“El doctor Díaz Sosa me motivó a estudiar medicina”

El doctor Tomás Vargas Martínez le ofrecía a los recién graduados de oftalmología el espacio para que trabajaran en su consulta en la Cruz Jiminian.
El doctor Vargas Martínez fundó el Instituto Contra la Ceguera por Glaucoma (Incocegla) en 1996

El doctor Tomás Vargas Martínez considera que heredó “un poco” el emprendedurismo de su padre, ya que al igual que su progenitor, se mantiene innovando constantemente. A sus 17 años consiguió su primer empleo como asistente personal del oftalmólogo-otorrino, doctor Francisco Díaz Sosa, donde empezó a involucrarse en el campo de la oftalmología y la otorrinolaringología.

El doctor Vargas Martínez es presidente fundador del Instituto Contra la ceguera por Glaucoma (Incocegla) junto a médicos oftalmólogos, doctores Máximo Genao, Juan Terrero y Laura Dinzen, a través del cual hacen labores sociales, realizan jornadas médicas, ofrecen charlas educativas dentro y fuera de la institución sobre la prevención y educación contra la ceguera por glaucoma.

1. Recuerdos de niñez
Nací en San Francisco de Macorís, en 1957, donde pasé mi primera infancia, mis padres se mudaron a Santo Domingo en 1963, al barrio de San Carlos, tenía seis años. Estudié hasta el cuatro de la primaria en la Escuela Brasil, luego mi madre consiguió una brecha en el Colegio Santo Niño de Atocha, que estaba frente al Parque de San Carlos, donde hice hasta el octavo curso. Realicé los dos primeros años del bachillerato en el Liceo Manuel Rodríguez Objío, hoy Salomé Ureña. Recuerdo, que era súper tímido, inclusive tartamudo, simplemente por mi timidez, tenía miedo de hablar en público, hasta en mi adolescencia era tímido para conseguir novias, no sabía cómo introducirme, me temblaban las manos, me sudaban cuando tenía cerca a una chica que me gustaba.

2. Sus padres
Mi padre, Ramón Vargas Martínez y mi madre Ramona Martínez, ambos fallecidos, eran comerciantes, tenían negocios de colmado en San Francisco de Macorís, incursionaron también en comedores. A mi padre le decían Bolo Vargas, era un hombre súper emprendedor, muy proactivo, haciendo las adaptaciones de lugar para poder sobrevivir, apenas una economía de subsistencia básicamente. Ha sido el ejemplo a seguir, creo que heredé un poco su emprendedurismo, siempre vivo inventando. En San Carlos, mi padre desarrolló talleres de dulcería artesanales, siempre estaba haciendo negocios nuevos, dependiendo de las crisis económicas del país, iba modificando, nunca estaba fijo en solo negocio, creo que por eso nunca fue exitoso económicamente, porque no fue coherente, no fue constante. Mi madre era todo lo contrario, era súper centrada, súper organizada, recuerdo que un día le dijo a mi padre que no se iba a mover más de lugar, él quería volver a San Francisco hacer otro negocio. Éramos cuatro hermanos, tres varones y una hembra, el mayor, Aris Vargas, fallecido, trabajaba en televisión como camarógrafo; mi hermana Gladys, ama de casa y Frank, que siguió con el negocio de dulcería artesanal”.

3. Primer trabajo
Conseguí mi primer empleo como asistente personal de un médico prestigioso, oftalmólogo-otorrino, el doctor Francisco Díaz Sosa en la Clínica San Rafael, tenía 17 años, cursaba el tercero de bachillerato. Ahí empecé a involucrarme en el campo de la oftalmología y de la otorrinolaringología, el doctor Díaz Sosa me motivó a estudiar medicina, quería ser como él, lo veía como algo grandioso, como una meta a conseguir. Ingresé a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) a estudiar la carrera de medicina, pero seguía trabajando con el doctor, en las horas libres me permitía ir a clases, luego volvía al consultorio, duré el tiempo de la carrera junto al doctor, asistía a las cirugías que hacía, me iba entusiasmando mucho más, desde el punto de vista quirúrgico para también ser cirujano”.

4. Especialidad
Estudié medicina con el plan de ayuda de la UASD para personas de escasos recursos, porque mis padres no me podían pagar una universidad privada. Cuando terminé la carrera en 1982, empecé a buscar donde hacer una especialidad, en ese momento tenía oportunidades de ir a Argentina, al Mar de Plata o a Guatemala, dos becas que conseguí, a través de la Panamericana de Oftalmología, pero mis padres no tenían dinero para pagar mi estadía allá, por eso tuve que optar por ir al Partido Comunista, donde ofrecían becas gratuitas en la antigua Unión Soviética, tuve suerte y me aceptaron. Llegué a Moscú en 1984, un mundo totalmente desconocido, sin hablar el idioma, pero gracias a Dios, conocí estudiantes dominicanos que me encaminaron hacia donde tenía que ir para conseguir mis papeles. Estudié seis meses de inmersión total en inglés, luego ingresé a uno de los centros de oftalmología más moderno de la Unión Soviética, el Instituto de Terapias de Tejidos y Enfermedades Oculares, no en el mismo Moscú, sino en la ciudad de Odesa, Ucrania. En ese centro, la interacción con profesores científicos rusos fue bastante valiosa, donde se manejaban volúmenes gigantes de pacientes. Fueron tres años y medio de la especialidad, como estudiante, el Estado Soviético me facilitaba una mensualidad, que daba hasta para pagar una habitación en un hotel del hospital. Además, tuve la oportunidad de viajar en tren por toda Europa, una de mis experiencias más hermosas e inolvidables que he tenido.

5. Su hijo Román
En Moscú tuve a mi hijo Román Vargas con una mujer ucraniana, empleada del hospital, no me casé con ella por diferencias culturales más bien. Con Román estuve más de dos años, luego regresé al país, pero siempre mantenía comunicación con su madre. Cuando el niño tenía 10 años fui a visitarlo, le pedí a su madre la custodia, aceptó, consideraba que conmigo tendría más oportunidades de educación. En 1990 me lo traje a Santo Domingo, para entonces tenía a mi esposa Victoria Villa y mis hijas Haronid y Arianna, ellas los aceptaron con mucho cariño, él también. Lo inscribimos en el Colegio Arroyo Hondo, el padre Marcial Silva nos dio la oportunidad, aunque en Ucrania Román estaba en quinto curso, el padre lo puso en primero para alfabetizarlo. En ese colegio estuvo hasta el bachillerato”.

6. Su esposa
Conocí a mi esposa Victoria cuando estudiábamos en Moscú, es panameña, nos hicimos novios allá, pero nos casamos en unas vacaciones que hicimos a Santo Domingo en 1987. Luego regresé a la Unión Soviética, ella a Panamá a terminar los estudios. En 1988 pasé por Panamá a buscarla para venir a vivir a Santo Domingo, me encontré con que estaba trabajando como encargada de Proyectos Especiales en la Autoridad Portuaria panameña, mi esposa me pidió que tratáramos hacer vida en Panamá, que me quedara para darle apoyo, era la época de Noriega, una situación muy difícil económica y políticamente. Me quedé un año tratando de establecerme, trabajé como visitadora a médico, pero no tuve la oportunidad de aplicar para el internado, no había empleos, mientras hay un panameño desempleado un extranjero no tiene derecho, por eso tuve que venir a Santo Domingo”.

7. Regreso a RD
Regresé al país en 1989, a partir inicio mi carrera de oftalmología, ingresé en el consultorio de mi maestro, el doctor Díaz Sosa, iba en las tardes, empecé a dar clases en la Escuela de Oftalmología del Hospital de la Diabetes, también, a dar servicios sociales en la clínica del doctor Cruz Jiminian, que para la época estaba en sus inicios. Ahí duré hasta 1996, que es cuando fundamos el Instituto Contra la Ceguera por Glaucoma (Incocegla)”.

8. Incocegla
Como era profesor de la escuela de oftalmología en el Hospital de la Diabetes, le ofrecí a los recién graduados de oftalmología el espacio para trabajar en mi consulta en la Cruz Jiminian, le solicite al doctor hacer un departamento de oftalmología con esos jóvenes, pero la clínica era muy pequeña, no había espacio, tuvimos que alquilar un local en la Nicolás de Ovando con Ortega y Gasset, ahí iniciamos el Incocegla. Ese año, el doctor Leonel Fernández le otorgó la personería jurídica de ONG, empezamos un grupo de cuatro oftalmólogos, los doctores Máximo Genao, Juan Terrero, Laura Dinzen y yo, haciendo labores sociales, consultas a 50 pesos; hacíamos actividades con los laboratorios para regalarles los medicamentos a pacientes de escasos recurso. En la actualidad, somos más de 80 médicos que, aunque tienen sus consultas en centros de salud, vienen aquí a consultar por 300 pesos, a realizar operaciones gratis cuando se les requiere. También, tenemos un centro en La Romana, donde hemos tenido una acogida bastante buena”.

9. Club de Glaucoma
Fundamos también el Club de Glaucoma, en la medida que íbamos creciendo se fueron sumando más jóvenes que salían del instituto Nacional de Diabetes, Endocrinología y Nutrición (INDEN), y también de otras escuelas. Para 2009 no cabíamos en el local, la gente tenía que esperar turno en la acera, entonces en 2003 nos asociamos con Madé, un productor de televisión que conocí en Televida, en un programa del padre Luis Redes, nos hicimos amigos, entonces lo invité a formar parte del equipo. El Club de Glaucoma es uno de los hitos más grandes que hemos tenido dentro de Incocegla, es la parte social de la institución. A través del club, educamos a las personas sobre las diversas enfermedades de los ojos, damos charlas sobre retinopatía diabética, hipertensión, glaucoma, todo en cuanto a prevención de ceguera, no solo en la institución, sino también a nivel empresarial, clubes sociales e iglesias. Tratamos de abaratar el costo de los medicamentos de nuestros pacientes, de las consultas, de los estudios y de los procesos mínimamente invasivos o cirugías grandes, lo único que exigimos es pertenecer al club, asistir a las charlas, lo que nos interesa es que el paciente este educado, que sepa cómo evitar la ceguera. Actualmente tenemos más de 6,500 pacientes que le dan seguimiento a su enfermedad de forma personalizada”.

10. Testimonio
Una de las cosas que más me ha impactado dentro de profesión fue en 2005-2006, una señora se me acercó, me dijo que su madre, de 90 años, Herminia Mañón estaba ciega hacía 10 años, me dijo que su madre estaba fuerte, saludable, que ni su hermano ni los nietos querían que la operara, le dije que me la llevara al consultorio, que simplemente quería verla. Cuando me la llevaron, recuerdo que apegué la luz, de inmediato la doña dijo que la habían apagado, entonces cuando la encendí, ella dijo pero prendieron de nuevo la luz. Noté que podíamos conseguir su visión, les ofrecí a los familiares operarla, que no les cobraría los honorarios de cirujano, solo los materiales gastables, lo hice así para comprometerlos en algo, entonces accedieron. Le hicimos la cirugía de los dos ojos, a partir de ahí la señora tuvo una visión perfecta. Eso nos llenó de mucha satisfacción. Recuerdo también a un niño de seis años que nació con catarata congénita, me lo había traído un compañero de promoción para que lo ayudara, el pequeño tenía las pupilas blanquitas de una catarata cicatrizal, que no le permitía ver imágenes, solo movimientos delante. Lo operamos bajo anestesia general, cuando le quitamos la catarata, quedó con una membrana gris en el centro de la pupila, al día siguiente le dimos láser en ambos ojos, le quitamos la membrana, dio un cambio tremendo. Recuerdo que Madé le tiro un objeto al piso, el niño de inmediato lo buscó con la mirada y lo recogió”.

Mayor satisfacción

Tengo muchas satisfacciones en mi vida, la primera es mi familia, es lo más valioso, es mi mayor logro, hemos conseguido una gran unidad. Mi esposa y yo tenemos juntos 35 años, eso es muy difícil en estos tiempos, somos una familia bien orientada. Mi familia es mi mayor logro. La segundo es el haber formado el Incocegla, una institución que le sirve mucho a la gente de escasos recursos económicos, y a través de la cual hemos logrado resolver grandes problemas visuales a cientos de miles de personas. También, el poder ayudar a profesionales jóvenes a buscar un lugar donde trabajar, ya que no tienen los recursos para instalar un consultorio privado, que cuesta millones de pesos.

Asociados
En Incocegla empezamos cuatro oftalmólogos, los doctores Máximo Genao, Juan Terrero, Laura Dinzen y yo, haciendo labores sociales, ofrecíamos consultas a 50 pesos”.

Servicios
Cuando regresé a mi país, empecé a dar servicios sociales en la clínica del doctor Cruz Jiminian, y en la Clínica San Rafael en mi consulta privada”.

Superación
Estudié medicina con el plan de ayuda de la UASD para personas de escasos recursos, porque mis padres no me podían pagar una universidad privada”.

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