Minga Colón contra el coronavirus

Doña Minga le calmó el dolor a cientos de personas que ni siquiera sabían lo que era un médico ni menos un hospital.
El camino para llegar a donde Minga era muy fácil, porque casi no había casas entre Tamboril y la de ella

Cuando Minga Colón era una jovencita y en España la gripe arrasaba con medio mundo, ella ni se enteró como tampoco sus padres supieron nada de la peste de Italia y menos de la Inquisición en tiempos de Torquemada.

Ella nació a finales del siglo XlX (1880) cuando las grandes epidemias eran curadas a base de savias de bejucos, resinas de palos amargos como la retama, semillas molidas, miel y mucho rezo. Solo el que padecía de lepra era aislado, más por el asco que por el contagio.

Minga empezó a curar en la época en que a Liborio Mateo lo mataban en San Juan de la Maguana por curandero, brujo y guerrillero, aunque ella nunca lo conoció. Gobernaba el general norteamericano Harry Shepard Knapp y Chicho Bautista Vicini era el parapeto.

Mucho antes de que la medicina y la industria farmacéutica se convirtieran en un burdo comercio, existían los curanderos de los campos que tenían la responsabilidad de curar a los pobres con los conocimientos heredados de boca en boca de sus abuelos.

Dominga Colón de Muñoz mejor conocida como Doña Minga le calmó el dolor a cientos de personas que ni siquiera sabían lo que era un médico ni menos un hospital.

Recuerdo de mi infancia es su casa (que aún sigue de pie), la escuela de su hija Milita que tomó el relevo en la curandería; los conucos aledaños, el pozo de agua de palanca en un patio con una laguna de patos; la cocina con sus pailones para los visitantes que venían de todas partes a lomo de caballo o mulo; el lodo del entorno con cualquier jarina y la farmacia del lado este de la casa y al borde del camino.

Don Juan Muñoz era un señor callado, cultivador de tabaco. Procreó con Minga a Milita, Cristóbal, Antonio (el más viejo) y a Rafael que recibió el apodo de Mamaminga cuando era chofer desde Tamboril a Santiago.

La hermana de Minga, Ana, no la salvó ningún remedio y no vivió más allá de la adolescencia.

La población era muy reducida (124 mil habitantes de los que solo 18 mil sabían leer) tanto en el pueblo de Santiago, el más cercano, como en el mismo campo que fue un reducto cimarrón al igual que Don Pedro. A pesar de eso, los campos de Gurabo, Guazumal, Don Pedro, Peña, Pedro García y Licey contaban con los servicios precarios de centros hospitalarios en Tamboril, Santiago y la dedicación desinteresada de Minga Colón, Miguel Betemit y Goyín Díaz, a quienes se sumaban las comadronas que hacían lo que podían para la demografía creciente.

Después que el camino de herradura que conectaba a Peña Tamboril con el pueblo de Santiago se convirtiera en una carreterita de débil asfalto, tanto las guaguas de Emiliano Hernández como las de Luis Sued fueron poco a poco sustituidas por carros que cubrían la ruta de ocho kilómetros y que, a mitad de camino, en Pontezuela, dejaba a los que se sanarían con Minga. Los choferes de esa época se dejaban manejar por las máquinas que se sabían de memoria el mínimo hoyo y que tenían que parar donde Minga. Chencho Pereyra, Delfín Espinal (Fin), Casó, Sacarías Capellán, Fabio Martínez, Aquiles el Piloto (Papá de Luis el de Dinora), los hermanos Santana (Mundo, Virgilio y Niño), Félix Reynoso, el Mañengo (reputado por sangrú), Susano Germosén, pariente de Anyolino, Príamo Comprés y Joaquín Barrera eran los dueños del camino. Este último no duró mucho porque fue ultimado por un tal Crespo, quien corrió la misma suerte de mano de Marino, Hermano de Joaquín.

El que llegaba donde Minga tenía que esperar el día entero, porque las dos hileras de sillas de guano colocadas en ambos setos de la sala, cual velorio, siempre estaban llenas o esperando su turno. Los víveres de los conucos, huevos, algún tajo y un par de gallinas servían para el sancocho de la visita que se servía en una mesa larga en la rancheta que unía la casa con la cocina.
Todos comían de manera gratuita. La filantropía de Minga no permitía que a esa pobre gente se le cobrara un centavo. Ni siquiera para las consultas que se dejaba a la libre colaboración del visitante. Lo único que “dejaba beneficio” era la satisfacción de servir y hacer el bien y las botellas preparadas en “la farmacia”, que era un espacio similar a una pulpería de campo con su mostrador y tramería. Un almacén en la mitad trasera guardaba los ingredientes que servían para los remedios: miel de abeja, romero, manzanilla, orégano poleo para soliviantar el alma, toronjil, yerba buena, ajo, jenjibre, anacagüita, ajicito picante, cojoyo de paimito, limoncillo, tuatúa, apasote (para los parásitos al igual que la cañafístola), hoja de café maduro para el mal de ojo, hoja de sen, vija para cocinar sano, hojas de tamarindo para el sueño y la envidia, eucalipto para la gripe, hoja de guanábana para los nervios, aniceto o comino para arreglar el estómago y claro, para las heridas se untaba limón con sal.
También se usaba el gas de lámpara o kerosene para evitar el tétano aplicado a heridas por clavo, vidrio y alambre de púa; el cebo de ovejo, trementina, berrón (BayRum) para el sosiego y la mala suerte, clavo dulce para las muelas o sobárselas con una pasta de jabón de cuaba que servía por igual para el grajo que cuando insistía se aplicaba soda o litargirio.

De esa medicina se sirvió el dr. José Jiménez Almonte, quien convirtió la cocina de su casa-consultorio de la calle Restauración en un laboratorio tipo el de Minga en un momento en que se vivía una transición entre lo popular y lo científico. Aunque ya mudado en la Benito Monción con Gómez, siguió estudiando las plantas junto con el Dr. Marcano, las pastillas, jarabes de cajetas e inyecciones cobraron más presencia en su práctica médica, aunque regalaban mucha medicina como hace Pepe Grullón en Tamboril con gente que no tiene ni con qué caerse muerto.

Los pobres que no podía curar Minga iban directo al “barrio de los acotaos” esperando ser resucitados por Secundino Abreu. En efecto, cuando la Luna estaba llena, Secundino no dormía y se dedicaba a “robarse” momentáneamente y de madrugada todos los burros del pedazo; los amarraba en cadena como hacía Mon Cáceres con sus recuas, e iba al cementerio a desenterrar los muertos, colocaba los huesos sobre los animales y creaba su propio ejército de resucitados, él a la cabeza con una bacinilla en la cabeza, como su comandante indiscutible.

El camino para llegar a donde Minga era muy fácil, porque casi no había casas entre Tamboril y la de ella. En El Jobo, que era la entrada de los Jiménez, quedaba la pulpería de Federico Estévez, que no vendía ni 5 pesos al día; luego la casa de Francisco Portorreal y Toñita frente a la mansión de Benjamín Hernández un poco antes del puente de Pontezuela que medía cuatro vigas a lo largo, sin baranda y solo cabía una máquina a la vez. Más allá del puente estaba la fábrica de torta y panecicos de maíz de Tunín Lizardo y Nuna, los abuelos de la vicepresidente Margarita Cedeño. Al revés, viniendo del pueblo, después de la “Junta de los dos Caminos” no había más que unas pocas casuchas aisladas que se mimetizaban en el paisaje de plátanos, tabaco o yuca por Villa Progreso y la Hoya del Caimito.

Los mismos menjurjes de Minga no servían de nada cuando el potasio y el sodio del corazón se desequilibraban y tanto sístoles como diástoles fallaban irremediablemente por más velas que hubiese en los altares.

Milita, su hija que educó en su escuelita montón de generaciones tanto de Pontezuela como de Don Pedro, tomó el relevo porque ella conocía las fórmulas de su madre. A pesar de su escuela y el paquete de hijos que procreó con Moreno Mirabal (Julián, Inocencio, Javier, Emilio, Oliva, Juan, Odé, Ángela y Sergio) siguió curando pobres con la misma filosofía de su madre.

Es importante decir que el oficio No. 00110 del 17 de abril del 2013 dirigido al Síndico Abel Martínez, después de ser aprobado en el Senado, designa con el nombre de Emilia Colón una escuela en Pontezuela (frente al ventorrillo de Fausto). Pero, ¡Oh Dios del Trueno!, la profesora Marcelina Emilia Muñoz Colón no es Doña Minga como ponen entre paréntesis el nombre de dicha escuela.
Doña Minga es su madre como hemos descrito más arriba. El apodo de esta educadora era MILITA, de Emilia. Minga es de Dominga, su madre, que no era profesora.

Ese departamento o comisión de Educación no sabe un carajo de la historia reciente de nuestros lugares. No lejos de ahí, por ejemplo, Blasina Betemit, educadora de generaciones, que daba clases sin que le pagaran un chele y Altagracia Jiménez (Tatá) de Guazumal Abajo, no han sido tomadas en cuenta para nombrar las escuelas, hoy renovadas, donde ellas laboraron toda su vida. Basta con preguntarle a la gente.

Si Minga Colón estuviera viva, además de montar bicicleta, acogiera la cuarentena de hoy y le agregara una fácil receta: una botella con miel, cebolla roja machacá, un vasito de ron, tres limones, media botella de cerveza alemana, dos huevos con to’ y cascarón, media nemocá guayá, y un rosario para el arrepentimiento, la culpabilidad, de to’ la bellaquería y malandanzas.

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