El Caribe

Caminando

¿Está usted domesticado?

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El humano domesticado es un ser rendido ante la vida, alguien sin vuelo propio, sin personalidad definida. Es masa que se moldea con facilidad, a merced del capricho de cualquier panadero, pues no tiene consistencia ni esqueleto.

Nuestro personaje es un caballo domado con espíritu de perezoso, que sólo vive de instintos, de actos silvestres, primarios, primitivos, con la diferencia a favor del animal de que éste relincha y patea por orgullo y el humano domesticado lo hace por ñoñería.

El humano domesticado apenas aprende a gatear, el verbo correr no está en su vocabulario, y sigue así eternamente, arrastrándose, sin lograr estar erguido, y se conforma con mirar al suelo, con miedo de observar las alturas y de respirar al compás de una conciencia libre y soberana. Y se le somete y jamás protesta, pues carece de ímpetu, de imaginación, de entusiasmo, de ganas.

El humano domesticado solo es protagonista de este artículo. Ni sobra ni falta. Ni huele ni “jiede”. Su cara no se recuerda, y su presencia no se nota aunque se presente vestido de “lechón cuajao” en un velorio de campo.

Estamos en una época de seres domesticados, hombres y mujeres atados a enormes horarios de ocio intelectual y de bombardeos a la ética, que se conforman con un sueldito, con ir al baño por las mañanas, sin hacer un razonamiento útil durante todo el día, sin tener metas.

¡Ay! Son personas embotadas, cuyo cerebro y corazón se quedaron cual lápiz sin punta. Somos el producto de informaciones interesadas que nos anulan el juicio y nos convierten en esclavos de lo superfluo, de lo barato, y compramos disparates, nos desvivimos por tonterías y nos atormenta lo insignificante.

Hay humanos tan domesticados que de tanto cuidar su imagen la han borrado y ni sus sombras los siguen, y sus nombres están irreconocibles en sus actas de nacimiento. Su docilidad absoluta atormenta, inspira lástima. Y pasan por la tierra sin saber que da vueltas, se hace con ellos la voluntad de los demás, como si fueran esclavos de su entorno.

Hay que estar dispuesto a rebelarse, a ser auténtico, a contradecir, a equivocarse, a pelear, a gritar, a exigir, a aportar... Hasta tener una pequeña dosis de salvajismo y de locura es positivo, lo cual puede lograrse a plenitud no solo respetando la moral universal, sino luchando por defenderla y promoverla.
Evitemos ser domesticados, estemos siempre dispuestos a tomar decisiones de buena fe, ni importa que nos equivoquemos. Seamos activos, productivos, motivadores, con nuestros pasos dejando huellas positivas en el camino. En este mundo Dios aplaude a los que son fuertes de espíritu y a los que son guiados por ideales grandes, nobles y puros.


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