Manos a la obra

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Hace muchos años, yendo a visitar a un pariente enfermo quien vivía en una segunda planta, alrededor de las dos de la tarde, se oyen gritos de vecinos repitiendo “¡Hay un fuego!”. Todos, despavoridos, fuimos a la galería, y vimos que el mismo estaba ocurriendo justamente en el poste de luz frente a la única escalera para bajar, ya extendido un poco por los alambres. Me acompañaban mis dos hijos, una prima y su hermano, a quien le entregué la llave de mi carro para que lo quitase, ya que corría peligro porque estaba justo debajo del evento. Salimos en condición de pánico y terror, exponiéndonos claro, yo con los niños sostenidos en cada mano. Una vez alejados, ya montados en el vehículo, a carcajadas, quien movió el mismo, me dice: “¡No sé cómo no lo desbaraté, en mi vida había manejado!”. No le pasó nada, hasta era de transmisión mecánica.

Una vez que pasan este tipo de situaciones, ya con la adrenalina baja y en la normalidad, es común convertirlo como en un chiste, donde cada cual expresa lo que vivió y sobre todo los errores cometidos en pocos minutos, que parecen horas.

Si hay algo en lo que se mide la inteligencia emocional de un individuo, que no es lo mismo que su capacidad intelectual y conocimiento, es en la forma que maneja las situaciones y desarrollo de su cotidianidad. Aprender a vivir el día a día enfrentando los desafíos que este trae es la base de salud mental y física, y, por ende, del equilibrio en la familia a la que se pertenece.

Es imposible pretender, ante situaciones que no podemos cambiar de momento y que no dependen de nosotros solamente, actuar de manera coherente cuando se está en pánico, y mucho menos si este se vuelve cotidiano y colectivo. Un episodio vivido de manera aislada, como el citado, perfecto, pero en el día a día, cuando estamos en las casas, salimos a las calles, con las medidas de lugar a tomar que son sencillas, simples y transitorias, es insostenible poder actuar con sensatez viviendo con miedo. Es tiempo de hacer un alto en el camino, aquietarse, dejar de escuchar opiniones de afuera de desconocidos, que muchas veces buscar dañar y en ocasiones hasta darse a conocer.

Para aquellos con fe en Dios, en Su Palabra dice: “Estad quietos y conoced que yo soy Dios…” (Salmos 4:10). l

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