José Rafael Yunén: “Para ser un buen médico, primero se debe ser humano y solidario”

José Rafael Yunén puede exhibir muchos logros profesionales, es una eminencia en el sector salud.Muy joven partió a los Estados Unidos, donde se especializó como médico; y tan pronto pudo, regresó a su país para poner al servicio de los dominicanos todo lo aprendido.
Sobre la profesión de médico, afirma que más allá de la preparación académica hace falta vocación y nobleza de alma. Para el doctor Yunén la Medicina va más allá de una profesión. A su juicio, “para ser médico hay que ser muy humano y solidario. Respeto a los profesionales de la Medicina, pero en honor a la verdad, no todos actúan apegados a la ética”.

1. Caballero de Santiago
Nací en la ciudad de Santiago de los Caballeros, me crié ahí hasta los 15 años, de ahí vine para la capital a estudiar Medicina. Mi madre se llamaba Ana María Brugal y mi padre Pedro José Yunén. Fui clérigo. Una vez compré una funda de “chambritas”, y en una procesión amarré como 20 mujeres. Cuando se fueron a parar no podían moverse. No me descubrieron pero sospechaban que el responsable era yo. Estudié Medicina, trabajaba y estudiaba. Me gradué de médico a los 21 años. Trabajé en la clínica Abel González por espacio de 15 años y trabajé el último año de Medicina en el Hospital Padre Billini. Ahí tuve la oportunidad de ayudar al doctor Moscoso Puello y, por supuesto, me hice médico e inmediatamente me fui a Estados Unidos.

2. Vocación médica
Mi madre se divorció a muy temprana edad mía, y se casó cuando yo tenía ocho o nueve años con el doctor Helú, que era médico, tenía una clínica en Santiago; y yo empecé a operar gatos, perros y de ahí nació mi vocación para estudiar Medicina. Con él estuve mucho tiempo, pero sucedió una cosa curiosa. Cuando vine a la capital, el 12 de octubre, el día 28 pasó algo curioso, murió el esposo de mi madre, al morir él tuve que regresar a Santiago. Tuve que pasar dos meses allá hasta que las cosas se nivelaran.

3. Muy inquieto
Pasé momentos desagradables. Yo tenía una pluma y un día cogí y vacié la tinta en un busto de Trujillo, eso fue la de Troya…. Mi compañero de estudios me dijo: “Ay Dios mío, qué es lo que pasa, qué fue lo que hiciste?”, y yo le dije: “Estate quieto”. Como por 10 días nos dejaban hasta las seis de la tarde para ver si alguien decía quién lo había hecho, pero el único que vio fue mi amigo y no dijo nada. Comencé a trabajar en una clínica en San Cristóbal, de ahí pasé al Marión, duré poco, como seis meses; de ahí me fui a la Clínica Abel González, ahí estuve cinco años. Me casé, y al casarme me fui al hospital Padre Billini, viví con los padres de mi esposa, por un año. Me gradué y me fui a Estados Unidos. Ahí me quedé ocho años.

4. ¡Llegó mi turno!
Como a los 18 años, yo estaba en la universidad y fui a Santiago, estaba enamorado de una muchacha. Antes, no era como ahora, que uno puede salir con las muchachas hasta a las 10 de la noche. Nosotros nos íbamos al Gurabito Country Club, los sábados a la una del día, unas 15 muchachas acompañadas de sus hermanos, sus tías, el papá o la mamá, y unos 15 o 20 muchachos. Las muchachas llevaban una libretita para llevar anotado el orden en el que iban a bailar con los muchachos. A mí no se me olvida que yo estaba muy enamorado de esa muchacha, pero a mí me tocaba bailar la cuarta pieza. Un día, yo veo a la muchacha bailar la primera, la segunda y la tercera pieza, y al fin llegó mi turno, pero comenzando a bailar, como a los 15 segundos se va la luz, y dice ella: “¡Ay!”, y yo le dije: “No te preocupes que yo me lo sé de memoria”, y seguimos bailando sin música. Yo me dije que cómo iba yo a soltar esta muchacha después de esperar tanto.

5. En Estados Unidos
Me fui a Nueva York, hice mi internado durante un año y después hice la residencia en la Escuela de Medicina de Jefferson. Esa es la tercera escuela de Medicina de Estados Unidos, con un sistema muy duro, un sistema piramidal, entrábamos ocho, pero iban quedando seis, cuatro y dos. Cuando entré, se comenzó a pagar, antes no se pagaba. Se pagaba 50 pesos mensuales. El único latino que había ahí era yo, de un promedio de unos 200 médicos y, por supuesto, esa era una lucha grande, tenía que luchar con el idioma. Fui avanzando, me gané el primer, el segundo, el tercer y el cuarto año y me pude graduar. Tuve una buena aceptación; tanto, que me quedé como profesor asociado.

6. Cohetes
Yo era muy rebelde, pero con un grado de discreción. Recuerdo que cuando yo estudiaba, el aula de Ramfis Trujillo quedaba en el segundo piso. Entonces mis amigos que me conocían bien, me preguntaron: “¿Tú te atreves a encender unos cohetes en el baño”. Uno de los compañeros míos amarró cuatro cohetes chinos y le sacó el agua al inodoro, para poner una mecha larga, a mí lo que me tocaba era coger un encendedor y prenderle fuego a la mecha. Yo lo hice y me senté. En ese mismo momento estaba subiendo Ramfis. Cuando eso empezó a sonar, se armó un “juidero”. Eso pasó. Nunca se supo quién fue. Yo no lo ideé. Nos dejaron como 15 días encerrados en la universidad, pero nunca se supo que fuimos nosotros.

7. Cónsul Honorario
Yo tenía la complicación de que tenía residencia estadounidense y me había ido casado. Estando allá, cuando ya habían derrocado a Trujillo, yo tenía que entrar al Servicio Militar Obligatorio, el presidente era Bonnelly, en el Consejo de Estado, y el esposo de mi cuñada, que trabajaba en el gobierno, me dijo que la única forma de yo evitar tener que venir al país a hacer el servicio militar, era que me nombraran cónsul honorario. Entonces me nombraron Cónsul Honorario de la ciudad de Filadelphia. El consulado no tenía ese movimiento que tiene ahora.

8. La Clínica Yunén
En el año 1963 arranqué para acá, comencé a construir la Clínica Yunén, que estaba ubicada en la esquina Máximo Gómez con Bolívar. Ahí nosotros mismos estábamos pintando, porque no había dinero. Ahí comenzó la Revolución. Mi mujer me llamó y me dijo lo que estaba pasando. Nos quedamos en la clínica hasta que pasó la Revolución. Ahí vivimos como 40 personas, como si fuera un hotel. Después seguimos en la clínica y estuvimos ahí por 30 años. De ahí nos fuimos a Hospiten, compramos esa área para hacer el Centro Cardio Renal, pero luego decidimos vender y vinimos donde estamos actualmente, en la avenida Abraham Lincoln.

9. Un muerto
Había una tumba en el cementerio, que todavía existe, que se llamaba la Tumba de Glass, que era el varón del cementerio. Ahí nosotros comprábamos salchichón, galletas y llevábamos un potecito de ron y nos poníamos a ensayar con el acordeón. El cuidador del cementerio era amigo de nosotros. Llegábamos como a las nueve de la noche y nos quedábamos como hasta las 12 y media de la noche. A la una de la mañana íbamos a dar serenatas. Una noche, eran casi las 12 de la noche y se habían acabado de las galletas. Entonces como al final del cementerio había una fábrica de pan, lo que acordamos fue esperar al repartidor del pan. La verja era altísima y lo único que a uno se le veía era la cabeza. Estábamos esperando al muchacho que repartía el pan, eran como las 12 de la noche cuando alcanzamos a ver la bicicleta del repartidor, y yo me paré y lo silbé, el muchacho se paró asustado y miró. Yo le dije:“Dame cinco de galletas”. Ese muchacho lanzó un grito desgarrador. Creo que ese muchacho aún anda corriendo.

10. Bodas con Antonia
La que es mi esposa, Antonia, trabajaba en la clínica Abel González. Ella era secretaria y yo practicante de Medicina. Nos enamoramos, nos casamos y ya tenemos más de 50 años de casados. Cuando pasé al quinto año de medicina, me fui al hospital, a trabajar con el doctor Moscoso Puello. Yo tenía 22 años. Nos fuimos a Estados Unidos. Teníamos que trabajar. En esa época se utilizaban unas cremas anticonceptivas, pero parece que la que yo compré no estaba buena, porque al llegar a Estados Unidos, ya ella estaba embarazada. Tenemos dos hijos, yo tengo una hembra antes del matrimonio, es decir que tengo tres hijos en total.

Pionero en procedimientos 

Después de venir de Estados Unidos, yo hice un año en el Peter Bent Brigham, que ahora es el Brigham and Women’s Hospital, bajo la dirección del que era director de Nefrología, Joseph E. Murray, que fue quien realizó el primer trasplante, y que en 1990 recibió el premio Nobel de Medicina por una operación de riñón que supuso el primer trasplante exitoso con órganos humanos. Vine al país con todo el entusiasmo, porque me gustaba mucho la cirugía vascular. Yo hice el primer trasplante de riñón de muerto a vivo, en 1970. Ese hecho fue reseñado por todos los periódicos de la época. Después de eso me desencanté, por el costo. El primero que hizo hemodiálisis en el país fui yo.  Recuerdo que tenía un paciente esperando ese trasplante y cuando por fin conseguimos el riñón, yo no quería que nadie lo supiera, pero en esa época había una emisora que se llamaba Radio Guarachita. Esa emisora era la más escuchada del país, en esa emisora le daban de regalo un radio  a la persona que reportara la noticia más impactante de ese día. El papá de mi esposa, entró a la clínica y le dieron la información de que en ese momento estábamos haciendo el trasplante, y él que se quería ganar el premio que estaban dando en Radio Guarachita, de una vez llamó. De la emisora llamaron, comprobaron la información y le llevaron el radio, cuando aún yo no había salido de la sala de operaciones. Cuando salí del quirófano, había como 20 reporteros.

Internado
“Hice mi internado durante un año y después hice la residencia en la Escuela de Medicina de Jefferson. Esa es la tercera escuela de Medicina de EE UU”.

Vocación
“Mi madre se divorció a muy temprana edad mía, y se casó con el doctor Helú, que era médico. Empecé a operar gatos y perros, y de ahí nació mi vocación”.

Ejercicio
“Me gradué de médico a los 21 años. Trabajé en la clínica Abel González por 15 años y trabajé el último año de Medicina en el Hospital Padre Billini”.

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