D’Hondt no da resultados ideales, pero sí problemas reales

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Dicen que si el amor aprieta, no es tu talla. Igual ocurre con los sistemas electorales

En lugar de reconocer que el método D’Hondt es inapropiado para nuestra realidad político-administrativa, luego de las elecciones hemos visto una serie de defensas que nos sugieren cambiar de pie, no de zapato. Es el caso de quienes proponen cambiar la configuración de las circunscripciones para que tengamos menos demarcaciones, pero cada una con mayor número de escaños; de modo que les caiga algo a los partidos de abajo.

El primer problema es que los legisladores de ese momento ordenaron aplicar D´Hondt “a los fines de garantizar la representación de las minorías” 1. Los defensores correctamente notan que eso no va a pasar en circunscripciones con pocos escaños, pero su remedio nos empuja a diseñar instituciones sólo para mitigar las consecuencias de un sistema que nos aprieta. Por ese camino, probablemente terminemos con una amalgama de medidas incongruentes y descontextualizadas, no con un sistema político robusto, creado a la imagen de la nación que somos.

Lo segundo es que su aplicación introduce distorsiones trascendentales en la arena política; que encima producen un efecto exactamente opuesto al objetivo declarado. Al reemplazar la competencia entre candidatos por una contienda entre partidos, el método D´Hondt inviabiliza las candidaturas independientes y deja muy mal parados a los partidos minoritarios que ya no sólo necesitan un candidato estrella, sino además un grupo capaz de competir electoralmente con las maquinarias políticas más grandes y adineradas. O bien los compele a aliarse a ellas, lo cual derrota el propósito de ser un partido o candidatura independiente.

Antes, las alianzas políticas podían dar un empuje a sus candidatos, pero no los eximían de competir con todos los aspirantes. En cambio, la nueva forma de convertir los sufragios en representación disloca la relación candidato-electores porque el éxito del aspirante ya no sólo depende de su esfuerzo y reputación con los votantes. Ahora es remolcado por los votos que obtienen otros candidatos en su partido-alianza.

Más que idílico, esto es riesgoso. Un candidato extremista con limitada aceptación popular o cualquiera que sea repudiado por sus electores pudiera llegar o permanecer en el Congreso porque se aventaja primero de los votos de otros candidatos en su partido-alianza para clasificar, y luego de la burbuja de competencia que crea el método D´Hondt; puesto que después que el partido tiene los escaños, los candidatos quedan aislados del resto y sólo importan los votos de los candidatos en ese partido-alianza para determinar quién ocupará las curules que obtienen como agrupación.

En la gráfica 12, vemos que el primer requisito para ganar un escaño es la altura de la barra, determinada por la mancomunidad de votos de los candidatos y el partido 3. Al tener un 24% de los votos, al PLD, por ejemplo, se le asignan 2 escaños. El candidato 2 de ese partido-alianza no ganó una curul por el excepcional atractivo de sus propuestas o por destreza política. Según los votos preferenciales que recibió, es un competidor inferior en comparación con otros. D’Hondt, de todas formas, le concede el asiento. Esto, pese a tener 4,540 votos menos que el candidato 2 del PRM, quien hubiera ocupado el escaño según los votos directos.

Un ejemplo jocoso es la Fuerza del Pueblo que, gracias al método, no al pueblo, logra 4 diputaciones. Indudablemente es admirable el +11% de votos que obtienen como agrupación en esas demarcaciones, y esto es lo que recompensa la fórmula proporcional, pero sus 4 candidatos electos irán al Congreso teniendo hasta 4,469 votos menos que los candidatos que desplazan.

Los defensores conocen las distorsiones que introduce D´Hondt en la competencia política y saben que esa forma de convertir votos en representación puede sobreponerse a la decisión colectiva de los electores. Aun así, dicen que debemos tomárnoslo como una medicina porque, a pesar de todo, nos hace bien.

Algunos de ellos proponen que debemos hacerlo en nombre de la gobernabilidad. Incluso, si implicase peor representación. Ante dicha disyuntiva (gobernabilidad VS representación), sin embargo, la elección para los dominicanos es clara. Porque, a diferencia de otros países, la falta de gobernabilidad en el Congreso no es uno de nuestros problemas.

El gráfico 24 muestra que, desde 1978, un partido siempre ha tenido el 50% o más de los escaños en el Senado, y en 6 de esas 11 elecciones un mismo partido domina el 2/3 requerido para pasar leyes orgánicas. Lo cual más que favorecer la gobernabilidad responsable, demasiadas veces ha ido en detrimento de la institucionalidad del país y de un óptimo funcionamiento de la democracia.

En la Cámara de Diputados, las mayorías siempre son menos aplastantes. Aun así, en la gráfica 3 vemos que, en 6 de las últimas 11 elecciones, un partido ha tenido más de la mitad de las diputaciones. En otras 3 de esas 11, al partido mayoritario solo le han faltado entre 2 y 4 escaños para alcanzar el 50%.

Asimismo, el partido del presidente ha tenido la mayoría en ambas Cámaras, en 7 de esas 11 elecciones. Y en 2 de ellas, tuvo mayoría en al menos una Cámara. La única excepción son los años 1994 y 1998 cuando Balaguer y Leonel Fernández presidían el Poder Ejecutivo, respectivamente, mientras ambas Cámaras las dominaba el PRD.

Ante esta evidencia, resulta difícil creer que somos una nación atormentada por gobiernos divididos o que el estancamiento legislativo sea producto de una lucha de titanes en el Congreso. Por tanto, implementar el método D´Hondt con el propósito de crear “mayorías fuertes” para tener “una gobernabilidad robusta”, no sólo es innecesario en la República Dominicana, sino contraproducente. Ahí está la historia.

Otros defensores argumentan que debemos abrazar el método no por gobernabilidad, sino para defender la representatividad y la democracia misma.

En ese sentido, D´Hondt pudiera ser una respuesta a la frustración de los partidos que reciben una proporción significativa de votos, pero muy pocos escaños en el Congreso. En 2010, por ejemplo, el PRD obtuvo el 42% de los votos senatoriales, pero ninguna senaduría. Mientras que el PLD, con 55% de los votos, logró el 97% de los escaños.

Es entendible que los políticos intentaran “remediar” situaciones como esas adoptando un método de representación proporcional, como han hecho otros países. El problema es que la gran desconexión entre votos y escaños en República Dominicana suele ocurrir a nivel senatorial; no al nivel de diputación, donde se implementó D’Hondt.

En el mismo 2010, cuando no se aplicaba D´Hondt, el PLD logró el 57% de las diputaciones con el 54% de los votos y el PRD obtuvo el 41% de los escaños con 43% de los votos. Bastante parejo.

Además, tal como ilustran los gráficos, la Cámara Baja es la más plural y balanceada de las dos. Así que incluso si esa reforma electoral estuvo motivada por un descontento con los resultados del sistema de mayoría simple, parece que se operó la pierna buena.

Claro, aplicar D´Hondt a nivel de senaduría fuera trivial porque son demarcaciones de un solo escaño 5. Pero ¿no debió esto indicarles a los legisladores que D´Hondt no resolvería las deficiencias del sistema? ¿Por qué entonces no adoptaron una fórmula más apropiada y relevante para nuestro contexto?
Ahora tengamos cuidado con atribuir al viejo D´Hondt lo que no es de su autoría. La pluralidad del Congreso 2020, visualizada en las gráficas, más bien nos refleja una combinación de factores socio-políticos (como la decadencia y división del PLD, el descontento social, y el surgimiento de algunas candidaturas refrescantes), no frutos del método.

Para verlo, consideremos primero que de los 12 diputados que componen el 6% de partidos minoritarios en la Cámara de Diputados, solo uno obtuvo el escaño gracias a D´Hondt. Es el caso de la diputación del Partido Liberal Reformista (PLR) en La Altagracia, que hubiera sido del candidato de Alianza por la Democracia (APD), ya que 2,210 personas más lo eligieron en las urnas el 5 de julio. Los otros 11 candidatos hubieran ganado el escaño aun en ausencia del método de D´Hondt al ser los más votados en sus circunscripciones o por obtener una diputación nacional.

Segundo, que detrás de un partido pequeño exitoso, hay uno grande. Ocurre así con las diputaciones de APD, PRSD, PHD, Frente Amplio (FA) y el PPC, que tienen al PRM o PLD como aliados, y componen alrededor del 90% de los votos obtenidos por esos partidos. También en la Cámara Alta, el PRM respalda las 8 senadurías que no obtienen el PLD (6) u oficialmente el PRM (18), aportando entre el 68% y 81% de los votos de esas 8 candidaturas ganadoras.

Entre los defensores de D’Hondt está el Tribunal Constitucional, que en su TC-375-19 rechaza la eliminación del método. Concluye que dicha regulación tiene una finalidad legítima porque “mediante su aplicación, el legislador dominicano procura (conforme a criterios conocidos…) distribuir, de manera equitativa y proporcional, los escaños en juego en una circunscripción electoral entre los distintos partidos políticos participantes en una elección”.

Una distribución equitativa de los escaños puede ser una noble aspiración política. Pero los 8 jueces que votaron a favor debieron notar que prescribirlo por ley, aun de forma que tuviera algo que ver con votos, tergiversa la voluntad del pueblo. Como hemos visto, el veredicto electoral de D´Hondt a menudo difiere con el respaldo que dan los ciudadanos con sus votos a las distintas opciones que presentan los partidos en la boleta. No olvidemos que los partidos son un medio para organizar la actividad política, pero quienes legislan, fiscalizan y representan a los ciudadanos, son los candidatos.

No podemos continuar aplicando un método que altera la capacidad que tienen los ciudadanos para seleccionar a sus representantes. Los escaños en nuestro país se ganan con el voto directo de los ciudadanos 6. Cualquier fórmula electoral que implementemos debe siempre ser coherente con la expresión de los votantes en las urnas. D´Hondt no es una.
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1.- Artículo 4, Ley 157-13.

2.-Elaboración propia, a partir de la relación general definitiva del computo electoral de la JCE. El gráfico muestra la suma de los votos preferenciales.

3.- Es permitido votar por el partido, y estos votos no benefician a ningún candidato particular. La sumatoria de votos preferenciales y del partido es la que se utiliza para D´Hondt. Esto no cambia el análisis porque las proporciones de votos preferenciales y las totales son prácticamente iguales (diferencias de ~0.25%).

4.- Gráficos 2 y 3 de elaboración propia. Datos 1978-2002 tomados de Elections in the Americas: a data handbook, capítulo 8 por Julio Brea Franco. Pase de Lista 2006, Cámara de Diputados. Libro Elecciones 2010 de la JCE. Resoluciones 73-2010, 77-2016 y 68-2020.

5.- Los votos de cada partido se dividirían entre 1 y el único escaño lo gana el partido con más votos; lo que es equivalente a usar mayoría simple directamente.

6.- Constitución Dominicana. Artículo 77 sobre la elección de los legisladores y Artículo 208 sobre el ejercicio del sufragio.

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