Memoria y desmemoria de Monterrey (5)

El equipo República Dominicana formado por estudiantes dominicanos en Monterrey, México. Son ellos, de pie: Luis Fontana, Julio Hiraldo U., Carlos Montero, Cristóbal Román, Emilio Castro K., Gumersindo Estevez, Gustavo Zeller, Héctor Cartagena, Félix García, William Jerez. En cuclillas: Osvaldo Padilla T., Darío Jones, Pedro Porrello, Manuel A. Pérez V. En el equipo participan también, Joaquín Cuesta Ortega y Manuel Amor Zalter, quienes no aparecen en la foto.

La inteligencia de Gil Mejía hacía juego con su extraordinario don de gente y su facilidad para establecer relaciones y darse a conocer y querer. Un don natural de líder: alguien que influía positivamente en los demás, que tomaba siempre la iniciativa a la hora de promover o llevar a cabo un proyecto, que persistía como nadie y con más entusiasmo que nadie en la consecución de su metas, alguien que destacaba —entre muchas otras cosas—, por su capacidad de agrupar y organizar personas para la realización de obras de interés común. Sus atributos personales eran muchos y relevantes: honradez acrisolada, disciplina, enorme capacidad de trabajo, inteligencia brillante.

Cuenta Dinápoles (en unos escritos que llegaron providencialmente a manos del narrador) que cuando cursaba la asignatura de programación, en el Tec se utilizaba el casi primitivo lenguaje Fortran, en base a tarjetas perforadas que eran procesadas por una computadora central de gran tamaño. El enorme aparato tenía, sin embargo, poca memoria, mucho menos que el de una portátil moderna y tardaba una eternidad para procesar los datos. Los estudiantes hacía largas filas para depositar los paquetes de tarjetas perforadas en la ventanilla del Centro de Cómputos y luego tenían que esperar varios días para que se les entregaran los resultados, corregir eventuales errores y volver a repetir la operación si era necesario.

El Centro de Cómputos era, de muchas maneras, un santuario al que sólo podía acceder personal autorizado, pero cuando llegó Gil Mejía las cosas empezaron a cambiar. Gil Mejía no sólo se distinguió entre los estudiantes, sino que también se hizo amigo de los celosos operadores del Centro. Al poco tiempo lo aceptaron como colaborador, luego empezó a participar activamente en el proceso técnico y finalmente se mostró capaz de operar la computadora. Se ganó a tal punto la confianza del personal que le fue entregada, o más bien concedida, una llave del reservado recinto.

En cualquier actividad o agrupación en que estuviera involucrado, Gil Mejía tendía a convertirse, de manera espontánea, en una figura destacada. De hecho, fue dirigente del equipo de béisbol dominicano del TEC, en el cual imponía orden y disciplina a la tropa alegre y rebelde que se aquietaba bajo su mando. En Monterrey, estaba presente en todos los eventos, era indispensable a la hora de enfrentar y resolver cualquier problema que afectara a la raza, a la comunidad de estudiantes dominicanos.

Era, como quien dice, un personaje polivalente, que irradiaba sus afectos con generosidad, pero sin incurrir en el derroche. Tenía, eso sí, un carácter poliédrico, matemáticamente imprevisible, que no siempre sabía administrar sabiamente. Podía ser manso y tímido como un cordero, cordial y afable, podía hacer chistes sin sonrojarse, podía ser ocurrente, travieso, reírse de buena gana y aceptar y hacer travesuras, pero si perdía la paciencia era mejor quitarse del medio.

Tenía, además, una lengua afilada, de la cual era prudente mantenerse a distancia: “Ese fulano —dijo una vez de alguien en son de chanza— es tan tacaño que nunca me ha invitado a nada, ni siquiera a tomarme un tequila reciclado o a comerme un taco después de la fecha de vencimiento”.

Dinápoles confiesa que durante los años que compartió un apartamento con Gill Mejía y otros dos compañeros en el glamoroso edificio Montemayor, la convivencia con él no era siempre color de rosa, no era siempre fácil de sobrellevar, pero siempre se podía estar seguro de su afecto, siempre se podía contar con él. Gil Mejía aplicaba y se aplicaba una especie de disciplina militar, sabía cómo darle el frente a cualquier situación de emergencia. Durante los meses de la guerra de abril de 1965, cuando el dinero de las becas dejó de llegar, impuso (o más bien hubo que imponer) un régimen alimenticio de extrema austeridad. Tortillas con sal en el desayuno, comida y cena. Tortillas de maíz, no de huevos. El apartamento parecía un monasterio o un cuartel. O quizás ambas cosas.

Dice el ecuménico Dinápoles que la diferencia entre él y Gil Mejía era parecida a la de las hermanas Marta y María de Betania, dos personajes bíblicos que aparecen y desaparecen en el Evangelio de Lucas (20:38-42). Uno de ellos tenía los pies sobre la tierra y el otro levitaba. Dicho de otra manera, uno era un guardia y el otro un monje franciscano. Los otros dos, llamados Michael y Gustavo, podían ser considerados novicios o reclutas.

Otra cosa que distinguía a Gil Mejía, al menos en sus mejores momentos, era su gran sentido del humor y su afición por las bromas, el humor travieso de un bromista incorregible que sabía planificar al detalle todo lo que se proponía. Ese humor que Dinápoles llama “contrapeso amortiguador de sus ímpetus temperamentales”.

El mismo Dinápoles cuenta que una vez Gil Mejía se confabuló con Michael y Gustavo para tenderle a él una trampa de la que se libró accidentalmente, y el que cayó fue uno de los compinches.

En el apartamento todos tenían por costumbre estudiar hasta altas horas de la noche, hasta que el sueño los vencía, y en una ocasión Gil Mejía propuso, un poco como al descuido, una extraña apuesta, un maratón de resistencia al sueño que fue aceptado por unanimidad, tanto por los lobos como por la oveja. Se estableció que el primero que se durmiera tendría que pagar a los demás cena, cine y cervezas el siguiente fin de semana y se procedió de inmediato a colar café, un café bien fuerte, para aumentar la resistencia al sueño.

Mas que de una broma, Dinápoles era víctima de un complot. En el café que tomó, alguien había depositado un componente exótico: una pastilla para dormir, un somnífero que Dinápoles ingirió inocentemente. Al poco rato estaba cabeceando sin entender por qué, se le cerraban los ojos, le pesaban los párpados, se le encogían las bolsas, casimente no podía tenerse en pie. Pero de alguna manera se sobrepuso al trance. Fue varias veces al baño a lavarse la cara, mientras los demás se morían en secreto de la risa, salió al balcón a tomar aire, empezó a dar unos brinquitos de canguro, se pellizcaba los cachetes y se miraba al espejo para espantar el sueño, puso en juego toda su fuerza de voluntad y recuperó la lucidez y logró vencerlos a todos a pesar del somnífero.

Cuando Gil Mejía advirtió que Dinápoles no caía, empezó a temer por sí mismo y eligió una nueva víctima. Alevosamente le tendió una celada a Michael, quien fue el perdedor de la apuesta.

Gil Mejía lo cuenta con lujo de detalles en un documento que cayó en poder del narrador y será dado a conocer oportunamente. El somnífero, dice Gil Mejía, no lo pusieron en el café sino en el cereal con leche con que Dinápoles acostumbraba cenar. Hay quien afirma que lo tomaba batido y en biberón, pero esto podría ser una mentira o una calumnia del narrador.

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