Los intelectuales y las redes sociales

Fue Umberto Eco quien tronó con más vehemencia sobre lo que consideró como altamente nocivo para la salud moral y espiritual de la sociedad el que un público al que calificó de “idiota” pueda participar en igualdad de condiciones en la formación de la opinión pública junto a científicos, pensadores, filósofos, artistas, académicos e intelectuales de todas las corrientes, en ocasiones creando abismos insalvables en los debates, y otras veces degradándolos hasta llevarlos a la incomprensión emblemática de los constructores de la Torre de Babel, según la tradición bíblica. Los críticos menos radicales entendemos que, utilizadas con prudencia y respeto, las redes son una conquista beneficiosa para la Humanidad, incluidas las élites creadoras cuyas obras también se promueven por los medios electrónicos.

El horror expresado hace casi cien años por Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas, se hizo realidad en grado superlativo. De ahí la violencia verbal y visual característica de las redes, solo comparable con la que vemos diariamente en las calles de la capital, con riñas permanentes entre los conductores en las embotelladas intersecciones, ya a toda hora del día y de la noche. No obstante, es por las mismas redes que nos mantenemos actualizados sobre el acontecer cultural internacional.

No hay cibernauta que haya salido ileso de la violencia virtual. Aunque las primeras víctimas son los competidores políticos, también los periodistas podemos contar experiencias como la vivida con un señor que se identifica como abogado en el sector de Bayona, Santo Domingo Oeste, quien tuvo dos intervenciones imprudentes y malévolas mientras expresábamos las condolencias a los familiares de un apreciado colega fallecido.
Luego hizo lo mismo cuando un servidor era felicitado por el homenaje que se nos rindiera en el pueblo natal. La actitud fue reproducida por una corresponsal en España de una emisora que una vez fue popular. Asimismo, una “periodista” que amablemente me dio el número de su móvil para el intercambio de publicaciones, terminó con una injuria innecesaria. Helo ahí, me habría dicho Eco, pensé.

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