Sin perder la fe

Por más que tratemos de evitarlo es imposible no caer siempre en lo mismo. Por ejemplo, cuando visitamos el médico por rutina o para dar seguimiento a algún diagnóstico que requiere más profundización, pensamos lo peor y hasta perdemos toda esperanza de un resultado favorable.
Muchos de nosotros, cuando tenemos que esperar que salgan los resultados de algún análisis, comenzamos a pensar lo peor. Mil pensamientos desfilan en cuestión de segundos y la angustia hace presa de nosotros. Es una tendencia casi generalizada, esa de morir en la víspera.

Aunque por momentos recobremos la fe y nos llenemos de esperanza, la duda de que algo saldrá mal, nos aterra.
De pronto miramos a nuestro alrededor y sentimos miedo de un día no volver a verlo jamás. Lloramos y la tristeza se apodera de nosotros.

Quizás no sea bueno ser tan optimistas que perdamos la cautela ante el peligro, pero tampoco es bueno ser tan pesimistas que nos impida ver que cada cosa que nos sucede, nos deja siempre una enseñanza para hacerlo mejor mañana.

En mi caso, aunque he pasado por esas angustias, puedo decir que lo positivo de esta situación es que, quizás, una de las pocas ocasiones en que valoramos todo aquello que tenemos, es cuando sabemos lo que vale cada persona. Pensar que podemos perder nuestra salud nos lleva a cuidarnos más, nos hace más conscientes de lo que debemos y no debemos hacer.

Si algo nos hace falta a los seres humanos es un poco más de fe. Ser más positivos nos hace más fuertes, nos ayuda a enfrentar con valor las adversidades que se nos presentan, además, constituyen el primer paso para vencer.

Espero nunca olvidar que el temor es el mejor aliado del fracaso y que la duda es el principal impedimento para ser realmente felices.

Hoy más que nunca mantengamos viva la esperanza de un mejor mañana.

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