El crimen de discriminar

“Estaría vivo si hubiera sido blanco”. Esta frase me impactó. La expresó el alcalde de Mineápolis (Minesota, EE.UU.) refiriéndose al policía blanco que, bajo su custodia, presionó su rodilla contra el cuello del afroamericano George Floyd, provocándole la muerte. Fueron 8 minutos de tortura, incluso cuando el detenido suplicaba: “no puedo respirar”.
Observar las imágenes del hecho indigna hasta a una estatua. Las protestas han sido multitudinarias, firmes, rabiosas. El toque de queda del COVID-19 en decenas de ciudades del Gran Coloso del Norte cedió su protagonismo a los reclamos de justicia y, sobre todo, de que cese el racismo, porque todos como iguales.

Es humillante que nos traten como seres de segunda categoría. Por ejemplo, no niego que me incomoda cuando en algún aeropuerto, en migración, debo hacer una fila distinta a la de los ciudadanos del “mundo civilizado”. Con relación al tema, les presentaré un episodio que me marcó.

Hace años, en el estado de Oregón en los Estados Unidos de América, abordé un autobús en compañía de un amigo mexicano. Como es natural, conversábamos en español. A nuestro lado estaba una jovencita rubia y con ojos azules que al vernos y escucharnos intentó mudarse a otro asiento, pero no había disponibles. Como se vio obligada a mantenerse en su lugar, de inmediato se tapó la nariz y así se mantuvo durante todo el trayecto.

Mi amigo guardó silencio. Yo no entendía lo que sucedía con la chica. El azteca y el quisqueyano andaban bien vestidos y limpios, además de que tenían buenos modales. Y yo pensé: “Tal vez ella estaría enferma de gripe o quizá sentía olores imperceptibles para el olfato latino”.

Cuando llegamos a nuestro destino mi compañero estaba incómodo. Yo seguía en “Belén con los Pastores”, dispuesto a olvidar lo que creía un insignificante incidente en mi vida. El mexicano me expresó: “Pedro, parece que no percibiste lo que hizo la joven sentada a nuestro lado”. Le contesté que no, aunque su conducta no era normal, pero que eso era irrelevante. Me respondió: “No, Pedro, escucha, esa joven se tapaba la nariz porque tú y yo le hedíamos porque éramos extranjeros, esto ya lo he sufrido”.

La sangre hirvió por mis venas. Me invadió el deseo de seguir a la criatura y decirle “tres cositas”. Esa noche no dormí pensando en nuestros hermanos discriminados.

Muchos somos George Floyd, también conocemos muchos George Floyd y tal vez muchos, en menor escala, hemos sido el policía que mató a George Floyd. Condenemos a quienes clasifican y etiquetan a los hombres y mujeres basándose en diferencias accidentales. Y es que hay una sola raza: la humana.

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