Últimas desaventuras de Flaubert

    Al llegar a su casa Flaubert vio a un preso desnudo que trataba de escapar del torturadero. Flaco y desnutrido como estaba no tardaron en darle alcance al poco trecho. Le dieron patadas que sonaban a maracas en su carcajal de huesos y en el mismo lugar lo acribillaron a balazos, aunque a decir verdad el tipo ya estaba muerto de pura muerte y allí mismo lo dejaron sin darle tierra ni mayor beneficio de palabras.

    Flaubert no pudo abrir la puerta de servicio por donde había salido porque al parecer estaba obstruida por cadáveres podridos que se habían sumado a los cadáveres podridos de la puerta de entrada. Así que Flaubert tuvo que subir a su mansión valiéndose  de una roñosa escalera de madera que guardaba en el garaje, junto a todo tipo de cachivaches y un destartalado automóvil que había sido de su padre. Y mientras subía, percibía claramente el silbido de balas destinadas a perturbar su poca destreza de alpinista.

    Embutido en aquel traje que dificultaba sus movimientos, Flaubert no pudo menos que resoplar con alivio al lograr la proeza de alcanzar la cumbre, o sea el borde de la terraza donde a los ojos de Flaubert se presentó un espectáculo espeluznante y espeleznudo. Pensó Flaubert, en principio que se trataba de una alucinación, una broma pesada que le jugaban los sentidos. Pero no, no y no.

    Se trataba de una alfombra de pájaros rotos, muertos y moribundos, que cubría la terraza y el balcón, la alfombra persa de la sala, el piso y los muebles del comedor, el salón de música y el cuarto de los muertos, y se extendía sinuosa por el pasillo, el baño, la cocina, las habitaciones, el área de lavado, el cuarto de servicio. Invadía todos los resquicios, incluyendo armarios de pared, la estantería de clásicos, las gavetas del escritorio de ébano verde, el cajón con las partituras musicales.

    En las paredes y en el techo había manchas de sangre con mechones de plumas y huesos reventados, y el aire ya no era respirable. Y para colmo sobre el piano había un cadáver. Sí, sobre el piano, del salón en el ángulo oscuro, silencioso y cubierto de sangre yacía un cadáver fresquecito, la cabeza despachurrada, la boca abierta llena de moscas, las piernas recogidas, las manos derramadas sobre el teclado. Era realmente el colmo. En aquel moridero ya no era posible seguir viviendo. No señor. ¡La casa estaba tomada!

    Pero Flaubert era terco, testarudo como pocos. No escarmentaba, no escarmentaría mientras le sobraran fuerzas y voluntad. De modo que el resto de la tarde y de la noche se la pasó limpiando y acondicionando su morada, al menos parte de ella. Primero reunió los pájaros en un gran montón que apiló en el fondo del patio y sobre ellos fue distribuyendo parte de los cadáveres, cruzados como leños, los roció con abundante trementina y encendió una gran hoguera cuyas llamas y el olor a parrillada podía percibirse a varios kilómetros. Era una gran parrillada, si señor, la más grande que se había visto en esos parajes.

    Mientras se consumía la pira, Flaubert completó la segunda parte de la limpieza que contemplaba el lavado exhaustivo de pisos y paredes y armarios y la quema de incienso en abundancia para tratar de mitigar sin mucho éxito el olor a podrido que enrarecía el aire.

    Al alba había concluido aunque desde luego no podía dar por terminada la tarea, pero por el momento había concluido y hasta se sentía extrañamente satisfecho, por lo que decidió salir al balcón en actitud desafiante. Desde lo alto contempló a los agentes que hormigueaban por sus predios y hasta le pareció advertir una cierta atmósfera de respeto en el silencio con que acogieron su aparición. Pero al poco rato, mientras Flaubert todavía demoraba en el balcón, atento a la salida del sol, un disparo hizo añicos el precario cristal del silencio y a sus pies cayó una pareja de tórtolas que momentos antes se arrullaba en un alero, justo sobre su cabeza.

    Durmió Flaubert dos días seguidos y mientras Flaubert dormía el sueño de los justos, alguien sembraba cadáveres en la puerta de entrada y en la puerta de servicio, y disparan al aire tiros de vicio, acompasados por ladridos de perros y aullidos descomunales provenientes de la fétida mazmorra.

    Cuando se despertó y tomó conciencia de que la situación no había cambiado, se sintió más cansado de lo que estaba al dormirse y además de mal humor y enfermo. Flaubert sudaba, en efecto, una fiebre amarga, sudaba y sufría de repentinos escalofríos. En el espejo del baño contempló su rostro demacrado y trató de darse ánimo con una sonrisa de simpatía que se convirtió en una mueca autocompasiva. Se sintió entonces furioso por el fracaso de un gesto solidario que su propia voluntad le impedía realizar en la asfixia moral de aquellas condiciones.

    Estaba furioso como nunca, y además fuera de quicio, y empezó a soltar palabrotas que desmentían la exquisita educación sentimental que le había inculcado  su padre. Nunca el sueño era tan terrible como cuando se soñaba despierto. Pero su firme determinación no desmayaba ni siquiera en los momentos más infaustos. Débil como estaba, casi al límite de sus fuerzas, experimentó un renacimiento elemental de sus sentidos, un éxtasis, una especie de éxtasis. Haría de tripas corazón. Perseveraría en su empeño, perseveraría en su empresa hasta el último aliento. No desmayaría, no lo vencería ni la muerte. En eso escuchó –muy extrañado por cierto- el sonido del timbre, el timbre de la puerta de entrada que nadie había tocado en meses. Con un esfuerzo supremo, sacudiéndose de su modorra, salió al balcón para castigar de palabras a quien probablemente era un intruso.
     
    Un panorama inusual se presentó a los ojos de Flaubert. Los agentes de servicio cerraban filas en correcta formación de respeto, firmes, sin proferir palabras, sin pestañar siquiera.

    El motivo de tanta mansedumbre era la presencia, frente a la misma casa de Flaubert, de un lujosísimo vehículo negro con escolta militar y el numero 04 en la placa. Su amigo el ministro había venido a visitarlo.

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