La insólita desidia

Señor director. Cada día, darnos cuenta de que aún estamos vivos, es un mágico milagro de la existencia misma. El ganarle la partida a la muerte, es motivo de celebración interior, y no porque sea malo o trágico morir, más bien es todo lo contrario, una especie de liberación y celebración; siempre que hayamos cumplido nuestra misión. Si no es así, es una lamentable tragedia, una clara razón para experimentar esa desidia ante lo venidero.

La monotonía es el peor enemigo de la alegría, hasta la belleza y felicidad cansan. Nos hastíanos con facilidad de las cosas, las damos por sentadas y terminamos omitiéndolas de nuestro estado de alerta. ¿Será por eso que nunca estamos conformes con nuestra vida? Siempre vamos por más, por cosas diferentes y nuevas: otros trabajos, amigos, países, sentimientos..., otras experiencias existenciales.

Para una persona activa, animosa, con metas, sentir desidia es algo poco común, insólito, pero a veces sucede. Ya sea por razones ajenas a su estado de conciencia o razones intrínsecas a su personalidad, se cansa de alcanzar logros, de ser laureada, de fijarse metas y comprometerse más de lo deseado a cumplirlas.

La familia se quiere más que nada, pero también se descuida más que todo, damos ese amor por sentado y a buen resguardo, lo etiquetamos como un logro más alcanzado. Y si sentimos una fuerte demanda por parte de ellos, terminamos por aborrecerlos, aunque sea un sentimiento pasajero, los vemos como un obstáculo para seguir avanzando y probar cosas nuevas, como cadenas que nos sujetan y nos esclavizan. Igual ocurre con nuestros padres cuando somos adolescentes, son el enorme muro a derrumbar.

Si nos visita la desidia, hay que descansar en su respiración perezosa sin acomodarla, no vaya a ser que se quiera quedar, luego persuadirla para que siga su camino.

Para una persona poco activa, perezosa y carente de objetivos, sentir desidia es algo común, estacionario, la desidia se convierte en su mantra. Ya sea por razones ajenas a su estado de conciencia o razones intrínsecas a su personalidad, nada le motiva, fijarse metas y comprometerse, no está en sus registros.

Nada es tan negativo, como para que no podamos encender la lámpara del corazón, ni nada tan positivo, como para que no podamos apagar la lámpara de la razón. Nunca son tantos los electrones dentro de un mismo átomo como para que no haya protones, y cuando ambos se igualan en cantidad, no hay carga eléctrica, está descargado. Eso nos ocurre a nosotros cuando nos visita la desidia, estamos descargados, necesitamos reposo para reacomodarnos, reactivarnos y recargarnos, lo cual se consigue experimentando esas cosas nuevas, dejando a un lado la monotonía.

La vida se encarga de sacudirnos y ayudarnos a despertar, aunque no siempre lo conseguimos, muchas veces se nos hace tarde para entender la magia de la vida, y recuperar la sabiduría perdida.

Dicen que la tercera es la vencida, y se acostumbra a contar hasta tres antes de tomar cualquier acción riesgosa.... Vivir a toda capacidad, es la más atrevida y riesgosa de las acciones.
Idalia Harolina Payano Tolentino
Colaboradora

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