Arando en el desierto

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Una democracia funciona y garantiza los derechos fundamentales de los ciudadanos, cuando sus líderes actúan con responsabilidad y conforme a lo que las necesidades de la nación demandan de ellos. Y esa responsabilidad se hace más urgente y necesaria cuando les toca el turno de decidir entre el interés personal o de grupo y la tranquilidad y el sosiego de la República, porque de esta última depende, en cualquier circunstancia, el bienestar colectivo y la estabilidad de las instituciones garantes del estado de derecho.

La política siempre ha constituido un motivo de incertidumbre por la enorme dependencia de un elevado porcentaje de la población de los resultados de las elecciones y del quehacer partidario. Esa incertidumbre crece o disminuye en la medida en que el liderazgo político asume la responsabilidad de evitar que su propia elocuencia lo embriague, porque el papel de la oposición es tan importante como la del gobierno.

Las iglesias, el empresariado y la sociedad civil han formulado siempre vehementes llamados al respeto a la voluntad popular y al organismo encargado de garantizar la transparencia de los comicios, como ocurrió en el proceso recién pasado. Pero siempre, a lo largo de nuestro trajinar partidista, surgen voces que se salen del cauce, coqueteando con las bajas pasiones y la natural inclinación de la muchedumbre a la acción directa. La responsabilidad que el país demanda de su liderazgo en horas cruciales, del gobierno como de la oposición, es la de rechazar toda insinuación a la violencia para preservar la paz y fortalecer las instituciones, llamando a su gente a respetar las leyes y evitar las confrontaciones.

En estos tiempos de coronavirus y de virtual paralización económica, la nación requiere de toda su energía e inteligencia para salir adelante. Pero mi voz es muy queda y no alcanza las alturas. Por eso pienso que sigo arando en el desierto.

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