Una mano a la frontera

La preocupación mostrada por el Ministerio de Defensa, el Ejército de República Dominicana y el Centro Especializado de Seguridad Fronteriza (Cesfront), por disminuir los efectos de la inmigración descontrolada, el tráfico de alimentos y de armas en los últimos meses, es un punto positivo a considerar, para ponerle un corte a los abusos contra el territorio.

El muro que se levanta en el tramo de Elías Piña a Jimaní, constituye un significativo esfuerzo de las autoridades que, si se cuenta con el apoyo de la sociedad, el respeto real a la Ley de Migración y a las disposiciones que fortalecen su operatividad, la entrada de haitianos y de otros extranjeros sin ningún control, podría disminuir.

Las fuerzas vivas del país, como lo hacen para otras cosas, deben levantarse ahora para evitar la desertificación definitiva de toda la frontera, salvar ríos y afluentes, necesarios para que la Foresta pueda recobrar su esplendor y los dominicanos alcanzar la paz social.

Comencemos a reclamar del sector público y del privado, mayor apoyo económico, humano y político, para que el personal que ahora protege la frontera tenga una mejor calidad de vida, retomar la agricultura, la pecuaria y sembrar de árboles los espacios destruidos para hacer carbón, depredando esa parte tan importante para la dominicanidad.

En esta acción debemos involucrarnos todos, políticos, empresarios, comerciantes, industriales, profesionales de las distintas áreas, periodistas y medios de comunicación, así como las iglesias, para de esa forma lograr que los ciudadanos que viven a lo largo y ancho de los 320 kilómetros de frontera, vuelvan a respirar aires de libertad y disfrutar de espacios sanos y de naturaleza pura.

El 27 de febrero de 1935 se firmó con El Vaticano el Tratado de Dominicanización de la Frontera y ahora corremos un riesgo parecido que debemos evitar para no llegar a consecuencias mayores.

Apoyemos a los soldados que ahora hacen esfuerzos en los cuatro corredores fronterizos que comunican con Haití
para no tener que lamentarlo luego.

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Santos Aquino Rubio
El autor es periodista y abogado.