Guillermo González: La arquitectura necesaria

Guillermo González. Trabajo gráfico de Mercader
Guillermo llenó su cometido, creando la arquitectura necesaria en el tiempo que le tocó vivir: 1900-1970

Cuando Guillermo González nació, hacía un año que la modernidad en la República Dominicana se había detenido y nadie se pasó en rojo… que todavía no había semáforos. Las construcciones de puentes y edificios relevantes se detuvieron por 30 años justo cuando Guillermo retomó la modernización de Santo Domingo, que gracias a la alcahuetería de Fermín del Cabral se llamaría Ciudad Trujillo.

González tuvo el talento y la sabiduría para lidiar en su contexto con una personalidad de la talla de El Jefe, lleno de proyectos, rodeado de matones y lambones donde el capricho era razón por la fuerza.

No le fue difícil a GG construir una ciudad que acababa de ser arrasada por un huracán tipo “el batatero” de Hipólito. Nadie oyó un rezo más a San Zenón, responsable de pulverizar la pajiza aldea mayor y volver un garabato el puente Ulises Heureaux que atravesaba el Ozama en la ciudad primera del continente. San Zenón pasó con vientos de 240 km/h que mataron, según la Cruz Roja, alrededor de dos mil personas, arrasaron con Villa Duarte, Villa Francisca, Gazcue y Ciudad Nueva pobladas por casuchas, aunque en Gazcue se erigieron quintas alejadas de la ciudad, pero sin mayor solidez.

De esa primera modernización se recuerda con nostalgia el tren que iba desde Sánchez pasando por Moca, Tamboril, Santiago y doblando a la derecha hacia la Septentrional para llegar a Puerto Plata. Puentes, edificios e iglesias surgieron poco a poco y gracias al Padre Meriño, se diligenció el mayor préstamo en Europa en el gobierno que le siguió a partir de 1882. En los papeles de Meriño, publicados por el Archivo General de la Nación, él cuenta todas las peripecias que tal diligencia le costó y la comisión que obtuvo por la misma como pago por un trabajo que era normal en ese tipo de transacciones. Es esa la misma deuda que los siguientes gobiernos no pudieron honrar y lo que provocó la intervención, años después, de los Estados Unidos.

Cuando llegó Trujillo al poder, las arcas no tenían un centavo a pesar de la buena administración de Federico Velásquez porque, aunque los norteamericanos se retiraron en el 1924, su presencia continuó muy disimulada en todo el período de Horacio Vásquez cerca de las aduanas y preparando la Guardia.

No hay que exagerar en comparaciones nacionalistas pretendiendo lo que el mismo Guillermo no pretendió: crear una obra de arte de la Arquitectura. No por falta de talento, más bien que todavía no era el momento histórico ni el lugar para tal realización. En el caso de su contemporáneo Oscar Niemeyer se puede hablar en ese sentido, porque el Brasil en donde este vivió exigía de obras de esa envergadura. En cambio, Santo Modongo, como dijo un alemán, necesitaba de lo que muy bien describe Cuqui Batista sobre la construcción útil, determinada por las necesidades de uso, a lo que él agrega, el manejo de la luz y del viento. De esta forma González fue práctico y encajonó lo que tenía que encajonar para evitar una vulnerabilidad frente a otro ciclón.

Cuqui mismo fue parte de ese batallón que tenía que tener la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre para la fecha indicada de 1955.

Aparte de la “Bolita del Mundo”, todo fue simplemente una solución práctica: un Ministerio de las Fuerzas Armadas para albergar x cantidad de guardias o burócratas en tantos metros cuadrados. Resalta más el letrero “VIVA TRUJILLO” en la pasarela de la Feria que las fuentes y el mismo Teatro de Agua y Luz.

Ningún edificio tiene un toque especial que pueda catalogarlo de “obra” de la Arquitectura, porque el mismo Guillermo sabía que agregar “elementos ornamentales innecesarios”, además de cargar las estructuras, elevaba los costos. Y, bajo esos conceptos, él hizo lo que pudo sin tener que coger vacaciones ni en la 40 ni en Nigua o tener que “caer en desgracia” como Henri Bona y Marrero Aristy.

Se reconoce como parte de su obra el edificio Copello del Conde y la estación de bomberos del inicio de la calle Mella que por su factura y parentesco al de Santiago, de la Era de Balaguer, hay una mano común en su diseño: Cuqui Batista.

El Hotel Jaragua (1942) fue el toque de gracia de la Era para poder vender el incipiente turismo. El Hamaca de Boca Chica (1949) le siguió para que el Paraíso Dominicano quedara completo.

Nadie que llegara por el Aeropuerto General Andrews tenía que saber lo que vivía el país “underground”. Las calles lucían un buen asfaltado que no se hacía antes de las elecciones como ahora, la gente no podía salir a la calle vestida de trapos, aunque tuviera una sola remúa elegante al igual que el calzado, que nadie se atrevía a salir en chancleta, ni descalzos para que todo fuese armónico con las líneas del Arte Nouveau y Bauhaus de los edificios que se multiplicaban al mismo ritmo que crecía la fortuna de la familia gobernante.

Guillermo González tuvo otro gran reto en su carrera de arquitecto de “lo necesario”: la ciudad universitaria. Y eso no fue un trabajo complicado empezando por los terrenos que no eran caros y que la ciudad se expandía muy poco hasta Gazcue.
La avenida Winston Churchill no existía y el Hotel Embajador parecía un castillo enclavado en el medio de la selva.

En el conjunto de la Universidad de Santo Domingo se priorizó la Facultad de Medicina, Derecho, Odontología conectada con el Hospital Marión, los laboratorios y la dirección en la Rectoría. El edificio de ingeniería y el Alma Máter se construirían más tarde.

Guillermo González fue un gran dibujante como lo demuestran sus apuntes a mano alzada de lugares que visitó: los arcos de Génova de 1928, la Plazza de la Escuela de Roma, una cúpula en Nápoli, las puertas de la Iglesia de Burgos, La Iglesia Santa María de Madrid, “le pont neuf” de París de 1930, los apuntes de Barcelona, etc.

De los espacios públicos fue el creador del Parque Ramfis para niños, luego Eugenio María de Hostos el que fue arrabalizado en tiempos de Balaguer ocupado por los “luchadores”.

Es de su mano el Casino de Güibia, que pretendía ofrecer al público la única playa de la ciudad.

La confianza y los cables que tenía Guillermo conectado con el régimen eran tan sólidos que no había construcción importante que no fuera confiada a su oficina, que ya tenía prestigio y experiencia ubicada en el mismo edificio Copello que él construyó.

En el momento que Trujillo sintió que el país tenía que seguir bajo su dominio total, concibió la construcción de la sede del Partido Dominicano como algo grandioso e imponente, algo que no podía faltar, se pensó en él para que fuese un verdadero palacio y que se modificaría para realizar una réplica modesta multiplicada en cada pueblo, como para competir, en presencias, con las iglesias. Luego le impregnaría su espíritu al Ministerio de Cultura.

La modificación contemplaba una entrada principal con su escalinata, columnas y dos alas enmarcadas por los dos slogans más importantes de su Gobierno:

  1. Mis mejores amigos son los hombres de trabajo.
  2. Rectitud, libertad, trabajo y moralidad.

Esta última llevaba las iniciales de su nombre completo: Rafael Leónidas Trujillo Molina.

Con la creación de estos edificios, que servirían para controlar la población entera, Guillermo completaba su obra a lo ancho del país. Aunque se vio tentado a irse a España, se quedó a la cabeza de la política trujillista de varilla y cemento hasta su muerte.

De sus oficinas salió el plano de escuelas de mampostería que se construyeron en los pueblos con su salón de acto, comedor para ofrecer pan con mantequilla y Trópico (bebida de chocolate).
Ejemplo de esas escuelas es la Enriquillo en Santo Domingo, la Benigno Filomeno de Rojas que quedaba frente a la Iglesia Mayor en Santiago y la Sergio A. Hernández, hoy Braulio Martínez en Tamboril.

Que nadie se confunda con la intención de Trujillo de esa “modernidad” tanto de Santo Domingo como del país, porque a él no le importó el bienestar de su pueblo. Todo estaba diseñado en función de sacar beneficio de todo lo que hiciera y, de las construcciones de Guillermo González, obtuvo más de lo que se pueda imaginar, empezando por el Cemento Colón que se usaba, cuya fábrica era de su propiedad.

Guillermo llenó su cometido creando la arquitectura necesaria en el tiempo que le tocó vivir: 1900-1970.

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