Desempolvando la memoria: el Saint Domingue de finales del siglo XVIII (I)

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En una discusión en torno a los años previos a las revoluciones liberales atlánticas, en el marco de nuestro doctorado de Historia del Caribe, pude comprobar el desconocimiento existente de la historia colonial debido, sobre todo, a la vigencia de un relato desvirtuado impuesto por la necesidad del proyecto político de la construcción de la nación, donde la identidad imaginada se creó sobre la negación de lo haitiano. Este proceso político borró, intencional e ideológicamente, la historia de una parte de la isla como si fuera ajena. Trataré en este y el próximo artículo hacer un bosquejo histórico del tiempo previo a la revolución que destruyó la ominosa plantación, abolió la esclavitud y creó el segundo estado nación americano.

Saint Domingue, hacia 1780, era el primer proveedor de productos tropicales de Europa y durante la segunda mitad del siglo XVIII la colonia caribeña que más beneficios capitalistas produjo, aunque con un coste social y ambiental que incitó una revolución social que permitió al nacimiento del segundo estado nación del continente. Por otro lado, la vida de la parte española, que movió su economía en función de las plantaciones francesas, proporcionó a sus habitantes una forma de sobrevivir mucho más cómoda, tranquila y humana.

Según un interesante trabajo del historiador David Geggus, el comercio fue la sangre que impulsó el mundo urbano de la parte francesa de la isla. El mayor volumen lo produjo el comercio con Francia, pero debemos sumar la llegada de productos alimenticios importados de los Estados Unidos, a través de sus tres puertos libres, Le Cap, Port au Prince y les Cayes, donde un próspero comercio de melaza, bienes manufacturados europeos, y letras de cambio fueron intercambiados por ganado y especias. Pequeñas embarcaciones llegaron de los puertos de la parte española transportando cabezas de ganado hacia Le Cap y Puerto Príncipe. La mayoría de este comercio tuvo carácter de ilegalidad y de la misma forma los esclavizados llegaron desde Jamaica y Curazao.

Los tres puertos tuvieron estatus de puertos libres, por lo que se convirtieron en distribuidores esenciales de los productos de EEUU. Le Cap aprovechó el despegue de los mercados de la Habana y Luisiana, manteniendo un papel dominante en el comercio con los puertos españoles. Mas allá del comercio caribeño, entre los tres puertos manejaron el 70 % de las exportaciones a Francia. En definitiva, jugaron un papel redistributivo del comercio en general.

Los puertos secundarios manejaron el otro 30 % del comercio con Francia y un buen porcentaje del contrabando de esta parte de la isla. Por ejemplo, el puerto de Jeremic mantuvo una conexión regular con Jamaica y el de Jacmel con Curazao, hacia donde exportaban su producción local en barcazas y goletas, aunque la mayor parte de sus exportaciones eran enviadas a Cap Frances. Esta actividad exportadora, permitió el surgimiento de poblaciones al interior que organizaron una economía de servicio y de venta al por menor que complementaba la actividad portuaria. Un caso interesante fue el pequeño pueblo de Petite Riviere, en la llanura de Artibonite que destacó por la producción de café.

El comercio español proveyó las necesidades de carne y ganados de los mercados urbanos, aunque miles de mulas que vinieron importadas de la tierra Firme -Venezuela y Colombia- debían ser pagadas con plata lo que incidió en la cantidad de circulante de la colonia, siendo el crédito esencial en este comercio. El abastecimiento de los barcos, las ciudades y alimentar a los esclavizados requirió de una gran cantidad de carne.

Las frutas, las verduras y las aves de corral producidas en los pueblos eran vendidas en los mercados rurales dominicales en los alrededores de las plantaciones. La accesibilidad para el abasto semanal de los esclavizados era considerada esencial en las pequeñas poblaciones y sobre todo en los tiempos de cosechas. Así, los esclavizados podían disponer siempre de la comida que no podían comprar.

En los centros urbanos los viajeros europeos quedaron impresionados por el brutal contraste entre la miserable vida de los esclavizados y el de la existencia de mercados ostentosos que exhibían finas joyas y caras prendas europeas. Los excedentes producidos por los eslavizados en las plantaciones y fértiles tierras de la isla, donde trabajaban pequeños terrenos cedidos para su supervivencia, eran enviados hacia los puertos del Norte, pero antes los productos circulaban por los mercados rurales como Limonade Church o Sainte Suzane, donde eran intercambiados por caña de azúcar. De vuelta retornaba fibra de sisal y calabazas decoradas, productos que vendían los esclavizados para obtener monedas de baja calidad con la que podían proveerse de carne, pescado, baratijas y galas modestas. Estas transacciones, al por menor, involucraron a libres de color y pequeños comerciantes, generalmente mujeres, quienes compraban las mercaderías mayoristas e importadores.

El comercio rural desarrollado continuamente en todos los pueblos era practicado por blancos, esclavizados y libres de color en tiendas, bodegas y mercados ambulantes. En ellos se vendían alimentos, artesanías, flores, ganado doméstico pequeño y productos agrícolas producidos en las colinas cercanas a los puertos propiedad de pequeños propietarios blancos o negros libres.

En realidad, la característica principal del poblamiento francés fue el reducido tamaño de sus núcleos urbanos en comparación con el enorme volumen de comercio desarrollado en su territorio. Puerto Principe, no superaba las 700 viviendas en esta época y Cap francés, el gran puerto de la isla a finales del siglo XVIII, con la reputación de ser el París de las Antillas por su extraordinaria vida cultural antes de la revolución, no llegó a superar los 15000 habitantes, lejos de los 25.000 de la próspera ciudad de Santo Domingo en la parte española.

Algunos aspectos que limitaron este crecimiento urbano fueron la tendencia al autoabastecimiento de la plantación y el que la mayoría de la población esclavizada viviera allá. Otro factor que explica este fenómeno, fue que las plantaciones poseían sus propios muelles por lo que los plantadores, podían enviar su producción hacía los puertos en pequeñas embarcaciones. La última causa fue que la sociedad de plantación y su forma de producción y comercio obstaculizó la emergencia de comunidades mercantiles urbanas.
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Connected Worlds: The Caribbean, Origin of Modern World”. This project has received funding from the European Union´s Horizon 2020 research and innovation programme under the Marie Sklodowska Curie grant agreement Nº 823846. Dirigido por Consuelo Naranjo Orovio desde el Instituto de Historia-CSIC.

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Doctor en Historia, Investigador Centro de Estudios Caribeños. PUCMM