El Caribe

Opinión

República Dominicana y Haití: dos naciones, una historia

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Al teclear las primeras palabras de este artículo se asoman ciertas inquietudes a mi mente. Pienso en Marc, en el privilegio de haber compartido horas de aprendizaje con él y en las ocasiones -que atesoro- de diálogo abierto sobre temas variopintos que manejaba mi amigo a la perfección. O en Dominic, de quien siempre comentaba yo –con mucho cariño- que era más “tiguere” que cualquier dominicano y con quien compartimos momentos de seriedad, pero también de tragos sociales que aprovechábamos como marco para escuchar historias de sus andanzas tanto de aquel lado de la frontera como en nuestra ciudad, sin dejar de interesarnos por las siempre bien contextualizadas opiniones que poseía de la política nuestra y la de él.

De esa manera asoman rostros de personas, segmentos vivenciales, recuerdos anecdóticos relacionados a muchos amigos (sí, amigos) con quienes he compartido momentos importantes y en épocas distintas sin que nunca haya aflorado en esas armoniosas relaciones sombra alguna de racismo ni cualquier cosa que se parezca… Y recuerdo a la elegantísima Vichi; a mi amigo Pierre, a la siempre presente Mireille.. Y bueno, las cuestionantes… ¿hará la sentencia del tribunal constitucional que vea a esos amigos y compañeros de una manera diferente a como los he visto hasta hoy? o ¿me verán ellos con ojos distintos a mí?

Sencillamente, no creo que eso suceda. Habían transcurrido creo que alrededor de tres años que no veía a Mireille y, en una Cumbre de jefes de Estado, organizada por el gobierno de Leonel Fernández en Punta Cana en solidaridad con Haití luego del fatídico terremoto del 2010, la vi de nuevo. Ahora estaba casada y había traído al mundo a un hermoso niño de quien me mostró algunas fotos en su móvil. Era la misma de años atrás y continuaba teniendo aquella hermosa blanca sonrisa de siempre y el espigado cuerpo característico de su estilo agitado de vida.

Otras cuestionantes me llegan mientras escribo… Según estudios recientes un 13%  de los partos en nuestros hospitales públicos son de madres del mismo país de mis amigos, concepto por el cual el Estado dominicano eroga unos 3,000 millones al año y está demostrado también que, en algunos hospitales de la zona fronteriza el 50% de los nacimientos tienen también la misma naturaleza. En resumen, cerca de un 18% del presupuesto nacional de salud es el gasto global dominicano que consume la población inmigrante.

Quince mil nacionales haitianos se forman en nuestras universidades y que bueno que así sea. Y ahí está de nuevo… ¿hará la sentencia del tribunal constitucional que esta realidad cambie? ¿Se ha negado el Estado dominicano a dar este tipo de facilidades a nuestros vecinos?

Ambas cuestionantes se contestan con una sola respuesta: no lo creo. La realidad de pobreza, hacinamiento e ínfimo desarrollo de nuestros vecinos, unida a la porosidad de una frontera “virtual” hace muy difícil que esas cifras disminuyan, al contrario, podrían ir en aumento. La República Dominicana, aun en el contexto propio en que alrededor del 34% de la población aún vive por debajo de la línea de pobreza,  ha mostrado consuetudinariamente una actitud de solidaridad sin precedentes para con Haití, estando presente en los momentos más acuciantes de su historia moderna y esa actitud de seguro no cambiará.

Aun teniendo respuestas negativas para estas interrogantes hay un aspecto importante que resaltar y en el cual deberíamos ( a veces es bueno soñar) estar de acuerdo, no solo la República Dominicana y Haití, sino también la comunidad internacional en conjunto: el fortalecimiento de la institucionalidad en los Estados es un aspecto nodal para el desarrollo del propio Estado y para sus relaciones con los demás sujetos de derecho internacional. En pocas palabras, el hecho de que República Dominicana fortalezca sus instituciones y sus procesos en todos los órdenes es beneficioso para ella misma pero lo es tambien para Haití.

No es solo un asunto de respeto a la soberanía ni a la igualdad jurídica de los Estados establecidos como principios generales del derecho internacional. Definitivamente este tipo de sentencia va más lejos que la mera concepción lógica de lo establecido con carácter erga omnes en todos los tratados y convenios importantes que rigen las relaciones en la vorágine de la comunidad internacional. Es, a mi juicio, el esfuerzo de un país por avanzar en el plano institucional, que traerá consigo una mejor política exterior, una política migratoria más digna e  igualitaria y un paso hacia la actualización y contextualización de nuestras relaciones, no solo con nuestros más cercanos vecinos, sino con todos los demás estados del mundo.

Las exigencias enfocadas hacia mejores prácticas siempre traen consigo oportunidades de desarrollo y de avance. Por solo mencionar un ejemplo, si se nos pide que mejoremos nuestro proceso de producción de plásticos como condición para entrar a un mercado internacional, al cumplir con ese requisito nos convertimos en más competitivos. Fortalecer la institucionalidad dominicana, igualmente, puede ofrecerle a nuestros vecinos la oportunidad de organizar los procesos de movilidad y de registro de sus ciudadanos, no solo a lo interno, sino también en el plano exterior.

La historia dominicana y la haitiana está indisolublemente unida y por distintas razones continuará estándolo. Importante es entendernos, pues al final, la nacionalidad agrupa a los hombres, pero lo que realmente los une es la comprensión, la cooperación, el conocimiento mutuo y el ejercicio del respeto.


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