“Los padres de familia”

    Descubierta por Américo Subsidio hace más de 500 años, Subsidiada había registrado una trayectoria de progreso basada en una envidiable paz social, una democracia que fue mutando hacia formas cada vez más civilizadas durante los últimos 50 años y un sistema económico que estimulaba la iniciativa privada.

    Las cosas iban bien. Lamentablemente, una corriente de pensamiento social de origen desconocido, fue adueñándose del diseño de las políticas públicas, cimentada en el chantaje del Sindicato de Padres de Familia (SIPAFAMI) y el apoyo que las recetas populistas del sindicato concitaban en la opinión pública.

    Los gobiernos eran vivamente aplaudidos por el SIPAFAMI cada vez que anunciaban un nuevo subsidio; aquellos que cometieran el atrevimiento de eliminarlos o reducirlos, se exponían al insulto y al desprecio.

    Los subsidios en Subsidiada lo tocaban casi todo. El peaje que se cobraba en las carreteras del país era US$0.69, pagado sólo a la ida, uno de los más bajos del mundo. Eso era lo que los subsidiados pagaban por el uso de hasta 260 millas de carreteras. Todo aquel que sugiriera su aumento, corría el riesgo de ser considerado enemigo de la Patria.

    No importaba que el ajuste persiguiese generar recursos para cubrir parcialmente los gastos de mantenimiento de dichas carreteras o para la construcción de una nueva, sin tener que recurrir totalmente al endeudamiento externo. “Abajo el aumento del peaje”, proclamaba el SIPAFAMI. No es que los subsidiados fuesen los únicos ciudadanos del Planeta a los cuales les molestaba pagar peaje. Pero en otras latitudes, prevalecía un nivel de conciencia sobre la necesidad de esta tarifa. Y nadie argumentaba de que “los padres de familia” no podían pagar peajes a niveles razonables.

    Otra área que siempre motivó la lucha del SIPAFAMI era la del Impuesto a la Circulación de Vehículos (ICV). Un gobierno progresista se atrevió en un momento a plantear que era injusto que “los padres de familia”, independientemente del valor del vehículo que tuvieran, pagaran todos el mismo impuesto de placas. Llevó al Congreso una reforma impositiva que incluía el establecimiento de un ICV, similar al que existía en la mayoría de los países del mundo, aunque con una tasa reducida: 1% sobre el valor del vehículo. En el país más desarrollado de Suramérica, el impuesto llegaba a un 4.5%. Pero en Subsidiada se quiso actuar con prudencia para evitar los ataques del SIPAFAMI. El objetivo era que vehículos Mercedez Benz, BMW, Jaguar, Bentley, Porsche, Lamborghini y Ferrari, entre otros, pagasen más de los 50 dólares al año que pagaban los vehículos que utilizaban “los padres de familia” de la clase media baja. Cuando el Gobierno anunció que comenzaría a cobrar el ICV, el SIPAFAMI, exhibiendo una sorprendente solidaridad con todos “los padres de familia” sin distinguir por nivel de riqueza, criticó duramente la reforma. El ICV fue engavetado.

    Subsidiada se había convertido en la primera isla de la región con un sistema moderno de transporte masivo de pasajeros. El país se había endeudado en casi 2,000 millones de dólares para construir su Metro. Como era de esperar, Subsidiada tenía que destacarse como uno de los países del mundo con la tarifa más subsidiada. Con un costo del pasaje de 46 centavos de dólar, Subsidiada había derrotado por mucho a Río de Janeiro, que cobraba 1.57; Puerto Rico 1.50, Sao Paulo 1.48, Brasilia 1.47, Santiago de Chile 1.42 y Medellín 1.00. Por eso nadie se sorprendió en Subsidiada cuando las escaleras y elevadores de las estaciones del Metro dejaron de funcionar o cuando se denunció que los rieles no estaban recibiendo el mantenimiento y engrasado necesarios para su buen funcionamiento.

    Eso sí. Los subsidiados estaban felices con su Metro: un servicio moderno, confortable, eficiente y digno, al precio más subsidiado de la región.
    Los subsidios eran sorprendentemente audaces e inauditos en Subsidiada. Era prácticamente el único país del mundo donde las compras por internet eran subsidiadas por el Gobierno.

    Si un padre de familia quería comprar un equipo de música, un pantalón o un par de zapatos en un establecimiento comercial del país, el precio que pagaba incluía arancel, selectivo al consumo e IVA. En cambio, si la compra se realizaba a través del internet a una empresa del exterior sin presencia en Subsidiada, el Gobierno se la subsidiaba al padre de familia, exonerándole del pago de todos los impuestos. Otro logro más del SIPAFAMI. Un verdadero paraíso para los subsidiados que compraban por internet.

    A nadie debería sorprender que la tarifa eléctrica también fuese subsidiada para una gran cantidad de los subsidiados residentes en Subsidiada. Las EDES de Subsidiada compraban la energía a un precio promedio de 16.64 centavos de dólar el kWh. Añadiendo unos 4 centavos para cubrir los costos de transmisión y distribución, se tenía que el costo de la electricidad suministrada en Subsidiada era de 20.64 centavos de dólar el kWh. SIPAFAMI, sin embargo, había logrado vender la idea de que la tarifa eléctrica en Subsidiada era la más alta del mundo. Dado que la percepción casi siempre es más importante que la realidad, resultaba previsible que el Gobierno de Subsidiada iba a adoptar un pliego de tarifas altamente subsidiado para beneficio de casi todos los subsidiados residentes en Subsidiada. A los que consumían entre 0 y 200 kWh se la vendían a 10.27 centavos el kWh, para un subsidio de 50.3%. A los que consumían entre 201 y 300 kWh se les otorgaba un subsidio que iba de 50.3% a 40.8%. A los que consumían entre 301 y 700 kWh al mes, el subsidio mínimo alcanzada entre un 40.8% y 5.1%. Pero el subsidio eléctrico no se limitaba a estos rangos de consumo. A los usuarios no regulados de Subsidiada, las EDES le vendían la electricidad que costaba suministrar 20.64 centavos de dólar el kWh, a 14, es decir, con un subsidio de 32.2%. Es cierto que esos subsidios explicaban en parte el déficit de US$1,300 millones del sector eléctrico en Subsidiada, afectando las finanzas del Gobierno. Pero también era cierto que SIPAFAMI no estaba en disposición de aceptar una racionalización del subsidio eléctrico para limitarlo únicamente, como sucedía en la mayoría de los países de la región, a los que consumían 100 kWh o menos al mes.

    Pero la cosa no quedaba ahí. El subsidio eléctrico llegaba al 100% para cientos de miles de “padres de familia” que consumían electricidad sin pagarla. El Gobierno de Subsidiada, en lugar de perseguir y castigar el fraude, adoptaba una política de “laissez-faire laissez-passer”, mientras asumía el compromiso de pagar a las empresas distribuidoras de electricidad la energía que a éstas le robaban. El Gobierno entendía que el “dejar hacer, dejar pasar” era la política más justa pues consideraba que muchos “padres de familia” no tenían con qué pagar la electricidad pero sí tenían el derecho a recibirla. La mayoría de ellos, sin embargo, pagaban el celular, el telecable y, claro, un par de cervezas diarias para botar el golpe.

    El subsidio en la tarifa de agua potable no se quedaba atrás en Subsidiada. Mientras en Perú, Chile y Colombia, por 80 m3 de agua potable “los padres de familia” pagaban 129, 116, y 98 dólares, respectivamente, en Subsidiada solo tenían que pagar 14 dólares. A las generaciones de subsidiados de ese entonces, no les preocupaba en lo absoluto que Subsidiada era uno de los países de la región con mayor escasez de agua. Como el agua prácticamente se regalaba, el dispendio era considerable.

    El Gobierno de Subsidiada tenía una preferencia especial por “los padres de familia” que trabajaban y devengaban un salario. Por esa razón, a diferencia de lo que ocurría en los demás países de la región, los trabajadores en Subsidiada que ganasen mensualmente 3.3 salarios mínimos o menos, eran subsidiados con la exención de impuesto sobre la renta. Países con ingresos en paridad de poder adquisitivo similares o inferiores a los de Subsidiada, apenas subsidiaban con la exención de impuesto sobre la renta el equivalente a un salario mínimo.
    Ese era el caso de Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica.

    Como si esto fuera poco, el Gobierno de Subsidiada concedía subsidios a las organizaciones de choferes de transporte urbano de pasajeros, a fin de que pudiesen mantener tarifas de transporte subsidiadas en beneficio de “los padres de familia” que utilizaban este servicio.

    Había subsidios focalizados para los más pobres, que a través de la Tarjeta Subsidiaridad entregaba un monto mensual a hogares que no podían valerse por sus propios medios. Pero no sólo los “padres de familia” pobres recibían subsidios del Gobierno. A “los padres de familia” de altos ingresos, el Gobierno de Subsidiada les ofrecía mecanismos para que obtuviesen subsidios en forma de exenciones fiscales.

    Sólo tenían que instalar empresas de zonas francas, establecimientos turísticos como hoteles, restaurantes dentro de hoteles, empresas fronterizas, textiles, industriales, de servicios de salud, productoras de películas, entre otras. A estas se agregaban las exenciones generalizadas del IVA a una serie de bienes y servicios que supuestamente eran consumidos por “los padres de familia” de menores ingresos, aunque luego se demostró que, en términos absolutos, beneficiaban más a “los padres de familia” de mayores ingresos.

    Como era de esperar, el paraíso de subsidios que se conformó en Subsidiada, algún día tenía que llegar a su fin. El Gobierno no recaudaba lo suficiente para seguirlo sosteniendo y la deuda pública no podía seguir aumentando. El supuesto almuerzo gratis que estaban disfrutando “los padres de familia” ponía en riesgo el nivel de bienestar de “los hijos y nietos de familia”, pues tarde o temprano, estos terminarían pagando la cuenta del aparente almuerzo gratis. El principio del fin tuvo lugar a principios del año 2020, cuando el candidato del PANOHAGRA (Partido No Hay Almuerzo Gratis) explicó hacia dónde se encaminaba Subsidiada si no se corregía lo que estaba mal. Les habló con sinceridad y claridad a “los hijos de familia”, que eran la mayoría electoral.

    Sorprendentemente, ganó las elecciones. El mismo día de la toma de posesión, el Presidente Seacabó Loquesedaba anunció un ambicioso programa de racionalización gradual de los subsidios y exenciones, y un riguroso programa de reformas para generar empleos. Al año siguiente, Subsidiada disfrutó de un influjo sin precedentes de inversión extranjera y nacional, y la economía comenzó a registrar crecimientos superiores al 7% anual. Con menos déficit y menor necesidad de endeudamiento. “Los padres de familia” comprendieron que el nuevo modelo era necesario para evitar que “los hijos y nietos de familia” terminaran totalmente empobrecidos. ¿Y el SIPAFAMI? Q.E.P.D. l

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