El poder del perdón

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Perdonar nos libera. Así es. Olvidar la ofensa y seguir adelante, es la mejor manera de decir a quien o quiénes nos han ofendido, que nuestros horizontes están más allá de su limitada imaginación.
Perdonar el engaño del que se ha sido víctima, es perdonarse asimismo por la ingenuidad de haber confiado en la persona equivocada.

Es, también, concedernos la oportunidad de recomenzar. Esta vez, aguzar los sentidos, más alerta, más cautos.

Perdonar la calumnia y las falsas acusaciones que constantemente atentan contra la dignidad y el honor, es la manera en que dejamos claro, que nos tienen sin cuidado, los comentarios malintencionados, provenientes de personas totalmente ajenas a nuestros afectos.

Perdonar el odio y el rechazo injustificado de personas a quienes jamás les hemos hecho nada, es demostrar que más que molestarnos, nos causa tristeza su manera distorsionada de profesarnos su admiración. Y es que, perdonar, sin importar qué, terminará por ser más beneficioso para aquel que concede el perdón, que para el perdonado.

Pero, ante todo, es importante comenzar por uno mismo. Dejar fuera de nuestras almas todo lo negativo, principalmente el odio y el resentimiento. Limpiar cada espacio de nuestros corazones, eliminando, en primer lugar, el rencor, sacar todo aquello que, con el tiempo se va convirtiendo en una carga tan pesada, que nos impide movernos con agilidad. El perdón borra el dolor y sana las heridas.

Sin embargo, nada, en absoluto, nos dará mayor satisfacción, nos regalará tanta paz, nos conducirá a un estado de completa libertad y tranquilidad, que perdonarse a sí mismo.

Sin importar el tamaño de nuestra equivocación, ni las dimensiones de sus consecuencias, debemos tener en cuenta que como humanos cometemos errores, que no somos los únicos en fallar.

Lo mismo cuando alguien nos lastima, el rencor que despiertan en nosotros, ese alguien y sus acciones, más que una condena a esa otra persona, es una condena a nosotros mismos. Sin darnos cuenta condenamos nuestra alma y la confinamos a una prisión cuyos muros impenetrables son custodiados por el odio y el rencor.

Está en nuestras manos elegir ser libres o morir en la prisión de los resentimiento.

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