Curzio Malaparte: La piel

La descripción que hace Curzio Malaparte de la llegada de los ejércitos aliados a la ciudad de Nápoles durante la segunda guerra mundial es alucinante, surrealista, sombría, salpicada a veces, muchas veces, de un humor oscuro y retorcido y vitriólico. El típico humor de las obras de este extraño y polémico escritor que nació llamándose Kurt Erich Suckert. Hijo de madre italiana y un padre alemán al que parece que odiaba cordialmente.

Lo que describe Malaparte en el primer capítulo de su novela, el primer terrible capítulo de “La piel”, no es la alegría desbordada con la que un pueblo recibe a sus liberadores, sino la humillación vociferante con que se recibe a los vencedores.

Todo está a la venta. Las mujeres se venden, los hombres se venden, madres y padres venden a sus hijos. Dos dólares por la hija. Dos dólares por el hijo. El hambre convierte a los seres humanos en mercancía.

-Los soldados americanos -dice el protagonista- se creen que compran una mujer, pero lo que compran es su hambre. Se creen que compran amor, pero lo que compran es un pedazo de hambre. Si yo fuese un soldado americano, compraría un pedazo de hambre y me lo llevaría a América como regalo para mi mujer... Un pedazo de hambre es un buen regalo.

Como dice Rachel Kushner en una introducción que se ajusta como anillo al dedo a la novela de Malaparte, a éste “le interesaba la terrible materia de la que está hecha la vida real –la guerra, el sufrimiento, la crueldad, la degradación– y al mismo tiempo se sentía comprometido, de un modo histriónico, a llegar al quid de esa terrible materia de la ‘vida real’. Aunque tal vez lo que más le interesaba de todo era estar en el centro de las cosas, como está en ‘La piel’”.

Así, “en la presentación que Malaparte nos ofrece de la ocupación de Nápoles tanto la ciudad como su economía se reducen a la más básica de las mercancías, convertida en fetiche: el cuerpo que se vende. Las madres venden a sus hijos y los soldados los compran, y esas madres y esos hijos tienen tanta suerte de convertirse en los objetos de una transacción... Están salvando su propia piel”.

Quizás lo más impresionante de esta y otras novelas de Curzio Malaparte es la frialdad, el distanciamiento o desprendimiento con el que narra los episodios más dantescos. En la célebre “Kaputt” hay una escena que pone los pelos de punta por esa forma de contar cosas terribles como si fueran anécdotas de salón.
Malaparte, en su calidad de corresponsal de guerra en el frente oriental, comparte en una cena con varios invitados entre los que se encuentra un jerarca nazi. Escuchan y hablan de música selecta, arte y literatura en el más refinado de los ambientes.
Luego salen a dar un paseo. Cuando un niño judío se atraviesa en el camino, el nazi le pega un tiro y al parecer no sucede nada. Simplemente había matado a un ratón, como le decían a los niños judíos que se arriesgaban a salir de sus escondites en busca de comida. Los ratones de “La piel” son napolitanos. Pasan cosas terribles y a la vez no pasa nada. La excesiva objetividad de la narración mitiga la tragedia, aparentemente no produce gran emoción en el narrador ni en los personajes, todos son un poco impermeables al dolor humano. Un brutal sarcasmo toma el lugar de lo que podría ser conmiseración o empatía.

La peste

Eran los días de la “peste, de Nápoles. Todas las tardes a las cinco, después de media hora de punching ball y una ducha caliente en el gimnasio de la PBS, la Peninsular Base Section, el coronel Jack Hamilton y yo bajábamos a pie hacia San Ferdinando, abriéndonos paso a codazos entre la multitud que, desde el alba hasta el toque de queda, se agolpaba tumultuosa en vía Toledo.

Limpios, aseados y bien alimentados, Jack y yo avanzábamos entre la terrible multitud napolitana, mísera, sucia, hambrienta y andrajosa, a la que pelotones de soldados de los ejércitos liberadores, compuestos por todas las razas de la tierra, atropellaban e injuriaban en todas las lenguas y todos los dialectos del mundo. Entre todos los pueblos de Europa, al pueblo napolitano le había tocado en suerte el honor de ser liberado el primero; y para celebrar tan merecido galardón, mis pobres napolitanos, después de tres años de hambre, epidemias y feroces bombardeos, habían aceptado de buena gana y por caridad hacia la patria la tan codiciada y envidiada gloria de representar el papel del pueblo vencido, de cantar, batir palmas, saltar de alegría entre las ruinas de sus casas, ondear banderas extranjeras, enemigas hasta el día anterior, y arrojar desde las ventanas flores a los vencedores.

No obstante, y a pesar de ese universal y sincero entusiasmo, no había en toda Nápoles un solo napolitano que se sintiese vencido. No sé decir cómo nació ese extraño sentimiento en el ánimo del pueblo. Estaba fuera de toda duda que Italia, y por lo tanto también Nápoles, había perdido la guerra. Por supuesto, es mucho más difícil perder una guerra que ganarla. Todo el mundo sirve para ganar una guerra, pero no todo el mundo es capaz de perderla. Sin embargo, no basta con perder la guerra para obtener el derecho a sentirse un pueblo vencido. Con su ancestral sabiduría, nutrida por la dolorosa experiencia de varios siglos, mis pobres napolitanos no se arrogaban el derecho de sentirse un pueblo vencido. Esto era, sin duda, una grave falta de tacto. Pero ¿acaso podían pretender los aliados liberar a los pueblos y obligarlos al mismo tiempo a sentirse vencidos? O libres o vencidos. Sería injusto culpar al pueblo napolitano de que no se sintiera ni libre ni vencido.

Cuando caminaba junto al coronel Hamilton, yo me sentía maravillosamente ridículo con mi uniforme inglés. Los uniformes del Cuerpo Italiano de Liberación eran viejos uniformes ingleses de color caqui cedidos por el mando británico al mariscal Badoglio y teñidos, quién sabe si para intentar ocultar las manchas de sangre y los orificios de los proyectiles, de verde oscuro, color lagarto. De hecho, eran los uniformes de los soldados británicos caídos en El Alamein y Tobruk. En mi guerrera eran visibles los orificios de tres proyectiles de ametralladora. Mi camiseta, mi camisa y mis calzoncillos estaban manchados de sangre. Hasta mis zapatos procedían del cadáver de un soldado inglés. La primera vez que me los puse, sentí una punzada en la planta del pie. Al principio pensé que alguno de los huesecillos del muerto se habría quedado en el interior del zapato. Era un clavo. Tal vez hubiera sido mejor que fuera un huesecillo del muerto: habría sido más fácil sacarlo. Tardé media hora en encontrar unas tenazas y arrancar el clavo. Huelga decirlo: para nosotros aquella estúpida guerra había terminado francamente bien. Desde luego, no podía terminar mejor. Nuestro amor propio de soldados quedaba a salvo; ahora combatíamos junto a los aliados, para ganar con ellos su guerra después de haber perdido la nuestra, y por lo tanto era natural que nos vistiéramos con los uniformes de los soldados aliados a quienes nosotros mismos habíamos dado muerte.

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