La responsabilidad del que opina en los medios

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Me desperté temprano. Encendí mi celular y quedé destruido: leí sobre la muerte de un reconocido munícipe de Santiago, muy respetado y admirado por mí. En medio del impacto y de la natural tristeza, busqué su foto en Google para hacerme eco en las redes de tan lamentable hecho. La coloqué con una nota empapada de lágrimas y de sentimientos de dolor.
Minutos después recibí una llamada del hijo de quien entendía había fallecido y me dijo: “Pedro, desde anoche unos desalmados están anunciando la muerte de mi padre, lo que no es cierto; mi padre está en perfecto estado de salud, sé que lo hiciste de buena fe, pero hay que tener cuidado al publicar este tipo de cosas sin antes verificarlas”.

Esa llamada me marcó. Escribir representa una responsabilidad muy grande, tenga el autor experiencia o no en ese arte. No podemos expresarnos sin antes conocer la verdad, aunque luego la interpretemos de la manera que consideremos mejor, con plena libertad, sin miedo, pero nunca tergiversarla. Y es que la verdad, en el que escribe y en el que no, tarde o temprano resplandece, íntegra, audaz, potente.

El que usa los medios de comunicación para ofender, manipular o inventar eventos, lo que provoca es denigrarse a sí mismo como persona, demostrando inmadurez, envidia y corazón marchito. Y tarde o temprano eso tiene un efecto bumerán: el golpe moral lo recibe el desenfrenado. ¡Cuántas veces hemos perdido una excelente oportunidad para avanzar en la vida por ser unos deslenguados! ¡Qué diferente fuera si hubiéramos cerrado nuestra boca o evitar nuestro teclado cuando se nos pidió opinar sobre alguien o cuando juramos que algo debe ser así sin antes confirmarlo, siendo al final todo mentira!

El que suele hablar mal de todos quizás lo hace porque no sabe de amor, desconoce lo que es la felicidad y es incapaz de tener un amigo sincero. Quizás, quizás. Por ello, quizás, se encuentra en sus aguas solo cuando difama. Quizás su atrofiada inteligencia emocional entiende que para ser superior hay que destruir la honra del otro. Como hijos de Dios, hay que perdonar a quienes nos ofenden, pero no aplaudir esa inconducta. Es más, alejémonos rápido de aquellos que cada vez que se expresan lo hacen para manchar la imagen de los demás. Esto último sin el “quizás”.

De la experiencia que viví con la errada información que publiqué, nunca olvido las excusas sinceras que tuve que dar y lo tanto que me ha ayudado a ser más cuidadoso al momento de escribir, eso sí, sin perder nunca la valentía, la dignidad y la responsabilidad al hacerlo.

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