La integración del Caribe al comercio internacional en el siglo XIX

A partir de la segunda década del siglo XIX con el advenimiento de las nuevas repúblicas americanas, la cuenca del mar Caribe se abrió de manera legal al comercio internacional. El reconocimiento de las nuevas naciones americanas por parte de las grandes potencias europeas, la ebullición del liberalismo económico y político y la Revolución Industrial hicieron el resto.

Los intereses de las regiones industriales del norte de Europa, como por ejemplo, el poderoso emporio industrial de Hamburgo, buscaron también una oportunidad y acomodo a la apertura de los jóvenes mercados americanos, al tiempo que los Estados Unidos comenzó a afirmarse como el futuro imperio dominante de América Latina y el Caribe. Es necesario decir, que el proceso de penetración de las potencias del Atlántico Norte comenzó durante el Siglo de las Luces, aunque fue durante el siglo XIX con las revoluciones liberales y la creación del Estado Nación, cuando se afirman con su presencia usando como plataforma de entrada de pequeñas islas francas, como la danesa Saint Thomas o la sueca San Bartolomé, como afirman en sus buenos trabajos Argelia Pacheco para el primer puerto y Víctor Wilson para el segundo.

Desde la caída de la mayor parte del imperio español el Caribe se abrió al sistema económico internacional y las potencias se dieron en reconocer oficial y diplomáticamente a las jóvenes naciones americanas independientes. Esto les permitió especular con los nacientes mercados nacionales abundantes en materias primas y, sobre todo, en metales preciosos como el oro y la plata, alimento esencial de las economías industriales del siglo XIX. El valor del dinero en el mercado internacional lo marcaba el patrón oro, por ello, en la primera mitad del siglo XIX, el principal producto de exportación de muchos países americanos fueron los metales preciosos. Ejemplo de ellos serían México y Colombia.

La apertura de los antiguos mercados coloniales y la modificación de la institucionalidad hacia el proyecto político liberal, ya sin las trabas inherentes del régimen colonial como por ejemplo, la rigidez del mercado de la tierra, del inmobiliario, o la pervivencia de fueros especiales entre otros, permitió la aparición de una pujante burguesía industrial en los puertos comerciales del gran Caribe, que procedió a enriquecerse con alianzas con los distintos grupos de comerciantes de otras nacionalidades que se radicaron en los puertos, dedicados estos en principio al aprovisionamiento de los ejércitos libertadores, la venta de armas y municiones y la importación de todo tipo de productos industriales necesarios para las nuevas repúblicas. Con posterioridad se involucraron en la modernización de las infraestructuras y en los negocios de importación y exportación.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX con la anexión de Texas se produjo el fin de la guerra de Estados Unidos y México y ello originó un período de fuerte auge económico en toda la región. El interés por las materias primas se disparó y se empezaron a multiplicar los consulados extranjeros en todos los puertos comerciales más importantes y dinámicos del gran Caribe. Fue el tiempo del ferrocarril, el vapor y el telégrafo, cuando las distancias se hicieron más cortas y el tiempo en que los modestos puertos y pequeños fondeaderos de los litorales y de las islas del mar Caribe se insertaron en las rutas de los vapores y del ferrocarril. Estos puertos fueron determinados en gran parte por las necesidades del comercio internacional.

Un ejemplo cualquiera podría ser el puerto de Sabanilla, pequeño fondeadero de la costa caribe colombiana –actual Barranquilla- que en 1870 era una más de las escalas en la ruta hacia Colón en el istmo de Panamá. Desde allí se enviaba tabaco a Bremen y Hamburgo a través de los vapores que unían en líneas semanal y quincenal a Mayagüez, Ponce, Santiago de Cuba, la Habana, Curazao, Colón, Puerto Limón, Jamaica, Puerto Príncipe y Puerto Plata. Se podía viajar directo a Nueva Orleans donde se hacía transbordo para el norte de Europa y Nueva York. O bien vía Saint Thomas hasta el Cherburgo, en la costa francesa para enlazar con el ferrocarril a París, o bien, hasta Southampton en el Reino Unido para llegar por tren hasta Londres. Atracaban también líneas de vapores procedentes de Génova, Barcelona y Cádiz, que conectaron al mar Mediterráneo y el Medio Oriente con las Américas, puerta de entrada de las migraciones italianas y árabes. En Puerto Plata, centro exportador de tabaco, pero sobre todo de caoba para tomar un ejemplo nacional, los vapores que recalaban formaban parte de rutas que pasaban por Trinidad, la Guaira, Puerto Cabello, Curazao, Sabanilla, Colón, Saint Thomas, San Juan, Cabo haitiano y Ponce.

Así, los pequeños y bulliciosos puertos caribeños insertados en los circuitos de la economía mundial abrieron la puerta a las remotas regiones más alejadas de las islas y del continente y los conectaron en comunicación directa con los puertos comerciales más importantes de los países industrializados y con ello, al gran comercio Atlántico de finales del siglo XIX y principios del
siglo XX.

De esa forma es fácil entender la llegada de colectivos de inmigrantes que arribaron al Caribe, como alemanes, ingleses y norteamericanos a nivel de inversores, en franca y abierta competencia y de obreros especializados y agricultores de la vieja Italia, sirios, libaneses y palestinos que provenientes de los dominios del imperio turco huyeron de la crisis de la industria de la seda entre 1870 y 1890, o españoles y chinos que huían de las hambrunas de sus campos. Grupos humanos que contribuyeron con su llegada a impulsar nuevas dinámicas comerciales, de trabajo y de costumbres y sociabilidades que ayudaron a configurar las identidades nacionales de los pueblos de la región en el siglo XX, una vez más signadas, como en la edad
moderna, por mezclas e hibrideces.

Este trabajo forma parte del Proyecto Connected Worlds: The Caribbean, Origin of Modern World”. This project has received funding from the European Union´s Horizon 2020 research and innovation programme under the Marie Sklodowska Curie grant agreement Nº 823846.

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Doctor en Historia, Investigador Centro de Estudios Caribeños. PUCMM