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El Caribe

El púdico grito de las sotanas

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Por delicadeza y respeto al principio de soberanía de los estados, cada embajador de los Estados Unidos es recibido con beneplácito por la sociedad dominicana, hemos tenido de todo en esa posición: regias personalidades íconos de estrictas reglas de la diplomacia, pintorescas figuras destacadas por sus actuaciones díscolas hasta a  traficantes de influencias en las altas esferas del poder político y de otras cosas no santas.

Por eso resultan extrañas las reacciones adversas desatadas desde que Barak Obama nominó  para esa posición a  James (Wally) Brewster, reconocido militante gay, quien dirige el Comité Demócrata de Homosexuales, Lesbianas y Transgénero, un sector que, junto a la comunidad latina, fue determinante en la reelección del mandatario norteamericano.

“Es un irrespeto enviarnos un embajador gay, el pueblo dominicano no lo va a aceptar”,  sentenció con sordidez monseñor  Pablo Cedano, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santo Domingo. A nadie le ha dicho cuando los casi 10 millones de almas dominicanas le autorizaron externar en su nombre tan contundente  afirmación.

 No tardó en venir la descarga letal  del Cardenal, Nicolás de Jesús López Rodríguez  quien, lejos del  equilibrio, la tolerancia y serenidad que se espera de un pastor, predicador de la palabra de Dios se refirió a su ya conocido rechazo a la homosexualidad.

“Ahora saltamos de maricones y lesbianas a hablar de pollos”, dijo sonriente, con cierta sorna y dosis de sarcasmo el príncipe de la Iglesia Católica, con el marcado desparpajo más propio de un común pecador que de un guía espiritual, salvador de almas.

Olvidaron los pastores de sotanas  inmaculadas,  llamados a multiplicar la fe, como mensajeros del “Divino Creador”,  lo que predican hasta el hastío desde el púlpito. Que ese Dios, el de ellos, es un Dios de todos, es un Dios  de amor, que no discrimina por raza, color, preferencias de algún tipo, es un  Dios  de piedad, de perdón, de bondad y de humildad,  también un Dios de respeto.

Un respeto que mancillaron con su irreverente oposición a la llegada a la República Dominicana del nominado embajador norteamericano. El único pecado de James Brewster  es haber tenido el valor y el decoro de declarar su condición sexual, se lo permite una nación ejemplo de democracia y apertura.

James Brewster es un experto asesor, lidera una empresa, como socio principal. Eso es lo que importa, a eso vendrá  a la República Dominicana, a utilizar su experiencia en los negocios para expandir y solidificar la inversión norteamericana,  fortificar los vínculos de colaboración en diversos ámbitos, proteger los intereses de la nación más poderosa del mundo y defender a sus  ciudadanos residentes aquí.

Tranquilos pueden estar los moralistas e inquisidores moderados. Es casi seguro que Brewster  venga con su pareja. Eso, unido a sus múltiples ocupaciones diplomáticas, no le dejará tiempo, impensable que lo pretendiera, para unirse a secretas veladas de sotanas, donde se ofrece, no precisamente vinos y hostias, sino jornadas de intensa pasión carnal, bajo la sombra de la oración en el santo nombre de Dios... Amén. l


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