El precio de la franqueza

El solo hecho de ver lo solos y aislados que se van quedando aquellos que expresan sin temor lo que piensan y sienten de cualquier situación o de cualquier persona, obliga a las personas a guardarse sus opiniones a dejar pasar o como dicen “echarle agua al vino”.

Quienes no les da temor denunciar lo que está mal, corregir las malas acciones y rebelarse ante alguna injusticia no importa la jerarquía de quien la cometa, no son muy populares, no tienen muchos amigos, pero eso sí, los que tienen son sinceros y seres humanos valiosos, pocos, pero buenos.

Las personas vivimos en una constante contradicción. Reclamamos la verdad y cuando nos la dicen y nos desfavorece, nos sentimos ofendidos, lastimados. Insultamos a aquel que es capaz de decirnos que ese vestido que nos pusimos, seguras de que causaría sensación, no nos queda bien. Si es una fémina la que no aprueba nuestro nuevo color de pelo, no vacilamos en acusarla de envidiosa.

Solo aceptamos como cierto, lo que queremos escuchar, lo que nos llena, lo que satisface nuestro ego. Somos acríticos. Las correcciones que nos hacen los demás, en todos los terrenos, las asumimos como ofensas. Nos creemos perfectos e infalibles y por eso, cuando alguien trata de hacernos ver la realidad, lo demeritamos. El insulto es nuestra mejor respuesta.

No es raro, entonces, que la gente por no perder la simpatía de los otros, solo les diga aquellas cosas que sabe quieren escuchar. Jamás le enrostrarán sus errores y defectos, es más, le atribuirán virtudes que no tienen y les profesarán un cariño que no existe. Sin darse cuenta que la falta de franqueza los convierte en dos personas al mismo tiempo; la que muestran a los demás, y la que esconden y que solo dejan salir cuando están a espaldas de sus “amigos”. Decir lo que el otro quiere, dar opiniones favorables sobre su conducta, su apariencia, sus supuestas virtudes y sus muchas bondades, nos ganará mucha simpatía y falsos amigos. La franqueza, en cambio, nos aislará del resto, pero nos permitirá rodearnos de un grupo pequeño de buenos y verdaderos afectos. Es un precio muy alto y pocos están dispuestos a pagarlo, y a otros nos les alcanza el capital para costearlo.