CAPÍTULO 11 - LA PAZ VUELVE A SAN ISIDRO

“Al nacer el hombre escoge uno de los tres caminos de la vida, y no hay otros:  vas hacia la derecha y los lobos te comen, vas hacia la izquierda  y tú te comes los lobos, vas derecho y te comes tú mismo”.

ANTON CHEJOV

 

A media mañana del domingo 19, el yate Presidente Trujillo se encontraba ya en ruta hacia las islas francesas de Guadalupe.  La radio del barco logró captar una transmisión acerca de los últimos acontecimientos en la República, que incluían distintas versiones sobre la partida de Ramfis que, a esa hora, todavía permanecía en su camarote.

El capitán Gil García fue llamado de nuevo a las habitaciones del general.  Con la mirada ausente y el rostro cansado por una mala noche, Ramfis le inquirió:

-¿Estamos aún al alcance de los aviones?

-¿De cuáles aviones, general?-, pregunta el oficial.  Ramfis le lanzó una mirada fría y cortante.

-¡De los nuestros, por supuesto!

El capitán asiente.  Entonces, Ramfis le ordena armar las ametralladoras y preparar los cañones de la fragata, para en caso de un ataque.  Gil, ignorante de cuanto ocurre en el país, no puede creer que aviones de combate dominicanos agredan a un buque de la marina nacional.

La tensión dentro de la nave crece al hacerse más ostensibles y molestas para la tripulación las medidas de seguridad adoptadas por la guardia de Ramfis.  Los hombres armados de metralletas colocados frente a la cabina de mando lucen a los oficiales a bordo más alertas.  Entre tanto, los equipos de comunicación permanecen en (total silencio) para la tripulación.  Ramfis había ordenado que durante todo el trayecto, desde la salida de Haina la noche anterior, se mantuviera al capitán y a los demás oficiales del yate, incomunicados del resto del mundo.

Media hora más tarde, timbra el teléfono privado de la oficina presidencial del yate.  Era el general Sánchez hijo para dar un informe a su jefe y ponerle al habla con Balaguer.  La llamada se produce desde el despacho del Presidente en el Palacio Nacional.  Ramfis se ofrece regresar, en un tono poco convincente, para ponerse a las órdenes del mandatario.

-No hace falta, general- le responde con voz queda y tranquila el Presidente-.  Todo está bien.  Tenga buen viaje y descanse.

Para el general Rafael Trujillo Martínez, jefe de Estado Mayor General Conjunto de las Fuerzas Armadas, hijo mayor y predilecto del Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina, se iniciaba en realidad un largo y definitivo exilio.  Jamás pisaría de nuevo tierra dominicana.

En la tarde de ese mismo día, el camarero del yate, Carlos Ruiz Pillier, se acercó a su amigo el sargento oficinista José Dolores Guerrero, de 29 años, con un pedazo de papel arrugado en las manos.  Pillier parecía nervioso cuando le hizo entrega de la hoja.

-¿Qué es esto?-. le preguntó intrigado.

-Lo encontré en la recámara del general.

El sargento leyó detenidamente el texto del radiograma recibido por Ramfis: “Fracasamos.  Echavarría se viró.  Firmado Sánchez hijo”.  Asustado, devolvió inmediatamente el papel a Piller, mirando hacia todos lados:

-Mira muchacho.  ¡Ve y pon esto donde mismo lo encontraste!

Los temores del general Rodríguez Echavarría con respecto a la posibilidad de un contraataque terrestre, no estaban infundados.  Las fuerzas blindadas y de infantería tenían suficiente capacidad para emprender una contraofensiva exitosa.  Quedaban aviones en San Isidro y una acción combinada aire-tierra podría generar un conflicto prolongado.

A medida que avanzaba la mañana, su posición parecía ir consolidándose.  Pero algunas adhesiones de viejos generales con mandos de fortalezas del Ejército en poblaciones como San Juan de la Maguana y Azua, en el lejano suroeste; Bonao, La Vega y Moca, en el Cibao central, eran sólo el producto de la convicción de aquellos de que había poco que hacer.  Si surgía de pronto una fuerte resistencia, cabría la posibilidad de suponer cambios en muchas de esas adhesiones de conveniencia.

Cuando exigió a Balaguer la deportación inmediata de una larga lista de generales e influyentes miembros de la familia y el clan trujillista, pretendía sobre todo eliminar este escollo tan peligroso.  Sabía que ya no se trataba solamente de salvar su honor como líder del levantamiento.  Sus vidas y las de sus familias estaban en juego también.  Era ya cuestión de sobrevivir a toda costa y a cualquier precio.  Muchos de los generales que habían adherido sus cuarteles al movimiento, figuraban en la lista leída por el general Rodríguez Echavarría al Presidente.

Para la mayoría de los oficiales situados del otro lado, la situación era muy similar, aunque por diferentes motivaciones.  El bombardeo a los batallones Blindado, de Infantería y Contra Guerrilla había sido ejecutado ante el temor de que esas fuerzas, dirigidas por miembros del clan reinante, respaldaran el golpe planeado con el fin de perpetuar la dictadura.  Sin embargo, en su mayoría tratábase de jóvenes oficiales de carrera sin compromisos con el pasado.  Muchos de ellos estaban tan aturdidos como los oficiales pilotos que soltaron sus cohetes y bombas contra las instalaciones de tierra.  Desde sus propias perspectivas, eran el cuerpo élite de las Fuerzas Armadas.  Los recelos y distanciamientos con sus compañeros pilotos estaban fundamentados en la creencia de que éstos los consideraban como oficiales inferiores.  En cambio eran tan buenos en sus especialidades como los aviadores, y decenas de ellos habían cursado estudios en escuelas militares del exterior obteniendo notas sobresalientes.  La oficialidad de los batallones Blindado y de Infantería se resistía a ser estigmatizada por un prejuicio de casta militar.  A fin de cuentas ¿qué se creían éstos pilotos? A los que consideraban simples “choferes de aviones”, sin ningún concepto de la estrategia de la guerra moderna.  Ellos, los oficiales de tierra, constituían la verdadera élite menospreciada del ejército dominicano.

Les dolía principalmente la suposición de que siendo tan jóvenes y bien preparados, quisiera acusárseles de estar atados a compromisos políticos con el “pasado” a los cuales parecían amarrados, en cambio, muchos de los políticos que ahora blandían estandartes democráticos.  La UCN era un buen ejemplo de comparación.

El ataque aéreo los había enfurecido.  Era además injusto, pensaban.  Los cohetes y bombas de 500 libras pudieron haber causado una enorme mortandad, por más que se alegara que no existía el propósito de dañar a nadie, sino simplemente disuadirlos a no respaldar un golpe regresivo.  Sólo el instinto bien desarrollado de conservación y la aplicación de las tácticas de combate aprendidas en las academias militares les habían permitido salir bien de este ataque duro de sorpresa.

No obstante, el capitán Pichardo Gautreaux desechó todos los demás pensamientos y se concentró en la forma de sacar a sus tropas y blindados de la espesura.  Los bosques sirvieron de excelente protección a sus fuerzas, pero se imponía ahora un reagrupamiento para pasar a la ofensiva.  El teniente Forteza Peynado estaba molesto porque en la confusión nadie pensó en la utilidad de la comunicación por radio.  Los AMX poseían modernos equipos de comunicación, pero ninguno los empleó para establecer el contacto tan indispensable para unificar las órdenes y someter las acciones a una línea adecuada de mando.

En la huida apresurada, los carros fueron trasladados a ambos lados de los bosques.  Los aviones seguían realizando ataques esporádicos y dos bombarderos sobrevolaron las áreas tratando de determinar la ubicación exacta de los tanques.  Salir a la claridad implicaba asumir sus riesgos.

De la misma manera que no existía una comunicación entre los propios comandantes de tanques, tampoco la había entre éstos y la base de Santiago.  Escondidos entre la maleza, luchando por sobrevivir a una agresión inesperada, los oficiales de infantería y de blindados estaban al mediodía completamente ajenos al curso de los acontecimientos.  Carecían de la más mínima información confiable respecto de la marcha de las gestiones político-militares de las últimas horas.  Abandonados a su suerte, primaba en ellos únicamente el instinto de sobrevivir y estaban dispuestos a conseguirlo.

Todavía les esperaban horas de enorme inquietud y peligro.  Aturdidos por el sofocante calor y la tensión de las últimas horas, el deseo de regresar a sus hogares sanos y salvos los dominaba cuando la interminable hilera de tanques y orugas abandonó, durante un receso de la actividad aérea, la relativa seguridad de los montes.  La columna se internó por un camino semi construido que unía a la base con el barrio Alma Rosa, donde residen cientos de oficiales y soldados.

Detrás dejaban una estela de destrucción.  Los ataques aéreos habían dañado las instalaciones de sus batallones.  Los tres hangares de tanques “parecían coladores”, como comprobaría más tarde el capitán Pichardo Gautreaux.  Todas las ventanas quedaron pulverizadas.  La destrucción podía verse por doquier.  El hospital contiguo ofrecía una visión deplorable.

El gran momento llegaba.  Durante años recibieron instrucción para sobrevivir a este tipo de situación.  Ahora sus vidas dependían de la habilidad que pudieran ellos mostrar para aplicar esas enseñanzas.

Pichardo Gautreaux ordenó a las unidades de su compañía de AMX unirse a la columna de carros.  Los oficiales superiores del batallón no aparecían por el lugar desde los primeros ataques.  De manera que su seguridad personal y la de su propia gente dependía de su capacidad para imponerse a las circunstancias.

El oficial observó la determinación de su joven asistente, el teniente Forteza detrás suyo en un AMX y dedicó algunos segundos a rememorar los momentos anteriores de peligro.  El sargento González no tenía idea clara de cuáles eran sus pensamientos cuando le oyó decir, en voz alta:

-¡Claro que podemos hacerlo!

Los AMX eran las unidades insignias de las fuerzas de tierra de la Aviación Militar.  Quince en total, fueron adquiridos a finales de 1959, como resultado de la expedición armada de Constanza, Maimón y Estero Hondo, el 14 de junio de ese año.  De manufactura francesa, figuraba entre los equipos de su género más versátiles de las fuerzas de la OTAN en Europa.   Tratábase de tanques totalmente nuevos, que inclusive habían sido armados en los talleres de la propia base.  A pesar de sus 13 toneladas de peso, eran vehículos de una gran movilidad y destreza, dotados con cañones de 75 milímetros y dos ametralladoras de 7.62 milímetros.

Eran unidades tan útiles y modernas que todavía si quedaban destruidos o inutilizados durante un combate, podían separárseles las ametralladoras y ser usadas independientemente.  Portaban explosivos, perforantes y fumígenos, cohetes de camuflaje para crear cortinas de humo y permitir maniobras del tanque ante ataques sorpresas de corta distancia.

Estos tanques reforzaron una dotación que contaba ya con otros 13 carros blindados Linx, de fabricación sueca, con cañón de 20 milímetros y tres ametralladoras cada uno de ocho milímetros.  Existían también 18 tanques L60, suecos, con cañones de 37 milímetros y ametralladoras del mismo calibre que los Linx.

Estaban igualmente otros 50 carros blindados llamados Half Track, con extracción de gomas delanteras y orugas atrás, armados con ametralladoras de 50 milímetros.  El arsenal blindado incluía dos tanques norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial M3A1, con cañón de 35 milímetros y ametralladora de 50, ya antiguos y obsoletos, pero en perfecto estado y muy valiosos por su enorme capacidad de fuego.

Las piezas de artillería de diversos calibres superaban en número todas estas unidades.  No se requería de un gran ejercicio mental para entender la preocupación de la base de Santiago ante la posibilidad de una contraofensiva terrestre a cargo de estas unidades y piezas.

El teniente Marino Almánzar, a cuyo cargo estaba el mantenimiento diario de estos equipos móviles, no tenía duda acerca de la efectividad de una acción terrestre bien coordinada.  Su compañero, el teniente Ernesto González González (El Gato), tenía ganas irrefrenables de entrar pronto en acción.  Si habían sido atacados a mansalva y sin previo aviso, les correspondía de buena ley responder con todos los medios a su alcance.

Por eso no puso objeción a la sugerencia de algunos oficiales de tomar en rehén a las esposas e hijos de los pilotos y hacerles saber que un nuevo ataque pondría en juego la vida de éstos.

Las misiones aéreas continuaron aún después de la primera conversación telefónica entre el Presiente y el general Rodríguez Echavarría.  Una de ellas estuvo a punto de provocar la insubordinación de uno de los oficiales más activos del movimiento.  Alrededor de hora y media después de haber tomado parte en la primera de las incursiones sobre San Isidro, el teniente coronel Fernández Smester recibió instrucciones de preparar dos Vampiros con bombas de 500 libras.

Como todas las anteriores ese día, la operación tenía sus inconvenientes.  La pista de Santiago era más pequeña que la de San Isidro.  Con sus dos bombas bajo las alas, el peso de la resistencia para el despegue era mayor.  Los Vampiros se desplazarían en tierra a menos velocidad y requerirían por ende una superficie más larga para poder despegar.  El oficial estaba concentrado en ese problema técnico, cuando un jeep llevó al teniente Hernández Beato hasta la cabeza de la pista con instrucciones del general Rodríguez Echavarría de destruir La Voz Dominicana, que seguía transmitiendo a favor de Petán Trujillo.

Fernández Smester apagó inmediatamente su avión e hizo señas al piloto del segundo reactor, el capitán Vinicio Morales Bobadilla, de 29 años, para que hiciera otro tanto.  La Voz Dominicana estaba ubicada en un sector muy populoso de la zona norte de la ciudad y un ataque allí con bombas podía ocasionar muchas víctimas inocentes.

Los dos pilotos tenían, además, razones personales muy poderosas para negarse a cumplir esa misión.  Fernández Smester piensa que si su esposa Margot ha logrado salir de la base, seguramente ha buscado refugio en casa de su padre, propietario de una farmacia próxima a la calle Doctor Delgado, en las cercanías de la estación televisora.  Las razones de Morales Bobadilla, son similares.  Su esposa, Melania García de Morales, de 19 años, se encontraba desde la tarde anterior en casa de su madre, en la calle Barahona, también por los alrededores de la televisora.  Se habían casado en 1957, cuando ella apenas tenía 15 años.  No tenían hijos.  En 1959, tuvieron una niña que murió ocho horas después de haber nacido.  A esa hora de la mañana del domingo 19 de noviembre, Morales Bobadilla piensa que Melania puede estar en el teatro de La Voz Dominicana viendo, como solía hacer, Buscando Estrellas, su programa favorito.  Nada, pues, le haría cumplir una orden tan descabellada.

Al notar la indecisión de los pilotos, el coronel Rodríguez Echavarría corrió ante ellos y le pide una explicación a Fernández Smester de porqué ha apagado el Vampiro.  El oficial le explicó.  El otro llamó entonces a su hermano y éste cambió la disposición ordenando arrojar las bombas nuevamente en el Batallón Blindado y los Vampiros despegan.

Los dos pilotos tenían una cosa en común, el número de sus aparatos.  Fernández Smester volaba preferentemente el Vampiro 2718 y el 2713, porque nació un 18 de diciembre y porque su madre había muerto un día 13.  El creía que éste último debía darle suerte, pese al maleficio, aunque esa mañana volaba el primero. Morales siempre prefería el 2728 y el hecho de estar dentro de él en una misión tan peligrosa le parecía una buena señal.

Rodríguez Echavarría no desechó la idea de silenciar La Voz Dominicana.

El teniente Julio Sánchez despegó momentos después en otro Vampiro con instrucciones de derribar la antena de la emisora, en la parte alta de la capital, o la torre del transmisor en el Santo Cerro de La Vega.

Sobre esta última, Sánchez arrojó sus bombas.  La emisora continuaría, empero, trasmitiendo hasta mucho después durante ese día, a favor de los Trujillo.

El teniente coronel Juan Nepomuceno Folch Pérez, de 34 años, tenía ya tres días de servicio en el aeropuerto internacional de Cabo Caucedo, a cuatro minutos de vuelo de San Isidro, y comenzaba a aburrirse.  Los otros tres oficiales de su escuadrilla no tenían cómo pasar el tiempo.

Las noticias de la sublevación en Santiago y del ataque a la base donde tenían a sus familias, aumentaron el nerviosismo que se apoderó de ellos desde temprano.  El mayor Felipe Neris Abreu y el capitán Persival Peña estaban ansiosos por entrar en acción.  La llamada telefónica del teniente coronel Luna Pérez ordenándoles dirigirse a San Isidro, les levantó el ánimo, pero les hacía falta una planta para encender los aparatos.  Esta no tardaría en llegar.

La escuadrilla despegó y al hacer el pitch out (rotura) sobre la pista 03, en el aproche final, listo para el descenso, Folch Pérez divisó dos B-26 sobrevolando la zona boscosa contigua.  Ordenó a los otros tres pilotos que aterrizaran, mientras él aumentaba la velocidad para situarse detrás de los dos bombarderos, a unos 1,500 pies de altura.  Los B-26 continuaron girando en busca de los blindados y Folch permaneció detrás hasta que uno de ellos lo vio y trazó rumbo inmediatamente a Santiago.

Folch los escoltó hasta cerca de Cotuí y luego retornó a la base.  Antes no por el cañón de Bonao, como si procediera del norte, desde Puerto Plata.  La ruta era indudablemente más larga y conllevaba riesgos adicionales.  Pero calculaban que los sublevados esperarían una represalia por la ruta más corta.  De esta manera eludirían tener que enfrentar los aviones de Rodríguez Echavarría antes de llegar a la base.  Las posibilidades de éxito les parecían así mayores.

La idea consistía en bombardear la pista por sorpresa para inutilizar el poderío aéreo concentrado en dicha base.  Buena parte de los pilotos se había llevado los mejores aviones uniéndose al levantamiento, pero aún quedaban ocho Vampiros en San Isidro y otros cuatro bajo el mando del teniente coronel Folch, recién llegado de Cabo Caucedo.  Tratábase de un plan lleno de peligros, pero factible.  Luna Pérez y Ramos Usera deliberadamente retardaron su aplicación, pues no estaban dispuestos a comprometerse por el general Sánchez y la familia Trujillo, habiéndose ido ya Ramfis.

La impaciencia de Sánchez se hace notoria con sus constantes apremios para que se pusiera en ejecución el plan.  Alrededor del mediodía, Ramos Usera dijo a su compañero que acababa de escuchar en la radio la noticia de la destitución del general Sánchez y un discurso del Presidente informando que el levantamiento es en respaldo de su Gobierno.

-¡Vamos a buscar preso a Tuntín!-, le dijo Luna Pérez al otro oficial.  Cuando llegaron ambos a la jefatura ya el general Sánchez hijo no se encontraba en su despacho.  No volverían a verle.

Después que los tanques fueron puestos a salvo en los bosques contiguos a la base y Rodríguez Echavarría accedió al pedido telefónico de Balaguer de hacer una tregua en el ataque, un grupo de padres, hermanos, esposas e hijos de pilotos son traslados a una casa campestre de madera, en una finca cercana a Boca Chica.

Milka Antonia Mendoza Reyes de Abreu, de nacionalidad puertorriqueña, esposa del mayor Felipe Neris Abreu, bajo el mando del teniente coronel Folch, recordaría esta experiencia como una de las más tristes de su vida.  Rodeados de soldados, fuertemente armados, estuvieron virtualmente prisioneros hasta muy avanzada la tarde.

La casa donde fueron encerrados era propiedad del general Rodríguez Méndez, pero éste, unido al movimiento en Barahona, no sospechaba nada de esto.

Mientras vagaba de un lugar a otro, tratando de ayudar allí donde resultara útil, en medio del caos creado por los ataques aéreos, y la ola de rumores que siguiera a la acción, el padre Guerrero tuvo tiempo para reflexionar respecto a una experiencia personal a la que no había prestado hasta entonces su verdadera dimensión.  El 30 de agosto, muy temprano en la mañana, había sido instruido por la Jefatura de Estado Mayor de trasladarse a la cárcel del kilómetro 9.

Dos de los encargados de ese centro de la represión trujillista, el coronel Octavio Balcácer y su segundo el capitán Ismael Palmo, eran amigos suyos.  Los seis acusados de participar en el asesinato de Trujillo pidieron ver a un sacerdote y él fue escogido para atenderles.  Las presiones internacionales sobre el régimen, eran cada vez más intensas, y Ramfis persuadido por Balaguer, accedió a abrir las prisiones a la inspección de organismos internacionales.  La visita del padre Guerrero a los matadores de Trujillo se enmarcaba en los esfuerzos de Ramfis para proyectar apariencias de tolerancia ante observadores extranjeros.

El sacerdote estuvo casi medio día reunido con Salvador Estrella Sadhalá, Roberto Pastoriza, Huáscar Tejeda, Modesto Díaz, Pedro Livio Cedeño y Manuel (Tunti) Cáceres.  Al principio la conversación estuvo dominada por la desconfianza.  Pero luego la atmósfera cambió.  “Cuando se convencieron de que era en verdad un sacerdote, me hablaron sin miedo”, relataría después.  “Fue una experiencia magnífica para mí, que cambió mi manera de pensar”.

Como la mayoría de los miembros de las Fuerzas Armadas, el padre Guerrero era un fiel trujillista.  Estaba convencido de que “todo lo que era bueno para Trujillo lo era para la nación”.  Había nacido en ese ambiente, escuchándolo sin cesar desde pequeño.  El, particularmente, estaba convencido de la grandeza del Benefactor.  Creía que esa grandeza radicaba en haber convertido una finca, lo que era el país antes de su ascenso a la Presidencia en 1930, en una República floreciente.  La conversación de ese 30 de agosto, sin embargo, le permitió ver las cosas de otra manera.  Pareció descubrir de pronto que podían existir personas serias y bien intencionadas realmente que no estuvieran de acuerdo con Trujillo.

El sacerdote improvisó una misa en la pequeña sala de la prisión en que los habían dejado solos.  Los seis acusados se confesaron y comulgaron, ya que el padre fue preparado para el oficio.  Y luego les hizo un ruego sorprendente.  Ya que se cumplían tres meses exactos de la muerte de Trujillo, por qué no hacían allí una breve oración por él.

Estrella Sadhalá acalló el intento de protesta de sus compañeros y accedió, diciendo que debían demostrar que habían actuado por patriotismo “y no solamente por un sentimiento de odio” hacia el dictador.

Nadie los interrumpió cuando el sacerdote rezó el Padre Nuestro por el alma de Trujillo junto con los matadores de éste.

Esta extraña y conmovedora historia me fue contada por el propio sacerdote, cuando le entrevisté en su sede de la casa parroquial de la iglesia de Coamo, del obispado de Ponce, Puerto Rico, del que ahora es monseñor y Vicario Pastoral.  La entrevista tuvo lugar al mediodía del sábado 11 de octubre de 1990, en la sala de la casa parroquial y fue recogida en cinta magnetofónica.  Al despedirse de los prisioneros, uno de ellos, Huáscar Tejeda, le solicitó el favor de llevarle un mensaje a su esposa Lindín, una joven de Higuey, hermana de un amigo del sacerdote.  Nunca cumplió su promesa de llevarle el mensaje a la mujer desesperada por noticias de su esposo.  Concentrado en sus recuerdos de esa mañana del 30 de agosto, el párroco de San Isidro no sospechaba el domingo 19 de noviembre que Lindín jamás vería a su esposo vivo.  El incumplimiento de la promesa formulada a Huáscar Tejeda atormentó al padre Guerrero  durante años.  En nuestra entrevista me dijo que jamás había hablado de esto con nadie.  A finales de enero o comienzos de febrero de 1962, el sacerdote tuvo oportunidad de saludar a Lindin al término de una misa por las almas de esos prisioneros, oficiada por él mismo en la iglesia San Carlos, del sector del mismo nombre, en Santo Domingo.  Pero tampoco tuvo valor para hacerle el relato.

Al hablarme del caso, el padre creyó haberse quitado una carga de conciencia.

 

Hubo gente bien informada que fue tomada desprevenida.  Uno de ellos fue el doctor Marino Vinicio Castillo (Vincho), un brillante abogado de 30 años.  Como todas las mañanas, sin hacer distinción del feriado de finales y comienzos de semana, Vincho inició ese día sus actividades bien temprano.  Después de desayunar encendió la radio y escuchó, en su residencia en San Francisco de Macorís, la proclama leída por el general Rodríguez Echavarría.

No esperó escucharla por completo.  Abordó su automóvil oficial correspondiente a su rango de Subsecretario de Estado del Trabajo y pidió a su chofer, un sargento de la Aviación Militar, dirigirse a gran velocidad a Santiago.

Su decisión distaba de ser un arrebato.  Vincho tenía razones muy poderosas para creer que su puesto en ese momento crítico estaba en la base aérea de la segunda ciudad del país.  Como otros muchos jóvenes profesionales e intelectuales prometedores, Castillo pasó a tomar parte del Congreso Nacional como diputado, por decisión personal de Trujillo, en el ocaso de su Era.

A raíz del asesinato de éste, Balaguer lo atrajo a su lado designándole subsecretario del Trabajo.  Castillo fungía más que nada como un asesor del Presidente y su principal y más importante área reacción nada tenía que ver con las esferas correspondientes a su nombramiento.  Con suma frecuencia almorzaba con el Presiente y discutían temas relacionados con la situación militar.  De hecho, y sin estar amparado en ningún mandato especial, Castillo se convirtió en una especie de enlace entre el poder civil, representado simbólicamente por Balaguer, y los mandos militares.

Debido a su capacidad de observación, que el mandatario tenía a buen aprecio, y a su íntima amistad con oficiales de alta graduación, tuvo oportunidad de prever la inminencia de cambios cercanos.  En varias oportunidades este fue el tema de sus conversaciones de almuerzo con el Presidente y sus apreciaciones estaban basadas en hechos concretos no en conjeturas vacías.

A pesar de su vasta experiencia administrativa, Balaguer era totalmente ajeno a la vida militar.  Con las muy contadas excepciones del círculo alrededor de Trujillo, que había podido tratar muy protocolar y superficialmente en sus años en el Palacio Nacional, primero como secretario y vicepresidente y después como presidente decorativo designado, Balaguer quedó marginado totalmente de las intrigas militares.  Sacando a aquellos generales muy próximos a la familia Trujillo, apenas podía identificar por sus nombres al resto de la jerarquía castrense.

La utilidad del doctor Castillo se medía así en función de su capacidad para ayudarle a compenetrarse indirectamente en los complejos vericuetos del mundo militar, para él prácticamente desconocido.

Aunque la proclama del general Rodríguez Echavarría le tomara desprevenido en su residencia en San Francisco de Macorís, a unos 40 kilómetros de Santiago, el joven abogado tenía fuertes vinculaciones con el levantamiento que acababa de producirse.  Unos días antes, visitando a su amigo el teniente coronel Alfredo Imbert McGregor, subcomandante de la base, el general le convidó a dar un paseo por la pista en su Mercedes Benz oficial, para mostrarle los aviones.

Deteniéndose ante una hilera de Mustang, armados con bombas en sus alas, Rodríguez Echavarría le observó:

-¿Ves que tienen las espuelas puestas?

Intrigado, le respondió:

-General, hasta ahora lo que ha habido son disturbios y problemas de manifestaciones callejeras…

El militar tenía otra opinión.  Por eso le interrumpió.

-No.  Eso es lo que se ve.  Entre nosotros, las cosas no están muy claras.  Tan pronto como pudo hablarle a solas a su amigo Imbert McGregor, Castillo dejó sentir la preocupación que le embargaba.

-Gringo- le dijo-.  Va haber un lío, según veo.

Los vínculos de Castillo con el general Rodríguez Echavarría provenían de afectos familiares muy antiguos, que se fortalecieron a raíz del traslado de Imbert McGregor a la base de Santiago como segundo al mando.  Tras la muerte de Trujillo, Alfredo y su hermano Mario, oficiales pilotos, cayeron en desgracia por sus nexos de sangre con Antonio Imbert, uno de los principales ejecutores del dictador.  Rodríguez Echavarría intercedió personalmente Ramfis a favor de los hermanos pilotos y logró llevarse a Alfredo.  Este y Castillo eran amigos de infancia, habían estudiando juntos y jugado para un mismo equipo juvenil de béisbol, el primero como receptor y el segundo como lanzador.

Camino a Santiago, Castillo pudo observar la intensa agitación promovida por el levantamiento de apenas momentos antes.  A todo lo largo del trayecto, por la carretera, captó la creciente efervescencia entre la gente movilizándose a favor del movimiento.

A su llegada al recinto, no tuvo dudas de que se encontraba en medio de una revolución.  Las cosas, se dijo, no serán ya las mismas.  Vincho se dirigió directamente al despacho del general Rodríguez Echavarría, donde estaba su amigo Alfredo Imbert McGregor, el Gringo.

Solo un hombre en Santiago parecía verdaderamente molesto por el curso de los acontecimientos.  El teniente coronel Manuel Durán Guzmán estaba convencido de que el general Rodríguez Echavarría distorsionaba los propósitos del movimiento.  El grupo original le había asignado el mando en atención a su rango y ante la necesidad de contar con una base de operaciones.  Pero Durán no estaba de acuerdo con las operaciones militares llevadas a cabo.  Tampoco compartía la manera en que la UCN parecía escudarse detrás de la acción.

Lo que le enfurecía interiormente era el carácter despótico y unilateral que el general comandante de la base estaba dando al levantamiento.  El teniente coronel González Pomares había estado sumamente ocupado en acciones aéreas.  Le notó agotado y tenso y no le creía en condiciones de analizar desde una perspectiva más amplia y objetiva lo que él, desde su puesto de observación, podía notar ya con absoluta claridad.

Durán creyó estar presenciando ya, al mediodía del domingo 19 de noviembre, el surgimiento de un nuevo dictador.  Había que detener a Rodríguez Echavarría ahora que podía haber tiempo.  Lo que Durán no alcanzaba a comprender era que este tipo de razonamiento no tenía cabida en la mente de gente cuya prioridad parecía ser en ese momento su propia supervivencia.

Los éxitos iniciales y rotundos del movimiento, la capacidad analítica y de decisión que Rodríguez Echavarría estaba demostrando, lo hacían parecer como un auténtico líder entre su gente.  Las presunciones de Durán podían ser vistas como puras conjeturas carentes de base en tales circunstancias.  Pero él estaba demasiado indignado para darse cuenta de esto.

Subió a la torre de control de la base y pidió comunicaciones con el general Rodríguez Méndez y el teniente coronel Polanco Alegría en Barahona.  La base sureña se había unido ya al levantamiento.

Durán urgió a ambos oficiales a trasladarse de inmediato a Santiago ante su percepción de que el general se había apoderado del movimiento y adoptaba medidas que contradecían el espíritu de la conspiración que ellos tejieron pacientemente durante meses.

Los dos oficiales estaban demasiado preocupados por sus propios papeles y se sentían todavía expuestos a peligros personales.  La respuesta de ambos no pudo ser más desconsoladora para Durán:

-No te preocupes.  Tú sabes bien como es el viejo Chavá.  Eso se le pasará en dos o tres días.

El timbre del teléfono sacó al general Hermida de sus reflexiones.  El reloj de pared marcaba poco más de las doce del mediodía.  El secretario de las Fuerzas Armadas, mayor general González Cruz, le invitó a escuchar el decreto del Presidente designándole interinamente como jefe de Estado Mayor de la Aviación Militar, en sustitución del general Sánchez hijo, a quien no se le atribuían nuevas funciones.

La destitución de Sánchez era una de las exigencias planteadas por Rodríguez Echavarría a Balaguer.  Y sería la primera de una serie de medidas de orden militar adoptadas esa tarde por el mandatario para superar la crisis y consolidar su débil posición.  A este decreto siguieron otros despojando a generales de sus mandos y anulando recientes designaciones en los estamentos militares y diplomáticos.

Hermida pertenecía a una familia de gran tradición militar.  Su padre, el general Félix Hermida, había sido jefe de Estado Mayor de tres cuerpos –el ejército, la aviación y la policía- y había ocupado, además, la Secretaria de las Fuerzas Armadas.  Su hermano Mario Emilio Hermida, fue un excelente piloto, instructor de escuela de la mayoría de los oficiales activos de ese cuerpo.  Su muerte, ocurrida en un accidente automovilístico el 5 de abril de 1950, camino de San Cristóbal, consternó a la oficialidad militar dominicana.  Debido a estos antecedentes, había llevado muy buenas relaciones con los oficiales de todos los cuerpos.  Su designación al frente de la Aviación, a la que no pertenecía pues era oficial del Ejército de tierra, en las presentes circunstancias, seguramente no encontraría muchas objeciones.

Tan pronto como fue informado de sus nuevas funciones, Hermida se dirigió con sus ayudantes a la base aérea, después de asistir a la juramentación del general Luís Román como nuevo jefe del Ejército, en reemplazo del mayor general Virgilio García Trujillo.

Fue recibido en la marquesina de la jefatura por un grupo de oficiales e inmediatamente se dio a la tarea de buscarle término a la confrontación militar, estableciendo contacto con el general Rodríguez Echavarría.

Las horas siguientes le parecerían las más largas de su existencia.

Toda su vida, José Gómez Peralta deseó tomar parte en una guerra.  Cada noche hacía barcos y aviones de papeles y simulaba batallas sobre el colchón, a la hora de ir a la cama.  Pero sus fantasías de infancia apenas le hicieron gracia cuando vio aproximarse los tanques, precedidos de una larga columna de sudorosos soldados en traje de faena, y temió que por una primera vez se cumplieran sus sueños.

A sus 19 años, José, mecánico de autos y estudiante, no sintió ningún regocijo ante su primera y real visión de la guerra.  Había visto en el cine escenas similares.  Sin embargo, el sonido de los blindados sobre el pavimento de las calles de su apacible sector de Alma Rosa, era demasiado tétrico.  En comparación con sus juegos nocturnos, la guerra que parecía presentarse próxima ante sus ojos aturdidos era en extremo peligrosa.  Sintió un escalofrío recorrerle la espalda desnuda, manchada de grasa, polvo y sudor.  Dejó a un lado las herramientas y se puso de pie para contemplar el paso de los carros, hasta que la cabeza de la columna se detuviera varias cuadras más adelante.

El joven mecánico-estudiante no fue el único en alarmarse por tan repentinos visitantes.  Tras la primera impresión de miedo, las ventanas y puertas de las residencias del tranquilo sector residencial de clase media, comenzaron a abrirse para permitir la salida al exterior de centenares de curiosos.  En adición al sentimiento de temor, que compartía con los demás residentes del sector, apareció en su rostro una expresión de enfado.  Se percató que la situación de anormalidad derivada de la presencia inusual de esas máquinas de muerte le impediría satisfacer un deseo apremiante.  A todo lo que anhelaba ese día era poder asistir a una cita más tarde con su novia, a la que quedó en recoger en el otro extremo de la ciudad.  Sin hacer muchas cavilaciones, se dio perfecta cuenta de la imposibilidad de satisfacer ese deseo.

Como si se prepararan para una batalla inminente, los tanques y carros de asalto, en número que José Gómez Peralta estimó en más de cuarenta, se situaron estratégicamente bajo árboles y dentro de marquesinas de viviendas, para ocultarse además de una posible vigilancia aérea.  El capitán Grampolver Medina recorrió a paso marcial toda la extensión de la columna y dejó escapar un soplido de conformidad.  A pesar de todo estaba seguro de que en medio de la confusión y el pánico inicial, habían procedido de acuerdo con las reglas.

Un sentimiento similar dominó al capitán Pichardo Gautreaux.  Después de inspeccionar los tanques e intercambiar impresiones con sus oficiales se sintió por vez primera tranquilo consigo mismo.  No se sentía tentado de apostar a su suerte, pero creyó que a un nuevo ataque podían esta vez responder con arreglo a los manuales aprendidos.

Entonces dedicó los siguientes sesenta minutos a tranquilizar a sus soldados y a los vecinos del sector.  Alzó la mirada y comprobó que la hora marcada por su reloj, las 3:30 de la tarde, respondía a la posición del sol.  Ni él ni los demás habían tenido oportunidad de comer o tomar agua.  El hambre y la sed angustiaban a la tropa alerta en sus puestos.

Grande fue su satisfacción cuando, en forma voluntaria, los vecinos comenzaron a dar de comer y beber a los soldados.  Ahora podía entregarse a un ligero descanso.  Cerró la escotilla de su AMX y se recostó al lado del largo cañón, protegiendo sus ojos del sol con el casco protector que tenía dentro del carro.

Las negociaciones avanzaban rápidamente.  Las medidas adoptadas por el Presidente Balaguer contribuían a despejar la posibilidad de un conflicto militar prolongado.  Las destituciones de los principales mandos castrenses evaporaron los temores de alguna resistencia militar al pronunciamiento de Santiago.

Sin embargo, el general Rodríguez Echavarría tomó todavía algunas precauciones.  Mientras encomendaba al teniente coronel Gonzáles Pomares la peligrosa misión de discutir en la base de San Isidro los detalles de un arreglo bajo sus condiciones, cuidó de protegerse contra un eventual ataque terrestre.

En efecto, la destrucción de puentes y la obstrucción de la autopista de acceso a Santiago en algunos puntos entre Bonao y La Vega, tenía por objeto impedir la llegada de tanques desde Ciudad Trujillo y otros puntos.  Hasta él llegaron informes de un posible traslado de carros de asalto en patanas.  Escuadrillas de Vampiros, Mustang y AT-6 continuaban incesantemente patrullando esas zonas.

Ninguna de las misiones encargadas al teniente coronel González Pomares ese día pareció tan preñada de peligros como esta última que a las 5:15 de la tarde se disponía a cumplir esta vez a bordo de un AT-6, completamente solo.  Pero había estado tan expuesto en las últimas horas a la muerte, que no vaciló en cumplir esta nueva encomienda.

Debían aterrizar en San Isidro, que él había atacado con cohetes y bombas de quinientas libras durante la mañana, y aclarar la posición de la nueva jefatura de Estado Mayor.  Rodríguez Echavarría reclamaba al general Hermida situar los tanques en un lugar visible de la pista con las armas hacia abajo, en señal de la voluntad del segundo de acceder a las exigencias del primero.  En caso contrario, los bombardeos continuarían hasta una rendición incondicional.  Esto último podía significar el inicio de una verdadera guerra civil.

Consciente de los riesgos de su nueva misión, González Pomares tomó su pistola 45, la rastrilló, lista para su uso, y la colocó entre sus piernas.  Sorprendido de su propia serenidad y sangre fría, el oficial desechó cualquier pensamiento ajeno a su peligrosa misión al alzar vuelo de espalda a los declinantes destellos crepusculares.

En Alma Rosa, entre tanto, la columna de blindados inició el camino de regreso a la base.  Temerosos de que la movilización implicara la reanudación de hostilidades, cientos de personas se aglomeraron alrededor de los vehículos en movimiento, pidiéndoles que no se lanzaran a la muerte.  La gente que había dado de comer y beber a los soldados y oficiales e intimado con ellos en las tensas horas previas, ignoraba la existencia de un parlamento.

Llorando, exhibiendo efigies de Cristo y rezando en voz alta, con relicarios entre las manos, la multitud creía que la movilización era la señal de un ataque de tanques contra la base, donde muchos de los vecinos tenían parientes de servicio.  Los rostros de los oficiales estaban demasiado tensos como para convencerlos de lo contrario.

Cuando la columna avanzó sobre la autopista hacia San Isidro, en las proximidades de Hainamosa, una escuadrilla de aviones supersónicos norteamericanos procedentes del portaviones Bóxer, rompió en formación sobre ella y los carros se desperdigaron a ambos lados de la vía, ocultándose en la espesura.  Los oficiales llamaron a la base y los aviones se perdieron a gran altura en el horizonte.  Los blindados reanudaron su marcha y penetraron unos quince minutos después al recinto de la base aérea.

Siguiendo las instrucciones de la nueva jefatura de Estado Mayor, los comandantes de compañía dejaron los tanques y carros de asalto a un lado de la pista de aterrizaje y se retiraron a sus unidades, deteniéndose primero en sus casas de los barrios de oficiales y alistados del recinto.

En previsión de un nuevo ataque sorpresa, ninguno de ellos dormiría esa noche en sus habitaciones.  Lo harían a la intemperie, dentro de los bosques, sometidos a una fuerte presión.

Desde su cabina de piloto de un AT-6, González Pomares divisó a distancia los carros blindados colocados a un lado de la pista y aterrizó tras efectuar dos giros en torno a la base.  Eran poco más de las 5:40 de la tarde, cuando el jeep conducido por el teniente coronel piloto Guarién Cabrera fue a recibirle casi ante el mismo aparato.  Antes de descender, enfundó la pistola que traía entre las piernas, tomando la precaución de mantenerla martillada con la canana abierta, por si le fuera necesario usarla.  Apenas intercambió unas cuantas frases de saludo con Cabrera en el corto trayecto hacia la jefatura, donde aguardaban  impacientes miembros de la alta oficialidad de la Aviación Militar.

En el atestado despacho del jefe de Estado Mayor, González Pomares distinguió al nuevo titular, general Hermida, al coronel Figueroa Carrión, a los tenientes coroneles Ramos Usera y Luna Pérez, y a un espigado oficial de Estados Unidos, identificado como el coronel Ed Simmons, y un asistente de éste, vestido de paisano.

Su mensaje era de que bajo las nuevas circunstancias, todos los miembros de la familia Trujillo así como sus allegados más cercanos debían salir de inmediato al exilio.  Figueroa Carrión reaccionó con un ligero mohín, imperceptible para la mayoría de los presentes:

-¿Significa que yo debo salir también?- preguntó.

-Yo no he mencionado nombres- le respondió.

Simmons intervino para reprocharle el haber atacado la base sin dar cuenta antes e sus propósitos.  Su contestación sorprendió al propio González Pomares.

-Ustedes los norteamericanos sabían lo de Pearl Harbor y no dijeron nada.

La tensión que caracterizó los primeros minutos del encuentro amainó rápidamente.  San Isidro accedió a los reclamos del general Rodríguez Echavarría y su enviado regresó a Santiago con el último laurel del triunfo en sus manos para aquel, que así se convertía en la primera figura militar del país, en su verdadero hombre fuerte.

Todo el poder que Ramfis en los últimos meses concentrara para sí, pasaba ahora a manos suyas.

De la reunión, el coronel Figueroa Carrión, comandante del Batallón Blindado, fue a unirse a las fuerzas de su guarnición que habían optado por pernoctar en los bosques contiguos a la base, alrededor de su campamento.  En la que sería su última noche como oficial activo, prefirió compartir la ingrata suerte de sus compañeros en lugar de la confortable tranquilidad de su hogar de la calle Pasteur, donde le esperaban Flor, su esposa, y sus tres hijos pequeños, con las maletas preparadas para un largo viaje al extranjero.

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