El beso y el cerebro

    Nos referimos al beso íntimo del amor: los labios tienen las más finas capas de piel del cuerpo humano y están densamente poblados de neuronas sensoriales. Los impulsos eléctricos producidos por la acción neuronal derivan de sensaciones originadas en los focos táctiles de la piel labial, la boca y la lengua que se producen al besar.  Cinco de los 12 pares de nervios craneales, relacionados con la función cerebral, trabajan cuando besamos, enviando mensajes de nuestros labios, mejillas y nariz a todo el cuerpo y al cerebro que recoge información de la temperatura, el gusto, el olor y movimientos de todo el acto erótico. Esta información llega a la corteza cerebral, provocando sensaciones muy agradables e intensas emociones.

    En respuesta a esta estimulación neuronal que produce el beso, el cuerpo dispara una cascada de mensajes neurales y químicos que transmiten sensaciones táctiles, excitación sexual, sentido de afecto, motivación y euforia.  Ese coctel químico consiste en la liberación de oxitócica, hormona ligada a la interacción social, al orgasmo masculino y femenino, el amor materno, las contracciones uterinas y el parto.

    Otras hormonas liberadas durante el beso son la dopamina, hormona del bienestar, la adrenalina que tiene efectos sobre el pulso, la presión arterial, los niveles de glucosa y la sensación de alerta.  Además, se eleva el nivel de cortisol que mejora el estrés generado durante el beso, ese acto tan importante del proceso del juego sexual.

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