Neoliberalismo, pandemia y la necesidad de cambiar el mundo

El neoliberalismo actual se puede definir como liberalismo tecnocrático, es decir, una corriente económico-política asociada al capitalismo que profesa el resurgimiento de los preceptos promulgados por el llamado liberalismo clásico, surgido en la Europa de los siglos XVII y XVIII. Por tanto, se trata de un conjunto de ideas políticas y económicas capitalistas que defiende la no injerencia del Estado en la economía y fomenta la producción privada con capital único sin subsidio del gobierno.
Según entendemos de esto, el neoliberalismo debe procurar libertad de comercio, ya que éste garantiza el crecimiento económico y desarrollo social de un país. Reapareció hacia 1970 a través de la escuela económica de Chicago y su principal representante fue el economista Milton Friedman. Sus recetas se aplicaron como una solución a la crisis que afectó a la economía mundial en 1973, causada por la inflación de los precios del petróleo.

Como filosofía económica fue creado en 1930 y surgió como alternativa que buscaba una vía alterna al liberalismo clásico, doctrina a quien se atribuyó la gran crisis de 1929, los fracasos económicos de esa década y la planeación económica que suprimió total o parcialmente las fuerzas del mercado y su libertad. Desapareció en los años sesenta cuando los gobiernos occidentales, como escribió el historiador británico Eric Hobsbawm, estuvieron obsesionados por el comunismo y el espectro de la revolución social representado por el ejército rojo, se diseñaron entonces políticas sociales y económicas elaboradas específicamente para enfrentar la amenaza soviética.

Fue claro que estas políticas las inició Keynes, que construyó una política mixta que ponía al Estado como ente regulador del mercado y otorgó costosas concesiones a los trabajadores que sirvieron, por un lado, para evitar que estos pusieran en riesgo la democracia y por otro, para que ese capitalismo benefactor alcanzado después de la expansión y la prosperidad procurara una defensa más sólida frente al comunismo. Este alcanzó su pico en los años sesenta e incluso en los setenta, antes de que una nueva crisis mundial del petróleo, que inicio del fin de la guerra fría con la decadencia del modelo estatal de la Urss, magníficamente representado en esa especie de obra de arte televisiva dirigida por Craig Mazin llamada Chernobyl.

El término neoliberalismo apareció con fuerza sorprendente en los 80, en el contexto de las reformas económicas impuestas por la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, y planeadas por el think-tank norteamericano llamado los “Chicago Boys”. Desde entonces se le atribuyen las posturas de defensa capitalista más radicales, ejemplo de ello fue lo implementado por Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido. Sin duda alguna, socavaron el capitalismo benefactor y tras más de tres décadas de aplicación ortodoxa de sus preceptos los derechos laborales conseguidos tras más de un siglo de lucha se esfumaron. Eufemismos técnicos como la flexibilización laboral que ha dado como consecuencia la desprotección de la clase trabajadora, la apertura de fronteras al capital internacional y la desprotección de los sectores productivos nacionales, la reducción del circulante de dinero con políticas de contención de la inflación y gravar las rentas del trabajo y el consumo y eximir al capital financiero y a las corporaciones trasnacionales del pago de impuestos, reducir al mínimo la inversión pública y fomentar la movilidad del capital y por último, fomentar la iniciativa privada y la privatización de los servicios estatales como la educación y la salud han sido sus logros más contundentes.

Las críticas existentes de este modelo son incuestionables y dolorosas sobre todo en América Latina y el Caribe. Nació en regímenes dictatoriales de mediados del siglo XX, por tanto, tiene un origen sangriento, cruel y con un elevado costo de vidas humanas. Ello dio a esta doctrina un carácter de perversidad pues no fue concebida con la idea del bien común. La privatización de las empresas estatales y los ajustes tarifarios dirigidos al lucro y no al servicio público, abocó a la pobreza, la precariedad y la exclusión a más del 50 % de los trabajadores de nuestras sociedades, según los datos contundentes de la Organización Internacional del Trabajo. El imperialismo corporativo que evita el pago de impuestos y por tanto la redistribución del capital se lleva las ganancias fuera de los países donde operan y esa es la cara real de su esencia.

Otro aspecto preocupante de estas cuatro décadas de feroz neoliberalismo ha sido la sustitución de la clase política por una clase empresarial con intereses particulares, por encima de los del Estado nación, que despojó al Estado de su carácter regulador en sectores económicos claves que ofrecen servicios esenciales, como vivienda, salud, educación, jubilación, vías de comunicación… etc, con la intención de aminorar el Estado y engrandecer a la economía privada.

Como dice el periodista Juan Antonio Molina, es la hora de la reducción al absurdo del capitalismo en su versión neoliberal y la posmodernidad como su soporte metafísico. La crisis del coronavirus pone en tela de juicio la vida, pues afecta gravemente la salud pública, la vida de las empresas, el destino de los empresarios, los trabajadores y los trabajadores precarios y pobres. El Covid 19 es un aviso de lo que se avecina, esta sociedad de consumo desmedida que contamina el aire, las aguas, extermina sistemáticamente la flora, la fauna planetaria es insostenible. Es urgente e inaplazable el cambio de parámetros. El modelo no sirve, no es posible que unos cuantos, cada vez menos, acaparen sin cesar las riquezas de todos, como si ello no tuviera consecuencias.

¿El mercado va a proporcionar las camas de los hospitales o los respiradores para salvar las vidas humanas afectadas por la epidemia? La sanidad privatizada y las políticas de austeridad aplicadas por décadas han dejado al personal sanitario sin medios y denigrantemente mal pagado por improductivo, con servicios sanitarios no adecuados para enfrentar las necesidades de una población amenazada, aunque perfectamente gestionados para generar lucro.

Muchos nos sentimos apesadumbrados y tristes y miramos con preocupación cómo las clases dirigentes, en especial Trump o egoístas líderes de la UE, intentan una y otra vez reflotar un sistema financiero nocivo que representa lo peor de la avaricia humana, que nos destruye y que debemos cambiar si la especie quiere tener la esperanza de seguir viviendo en el planeta. Es el momento de crear una nueva sociedad con valores más humanos y nuevas esperanzas. Seguir escuchando la palabra divina de la FED o de FMI ya no tiene ningún sentido. Amamos la vida.

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Doctor en Historia, Investigador Centro de Estudios Caribeños. PUCMM