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El Caribe

Opinión

Constantino y la religión

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Constantino.
Constantino. (Fuente Externa)

[La mayoría de los creyentes no sospecha ni tiene idea del papel jugado por el emperador Constantino (durante el famoso Concilio de Nicea), en la imposición “de los dogmas más fundamentales de la Iglesia católica”, no sabe que los cuatro Evangelios canónicos fueron impuestos por Constantino y que éste “diseñó a su antojo lo que los católicos deberían creer por siempre acerca de la persona de Jesús” y que el credo católico no es de inspiración divina, “sino de la nada santa coacción que ejerció el brutal emperador romano sobre hombres que Jesús hubiese despreciado”.

Estas son algunas de las mentiras fundamentales y fundamentalistas que Pepe Rodríguez, un erudito con nombre de bodeguero, expone en su libro “Mentiras fundamentales de la iglesia católica”. En el fragmento seleccionado se detallan los incidentes posteriores de aquel Concilio de Nicea que dio origen a la iglesia católica, la misma iglesia destinada a jugar desde entonces y por los siglos de los siglos un papel histórico de tanta relevancia. (PCS)].

“El Concilio de Nicea

El concilio se disolvió el 19 de junio del 325, después de un gran banquete ofrecido por Constantino en honor de los obispos asistentes, que causó a éstos honda impresión: algunos de ellos llegaron incluso a preguntarse si no estaban ya en el reino de Dios. El emperador añadió al banquete un discurso exhortando a los obispos a la unidad, a la modestia y al celo misionero, así como regalos para cada uno de ellos y cartas en las que se ordenaba a los funcionarios imperiales distribuir cada año trigo a los pobres y clérigos de las diversas iglesias.

Los obispos partieron, pues, anonadados, entusiastas y más sumisos que nunca. Constantino los había ganado definitivamente para su causa y podía sentirse satisfecho del resultado obtenido con el concilio. La unidad de las iglesias católicas había tomado por vez primera forma visible y los cismáticos quedaban invitados a asociarse a esta unidad en condiciones humillantes. Las escasas malas personas que habían rechazado la profesión de fe común habían tomado ya el camino del destierro. Todo esto era en gran parte obra suya, lo que le permitía en adelante intervenir de manera directa en los asuntos eclesiásticos para coordinar y reforzar la acción de los obispos.

Los obispos más perspicaces se dieron cuenta, nada más volver a sus casas, de que al haber cedido tan fácilmente a la imperiosa seducción ejercida por Constantino habían cambiado la libre iniciativa de que anteriormente disponían por la sombra de cooperación con el Estado. De este modo, poco después de la disolución del Concilio, los obispos Eusebio de Nicomedia, Maris de Calcedonia y Teognis de Nicea hicieron saber públicamente que sólo habían firmado la profesión de fe por temor al emperador y que deseaban retractarse. Constantino los expidió sin más a la Galia , exigiendo de las iglesias de Nicomedia y Nicea la elección de nuevos obispos, en lo que fue obedecido sin tardanza. El obispo Teodoro de Laodicea, en Siria, sospechoso de querer imitar a sus tres colegas rebeldes, recibió del emperador una carta brutal en la que lo invitaba a meditar sobre la triste suerte de Eusebio y Teognis, lo que lo hizo contenerse y no levantar la voz.

De este modo, a partir del otoño del 325, Constantino comenzó a hacer de policía de la fe en el interior del cuerpo episcopal. Los obispos que comenzaron a asustarse de ello y a comunicarse discretamente sus aprensiones fueron entonces numerosos.

“Para la historia quedó el recuerdo vergonzoso de un concilio, el de Nicea, en el que una caterva de obispos cobardes y vendidos a la voluntad arbitraria del emperador Constantino dejaron que éste definiera e impusiera algunos de los dogmas más fundamentales de la Iglesia católica, como son el de la consustancialidad entre Padre e Hijo y el credo trinitario. Constituido en teólogo por la gracia de sí mismo, Constantino diseñó a su antojo lo que los católicos deberían creer por siempre acerca de la persona de Jesús. El Credo que rezan todos los católicos, por tanto, no procede de la inspiración con la que el Espíritu Santo iluminó a los prelados conciliares, sino de la nada santa coacción que ejerció el brutal emperador romano sobre hombres que Jesús hubiese despreciado. El ejemplo del nazareno dando la vida por sus ideas debía parecerles una ingenuidad detestable a unos obispos que no dudaron en ahogar su fe y conciencia con tal de poder seguir llenándose la panza.

Con una jerarquía eclesial tan servil, el emperador Constantino no tuvo el menor problema en utilizar la Iglesia católica a su antojo, sin límite alguno, tanto para forzar la unificación de su imperio bajo una sola religión, como para uso y disfrute de su megalomanía personal, ya que no en balde se refería a sí mismo como “obispo para asuntos exteriores” (episkopos tôn ektos) de la Iglesia ; se hizo denominar “salvador designado por Dios” y “enviado del Señor”, es decir, apóstol; ordenó que se le rindieran honores como representante de Cristo (vicarios Christi) y que se le diera el trato de “nuestra divinidad” (nostrum numen) junto al sacratissimus que posteriormente ostentarían también algunos emperadores cristianos; mandó tener a su palacio por templo (domus divina) y a su residencia privada por sacrum cubiculum; y, a su muerte, hizo que le enterraran como el decimotercer apóstol. En resumen, Constantino hizo cuanto le convino con la Iglesia católica y sus creencias, era el amo, y los obispos, a cambio, callaron, otorgaron... y se enriquecieron mientras. fortalecían su poder temporal.

El que fuera tenido por la Iglesia católica como “caudillo amado de Dios”, “obispo de todos, nombrado por Dios” a “ejemplo de vida en el temor de Dios, que ilumina a toda la humanidad”, fue en realidad un emperador que frecuentaba las prácticas paganas, cruel y sanguinario, responsable de las masacres de poblaciones enteras, de juegos de circo en los que hacía destrozar a cientos de enemigos por fieras u osos hambrientos, que degolló a su propio hijo Crispo, estranguló a su esposa y asesinó a su suegro y a su cuñado... un auténtico princeps christianus, vamos.

Su madre, que la Iglesia católica convirtió en “Santa Elena”, pasó por princesa británica pero en realidad había sido una pagana que trabajó como tabernera (stabularia) en los Balcanes, vivió en concubinato con Constancio Cloro -padre de Constantino, un pagano que comenzó su carrera militar como protector o guardaespaldas imperial- y luego cohabitó en situación de bigamia cuando Constancio se casó con la emperatriz Teodora. La aristocracia romana conocía a Constantino como “el hijo de la concubina” y el mismísimo san Ambrosio escribió que Jesucristo había elevado del fango al trono a santa Elena.

Sin embargo, un hombre tan fascinante, poderoso y malvado como lo fue Constantino no podía morir sin dejarle un guiño cruel a la historia, no podía “ascender a los cielos” (tal como le representaron algunas monedas acuñadas tras su deceso) sin antes mofarse hasta la humillación de los obispos que trató como títeres y de la Iglesia católica que él mismo había puesto a andar; por eso, cuando cayó enfermo, primero buscó remedio en los baños calientes de Constantinopla, y luego en las reliquias de Luciano, patrono protector del arrianismo y discípulo que fue del propio Arrío. Por último recibió en su finca, Archyrona de Nicomedia, las aguas del bautismo, pese a su deseo de tomarlas a orillas del Jordán como Nuestro Señor.

En aquel entonces (y hasta el año 400 aproximadamente) era costumbre habitual aplazar el bautismo hasta las últimas, sobre todo entre príncipes responsables de mil batallas y condenas a muerte. Como sugiere Voltaire, “creían haber encontrado la fórmula para vivir como criminales y morir como santos”.

Después del bautismo, que fue administrado por otro correligionario de Luciano llamado Eusebio, Constantino falleció el 22 de mayo del año 337. Así las cosas, resulta que el primer princeps christianus se despidió de este mundo como “hereje”, detalle que origina no pocos problemas para los historiadores “ortodoxos”, pero que le fue perdonado incluso por el enemigo más acérrimo del arrianismo en Occidente, san Ambrosio, “teniendo en cuenta que había sido el primer emperador que abrazó la fe y la dejó en herencia a sus sucesores, por lo que le incumbe el más alto mérito [magnum meriti]”.

De la mano de tan meritorio personaje comenzó realmente su andadura la Iglesia católica, transformada en una institución de poder temporal que se arrogó la representación exclusiva y ortodoxa del mensaje de Jesús (según lo recogen los Evangelios que ella misma eligió y manipuló, pero a los que nunca ha sido fiel).

Tal como observó con brillante agudeza Alfred Loisy, especialista en estudios bíblicos e historiador de las religiones: “Cristo predicó el reino de Dios, pero vino la Iglesia”. (Pepe Rodríguez).


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