Pandemia y Miguel Hernández

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1 PANDEMIA

En tiempos de pandemia es difícil escribir de otros temas. La acción rápida o lenta de los estados. El toque de queda. Las muestras de solidaridad de muchos y el irrespeto de otros. El orden mundial tambaleándose. La parálisis económica presente y la crisis futura. La invasión estatal a la privacidad mediante software. Las instituciones detenidas. El teletrabajo. Los fondos de las AFP. Los fallecidos, con familia e historia y que los presentan solo como “estadísticas”. Las fosas comunes. El ascenso de la pandemia en América Latina y el centro del infierno que es Nueva York. El temor y la incertidumbre. Los arrestos y grabaciones que vulneran la dignidad de las personas y no encajan en el principio de legalidad, entre otros, son los temas obligados de la agenda global.

2. MIGUEL HERNANDEZ

Por eso aunque la poesía pueda verse mal, fuera de foco, como dice un poeta y destacado internauta dominicano, quizás: Solo nos salva la poesía. Por eso vuelvo a Miguel Hernández (1910-1942), poeta de vida breve y dolorosa, pero de poesía fértil, honda, productiva y espaciosa. Y de fondo sus poemas cantados por Serrat.

Miguel Hernández nació en Orihuela en 1910, campesino autodidacta influenciado por los clásicos, estuvo en el Quinto Regimiento republicano durante la guerra civil, poseía un genio poético de egregia estirpe que imprimiría un giro vital a la posterior poesía española y universal de contenido social, político y amoroso.

Acostumbrado a fuertes tareas en el campo junto a sus cabras, de transparente carácter y amplia sonrisa, sorprendía a todo el que lograba escarbar debajo de la piel curtida por la faena, deparándole una grata experiencia humana y una sólida lección de cultura.

Su poesía es la más plástica expresión de la península de principios del siglo pasado: azotada por la guerra, “y no hay espacio para tanta muerte,/ y no hay madera para tanta caja”, pero plena de esperanza y de futuro donde la juventud, de la cual formaba parte, será el madero de salvación de la patria, como nos canta en su épico “Llamo a la Juventud”:

“La juventud siempre empuja, // la juventud siempre vence, // y la salvación de España// de su juventud depende”. Finalizando dicho poema con este lamento aterrador:

“La muerte junto al fusil, // antes que se nos destierre, // antes que se nos escupa, // antes que se nos afrente // y antes que entre las cenizas // que de nuestro pueblo queden, // arrastrados sin remedio // gritemos amargamente: // ¡Ay España de mi vida, // ay España de mi muerte!”

En la dedicatoria a uno de sus libros capitales, “Vientos del Pueblo”, escribe a Vicente Alexander lo siguiente: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”. Habla del compromiso del poeta, al que supo ser fiel hasta su muerte producida por la tuberculosis en una cárcel de Alicante, en 1942.

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