Siglo veinte, cambalache…

Los vientos son fuertes y constantes en Kitty Hawk. El desafío será en aquella costa arenosa de Carolina del Norte, donde los hermanos Wilbur y Orville Wright pretenden elevarse y aterrizar en un biplano diseñado y construido por ellos. El artefacto tiene dos hélices, pesa algo menos de 200 libras y lo impulsa un motor de combustión interna de 12 caballos. En el cuarto intento, Wilbur consigue volar una distancia de 260 metros. Afincado en las secretas partículas del aire, el Flyer 1 se sostiene durante 59 segundos. Es el diciembre de 1903.

“Voy a construir un coche para el pueblo, el automóvil universal”, proclama Henry Ford en 1906. Y cumple la promesa. Dos años más tarde se inicia la fabricación masiva de automóviles. Con el empleo de líneas de montaje guiadas por los principios de Taylor (en las que se lograba una perfecta combinación de hombre y máquina), Ford inunda el mercado con su modelo T. El precio del nuevo vehículo fluctuaba entre 800 y 1,000 dólares.

Los grandes núcleos de trabajadores norteamericanos, fascinados, adquieren aquel auto asombroso que circula a 70 kilómetros por hora sobre un camino, y que también puede (con solo un cambio de ruedas) realizar labores agrícolas o deslizarse sobre los rieles del ferrocarril. Durante 20 años, las fábricas de Ford produjeron más de 15 millones de automóviles. Había plantas de ensamblaje en Canadá, Alemania, Inglaterra, Francia, Austria, Dinamarca, Sudáfrica y Argentina. En tanto aumentaba la circulación de automóviles en el mundo, crecían también los kilómetros de carreteras, caminos y vías urbanas.

Dirá Charles Baudelaire: “Ese primero de octubre de 1924 asistí al titánico renacimiento de un fenómeno nuevo…. el tráfico. ¡Coches, coches, rápidos! Uno se siente embargado, lleno de entusiasmo, de alegría del poder. El simple e ingenuo placer de estar en medio del poder, de la fuerza. Uno participa de él. Uno toma parte en esta sociedad que comienza a amanecer. Uno confía en esta nueva sociedad: encontrará una expresión magnífica de su poder. Uno cree en ello”. Europa se contagia de la euforia de Baudelaire.

La ciudad moderna, al servicio de la técnica y del progreso, crece bajo el aliento de Le Corbusier. El gran arquitecto y urbanista suizo expone (en su obra L’Urbanisme) la revolución que presagiaba el tráfico moderno. Esa fuerza vital (en cierto modo, sobrenatural) que imprimía una nueva confianza y un renovado optimismo en los poderes del hombre.

Dos sucesos (la crisis económica de 1929 y, luego, la Segunda Guerra Mundial) paralizan entonces la vida y el progreso de la humanidad, con secuelas que perduran casi un quinquenio. Pero las energías del progreso resucitan, poco tiempo después, con una señal inusitada. Una revolución en la aeronáutica, tan grande como la invención del propio avión: los aviones de reacción (llamados también de propulsión a chorro).

La primera aeronave comercial con motores de reacción fue el De Havilland Comet, que en mayo de 1952 realizó el vuelo Londres-Johannesburgo en 24 horas, con cinco escalas. Dos años más tarde, el mismo Comet (ya sin detenciones) hace la ruta de 4,930 kilómetros entre Londres y Jartum (Sudán, África). En esa travesía la nave se elevó hasta 12 mil metros (40 mil pies). En algo menos de 50 años, el milagroso adelanto de la aviación deshacía en brumas de leyenda la audacia de Wilbur y Orville Wright sobre las arenas de Kitty Hawk.

Los aviones con motores de propulsión a chorro sustituirán, así, los viejos artefactos de hélice. Pero tampoco los barcos han de competir con la nueva aviación. Las empresas navieras, en tal caso, forzosamente tornan sus embarcaciones en cruceros de recreo o, estrictamente, en barcazas para movilizar mercancías.
Unos 20,000 aviones de más de 100 pasajeros circulan hoy en el mundo. El doble de esa cantidad se vaticina al concluir el próximo decenio. Alrededor de 3,000 millones de personas viajan cada año en aeroplanos (mientras usted mira esta página, no importa la hora, habrá en el aire 10,000 aviones que trasladan, al mismo tiempo, 1.2 millones de pasajeros).

Muchos (muchos y muchas, diría toscamente alguno) aún no se lo explican del todo. ¿Cómo será posible que unas gigantescas aeronaves (con 300 o 400 cándidos viajeros en la entraña) floten cual cachalotes afables en la paz sin tregua de los cielos (¡a doce kilómetros de altura..!) durante más de 17 horas, en tanto cruzan 15 mil kilómetros sin detenerse?

Estas dubitaciones se tornarán en conflicto cuando un imberbe le endose su recelo: “Abuelo: en el colegio me han dicho que las tres carabelas pasaron setenta días en el mar antes de descubrir el nuevo mundo. Y ahora llegamos en ocho horas. ¡Qué burro era ese Colón..!”

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