El Caribe

Editorial

El desmadre de los robos y asaltos

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No hay lugar de la República donde no se registre un robo o un asalto, todos los días. Este tipo de delitos puede ocurrir en las zonas más remotas. En la zona rural, en una finca, a veces en varias fincas durante una noche. En las ciudades se dan todo tipo de situaciones. Atracos callejeros o robos con escalamiento.

Los ladrones rurales y en zonas económicamente deprimidas se llevan cualquier cosa. Desde productos agrícolas, ganado, instrumentos de labranza, cables eléctricos, etcétera. En las ciudades los ladrones prefieren el dinero efectivo, prendas preciosas o ropas de alta calidad.
Robar o asaltar, que en cualquier parte del mundo es un ilícito de alto riesgo, aquí ocurre rutinariamente, y los ladrones o asaltantes actúan como si no se expusieran.

Se puede decir que vivimos en la inseguridad. Ya ningún oficial público lo discute. ¡Sálvese quien pueda! Si hay duda, sólo habría que preguntarles a los oficiales que jugaban dominó atracados espectacularmente en la provincia Santo Domingo. ¡Dichosos!: no hubo derramamiento de sangre. Y parece que todo quedó ahí. A nadie le interesa el caso. Ni a las víctimas ni a sus compartes responsables de la seguridad ciudadana.

Hemos llegado a un momento donde nadie está seguro, ni en su propia casa. No sólo por el robo con escalamiento, que solía ser al amparo de la noche. Ahora ocurre a cualquier hora.
En estos días, cuando circula más dinero por el salario número trece, los ladrones suponen que la gente dispone de más liquidez y aumentan sus fechorías.

Este desmadre parece incontrolable. Necesariamente habría que pensar en complicidades y omisiones de todo género y en las ineficaces políticas públicas en esta materia.

Si buscamos los causales, entonces tendríamos que concluir en que ahora es que esto comienza, porque son tantos y tan graves los déficits de atención que necesariamente tendrían que estimular esas conductas que dañan a la sociedad.


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