Solo los países ricos lo han entendido. ¡Y por eso lo son!