Dar la cara

    Decía Saint-Exupéry, que la huida no ha llevado a nadie a ningún sitio. Los que huyen se pierden, pues no tienen camino definido. No llegan a ser héroes del bien. Y, aunque tengan poder, no dejan obras que sean ejemplos a seguir, pues están atados a sus carguitos; es decir, hacen lo necesario para continuar en sus puestos. Mantenerse es la meta a cualquier precio.

    En Dominicana muchos conjugamos todos los días el verbo huir. Somos complacientes. Evitamos asumir nuestro deber o tomar partido en favor o en contra de alguien o de algo. Creemos que estar en aparente armonía con todos es lo conveniente, sin comprender que nos estamos transformando en individuos cobardes, asustándonos hasta de nuestra propia sombra.

    Entre nosotros hay seres tan temerosos, para no decir otro sinónimo popular, que preferimos ni enterarnos de los asuntos trascendentes, no ocurra que la lengua nos delate y expresemos algo que consideremos perjudicial.

    Se nos olvidó “dar la cara”, decir un sí o un no rotundo, llevarnos del dictamen de nuestras conciencias, andar con la frente en alto, erguidos, siendo nuestras actuaciones signos de moral universal.

    Y esta conducta de avestruz perjudica enormemente a la sociedad, sobre todo si es asumida por quienes deben dar cátedra de responsabilidad y determinación a la hora de tomar decisiones. Si los de arriba se esconden, los de abajo seguirán el mismo camino.

    Quien tiene una función de relevancia, al momento de actuar debe buscar la verdad. Nada más. Y no es difícil. La verdad se nota, se destaca, tarde o temprano resplandece, íntegra, audaz, potente, feliz, mirando con rabia desde las alturas a quienes no saben amarla, promoverla y condenar a quienes la lastiman. Si no la asumimos, la verdad nos arropa de tal manera que nos deja sin oxígeno puro, sin agua limpia para beber, sin alimentos sanos para nuestro cuerpo.

    Voy a lo concreto. En el ámbito judicial existen casos irrepetibles que se les presentan a los jueces. Son oportunidades de dejar positivas huellas en la colectividad, en su trayectoria profesional y en su ámbito familiar.

    Esos magistrados pueden hacer historia, con sus nombres grabados para siempre en el corazón de la justicia dominicana, recordados con mucha gloria y nada de pena. Basta con demostrar que los juicios nos les quedaron grandes, que se impusieron a las presiones, que sólo la verdad y la justicia fueron las protagonistas de sus sentencias.

    Los dominicanos, en especial sus actores principales como son los encargados de aplicar la ley, sólo avanzaremos cuando dejemos de huir, cuando nos rebelemos, cuando nos “dé pique”, cuando desde cualquier posición en que estemos valoremos la dignidad y cumplamos nuestro deber.

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