Festival Musical de Santo Domingo, en noche histórica

    ¡Qué lujo! De seguro los presentes en esta gran fiesta de la música quedaron asombrados ante lo que sus sentidos, especialmente el auditivo, disfrutaron con la actuación de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de  Venezuela, bajo la dirección del mundialmente aclamado Gustavo Dudamel. Y no es para menos, la reputación que goza esta gran institución musical quedó demostrada la noche del pasado miércoles en la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, gracias al regreso, una vez más, del Festival Musical de Santo Domingo,  que en su novena edición trae consigo lo mejor de lo mejor, como de costumbre.

    La noche inaugural del evento sirvió, además, para celebrar los 40 años de la Refinería Dominicana de Petróleo, (REFIDOMSA PDV). Sin dudas, muchas razones para una festividad en grande, y qué mejor que la presencia de estos intérpretes: un conjunto de músicos ejemplares y admirados en todas partes del mundo, que continúan el entusiasmo que le impregnó su maestro y fundador del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, José Antonio Abreu, quien también nos honró con su presencia.

    Fue un mágico espectáculo, encendido por los acordes de esta maravillosa orquesta, bajo la batuta del maestro Gustavo Dudamel, un hijo del Sistema, y desde hace unos años, por sus dotes de músico y conductor extraordinario, director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, una de las mejores de los Estados Unidos y del mundo.

    La velada inició con las notas de nuestro Himno Nacional y el de Venezuela. Desde ese momento se pudo apreciar de inmediato lo que la noche prometía. A seguidas, se dio inicio formal al repertorio programado para la ocasión, una delicia. Fueron seleccionadas para el disfrute del público tres suites sinfónicas: “Santa Cruz de Pacairigua”, de Evencio Castellanos; la No. 2 del ballet “Daphnis et Chloé”, de Maurice Ravel; y “La Noche de los Mayas”, de Silvestre Revueltas.
    Hacen falta palabras para describir el entusiasmo, la emoción que estos jóvenes pueden transmitir.

    En pocas ocasiones la sala principal del teatro ha vibrado con tal fuerza. Las cuerdas, vientos, metales y percusión fueron capaces de evocar los más nobles sentimientos de la humanidad, adentrarse en cada rincón del aforo y perdurar en la memoria de todos.

    Algo que sin dudas llamó bastante la atención fue la gran cantidad de músicos que conforman la orquesta: 180 miembros, cuyas edades oscilan entre los 18 y 28 años; todos nombrados Embajadores de la Paz por la UNESCO. Una muestra de que ser joven no es sinónimo de inmadurez. Cuando se le impregna pasión a cualquier oficio nada puede detener la explosión de adrenalina que ésta desata en el ser interno y, en este caso, en los cientos de espectadores.

    Y de Gustavo Dudamel, ni hablar. Cuánta viveza, pasión, sencillez. Un claro ejemplo de esto se manifestaba al momento de finalizar cada pieza: al recibir los interminables aplausos del público, éste se mezclaba entre los jóvenes como una muestra de que es uno más, que el mérito es de todos, fruto del trabajo en equipo. El joven director, consagrado como una de las más grandes promesas de la nueva generación de la música clásica, dio testimonio de la pasión con la que hace música, logrando vigorizar a unos dominicanos sedientos de este tipo de espectáculos.

    ¡Brillante! Sin dudas, una noche para recordar. Así podría definirse en pocas palabras. Los timbres instrumentales, de riqueza exquisita y grandiosa a la vez, fueron capaces de envolver en una mágica atmósfera a los invitados. Los diálogos entre cada uno de los instrumentos transmitían una calidad de espíritu insuperable, convirtiendo a este concierto en una noche verdaderamente inolvidable.

    La sorpresa de la noche

    Cuando todo parecía terminar, la orquesta ocupó nueva vez su lugar y su director apareció en el escenario. ¿El motivo? Deleitar y poner a bailar, literalmente, a los presentes a ritmo de la “La bilirrubina”, “Compadre Pedro Juan”, el clásico venezolano “Alma llanera” y el contagioso “Mambo”. Todos con unos estupendos y muy cuidados arreglos. Mejor no se pudo finalizar.

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