Hechos violentos en Guajimía destapan cruda realidad de las zonas más pobres de RD

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El barrio ha sido escenario por largo tiempo de enfrentamientos entre bandas, por el control de puntos de drogas, que terminan en muerte o la cárcel. La psicóloga Leyshy Cabrera considera que criarse en barrios con altas tasas de delincuencia y crímenes impacta de manera negativa a muchos jóvenes que adoptan este estilo de vida como normal.
Criarse en barrios con altas tasas de delincuencia y crímenes sigue impactando de manera negativa a muchos jóvenes que adoptan este estilo de vida como normal

Los barrios más pobres tienden a tener tasas más altas de delincuencia, crimen y violencia. Lamentablemente, hay niños y niñas, que además de nacer en una familia disfuncional, les toca crecer en un entorno contaminado por el desorden social, donde asocian como normal el casarse a temprana edad o el vender drogas como un trabajo con el que obtienen poder y dinero fácil, lo que siempre conduce por el camino de la violencia, la cárcel o la muerte.

Aunque hay quienes se escapan y se liberan de adoptar en su vida ese infierno, hay otros que han quedado atrapados sin un final feliz.

La primera vez que visité la famosa cañada de Guajimía (en la parte que atraviesa la zona de Buenos Aires de Herrera), cuando aún ni se hablaba de su saneamiento, lo hice porque mi padre tenía varios negocios en esa zona. Fue en el año 2006, cuando apenas era una adolescente. Desde ese día, ese lugar me pareció “otro mundo”, por el simple hecho de que veía cosas que no estaba acostumbrada a ver en el entorno en que crecí a pesar de estar en el mismo barrio.

Violencia, delincuencia, bandas, drogas, contaminación... era lo que predominaba. En esa época, seguí yendo a los negocios con mi padre, pero había algo que no entendía, y era cómo niños, adolescentes y jóvenes, de ambos sexos, se involucraron en drogas y bandas como algo normal y nadie hacía nada; y cómo la mayoría de adolescentes se casaban con delincuentes, como si resultara algo envidiable para los demás.

Violencia entre bandas

Para esa época, recorrer calles como la 12, la 10, la 3, Respaldo México, la España y Guajimía (que atraviesa gran parte del municipio de Santo Domingo Oeste) y la 46 de Buenos Aires de Herrera, resultaba un juego al azar para quien lo hacía, porque no se sabía si ese día le tocaría el turno de encontrarse en el medio de una balacera entre bandas (lideradas por adolescentes y jóvenes) en disputa por puntos drogas.

La guerra estaba declarada entre los de Guajimía y la Respaldo México con los de la calle 12 y 46 del mismo barrio, donde en muchas batallas hubo quienes no salieron ilesos o con vida.
Adolescentes y jóvenes lideraron la violencia que allí se vivía: preparaban bombas caseras, andaban con ‘chilenas’ y machetes, armas que exhibían como una forma de inspirar respeto y miedo.

En esa zona, cuando anunciaban o sucedían esas riñas, había que permanecer con los negocios y casas cerradas, por temor a ser heridos o ser atracados por la banda visitante, que aprovechaba el evento para surtirse.

Con estas riñas, las muertes ocurrían con mucha frecuencia, ¡era el verdadero infierno!

Día a día y jerga

Era habitual ver en los techos de las casas, jóvenes con ‘walkie talkie’ (radios por las que se comunicaban), a quienes se les escuchaba decir “¡cotumo pa’ bajo!”, avisando que iba algún desconocido o comprador de drogas para su punto. Asimismo, se les escuchaba decir: “¡ahí vienen los burros!”, cuando se referían a la policía, algunos de los cuales se les veía visitar la zona para cobrar los famosos “peajes” para que pudieran seguir esas operaciones ilícitas. Esa era parte de la jerga, que poco a poco y sin darnos cuenta, íbamos entendiendo los que estábamos divorciados de ese mundo.

Muchos de esos niños, adolescentes y jóvenes que en Guajímía crecieron, unos donde toda su familia formaba parte de una banda, y otros hijos de gente que nunca se involucró en hechos delictivos, lamentablemente guardan un lugar en las cárceles del país y otros en un cementerio.

Han sido muchos los casos que han retumbado en esa zona. Entre ellos, sólo señalaremos los siguientes, que es probable que recuerdes:

Hombre asesina su pareja de 16 años

Hace unos días, lamentablemente, fue encontrado el cuerpo sin vida de una joven, de 16 años de edad, en el interior de un tanque de agua, en un hecho ocurrido en la zona de la cañada de Guajimía, en el barrio Duarte de Herrera.

La joven, identificada como Génesis Crismel Arias Soto, fue asesinada por su pareja Angeny Antonio Mambrú Cruz, de 39 años de edad, quien se encuentra detenido en el destacamento de la Policía Nacional de la zona.

Así como estos hechos, hay muchos más, que, aunque a principio del año 2,000 no trascendiera en la prensa o no quedaron registrados en la internet, sí quedaron registrados como un mal recuerdo entre mucha gente.

Ante todos estos hechos mencionados: ¿es posible que el entorno donde crecieron estos jóvenes influyera en las decisiones fatales que tomaron ? A esta y otras preguntas responde la psicóloga infanto-juvenil, Leyshy Cabrera, del Centro Vida y Familia.
Por supuesto que sí, los seres humanos nacemos con un potencial individual, sin embargo, el entorno en el que nos desenvolvemos nos moldea para actuar de una manera determinada y, en consecuencia de esa combinación entre recursos internos y externos, operaremos de una forma específica. Esto explica que el desarrollo humano es producto de una serie de cambios que se dan a partir de la interacción con el ambiente.

Existe lo que se conoce como desarrollo cognoscitivo, que se refiere a la manera en que generamos y asimilamos el conocimiento, y el desarrollo socioemocional, que es un proceso que se da para construir la identidad personal y nos permite interpretar la emocionalidad de uno mismo y del entorno. A pesar de ser conceptos diferentes, ambos actúan en conjunto, no se da uno sin el otro, lo que manifiesta cómo el lugar en donde nacemos influye en quienes seremos.

Lo antes mencionado, sumado a estar bajo una familia disfuncional, ¿cómo puede influir?
Cuando se habla de la palabra disfuncional automáticamente pensamos en que algo no funciona. Si nos vamos a nivel familiar, nos da un claro panorama de que las necesidades básicas no están cubiertas. ¿Cuáles son estas necesidades? Pues alimentación, descanso, seguridad, afecto, amistad… cuando las mismas no están satisfechas por lo general van dejando una secuela, no sólo a nivel emocional, sino también neurológico. Si por ejemplo, un niño está expuesto a un entorno en que experimenta de manera constante algún tipo de abuso o evento traumático, su estructura cerebral va a presentar alteraciones en varios dominios, por lo general, en la atención, memoria y su funcionamiento ejecutivo, pero no son los únicos y puede variar entre una persona y otra. Esto ha sido comprobado científicamente y es necesario que la población lo conozca y se dé cuenta de que el maltrato, las agresiones, los abusos y traumas, también impactan de manera significativa al individuo.

¿Pueden los niños confundir como algo normal lo ilícito que sucede en los barrios cuando están expuestos directamente?
Naturalmente, ya que como hemos venido explicando las pautas sociales se establecen en el seno del entorno más próximo. Los padres, maestros, los amigos y la comunidad influyen en la construcción del conocimiento de los niños, por lo tanto, van a normalizar todo aquello que sea cotidiano a partir de los principios éticos y morales que le sean instaurados y la forma en cómo lo interpreta.

¿Qué comportamientos pueden llegar a tener los niños y adolescentes, que deben encender las alarmas de los padres?
1. Cambio en su comportamiento. Por ejemplo, cuando se plantean: “ya no parece mi hijo”.

2. Se encuentran reactivos o irritables.
3. Miedo excesivo o irracional.
4. Rechazo repentino e importante hacia un lugar o persona.
5. Enuresis o encopresis.
6. Insomnio o hipersomnio.
7. Agresividad.
8. Bajo rendimiento académico.
9. Dificultad para atender o memorizar.
10. Aislado y poco comunicativo.

 ¿Cómo pueden evitar los padres que los barrios en los que crezcan sushijos se conviertan en su condena?
Ser padre es uno de los roles más complejos de asumir; requiere de un manejo emocional muy rico, de equilibrio, sabiduría y flexibilidad. Por lo general, las personas sólo buscamos apoyo cuando las cosas se han salido de control y es un grave error; no hay nada más efectivo que la prevención, con esto me refiero a que como madre o padre tienen el deber de procurar educarse de manera constante; de saber pedir ayuda y en qué lugar hacerlo; identificar si necesitas un consejo o una orientación profesional; asegurarse de que ese profesional está especializado en eso que necesitas.

Cuando te conviertes en padre o decides asumir la crianza de una persona, es necesario que definas qué quieres depositar en él, con qué recursos cuentas, cómo lo puedes lograr y lo más importante, supervisar si ese niño o adolescente está en sintonía contigo, entendiendo que no eres su dueño y que no está en tu vida para cumplir con tus expectativas.

Sobre esos jóvenes que adoptaron o aprendieron conductas violentas y se aliaron a bandas delictivas porque fue lo que vieron desde niños, ¿existen formas de ayudarles?, ¿cómo puede lograrse?
Por supuesto que sí. A nivel gubernamental existen programas de reinserción social, que bien operados son efectivos. Actualmente en República Dominicana hay un claro debate respecto a la falta de compromiso e interés gubernamental en cuanto a lo que a salud mental se refiere, por lo tanto, como sociedad carecemos de recursos óptimos y de desinformación al punto que lo normal es considerar a estos jóvenes como una causa perdida, olvidando esto tan importante que hemos expuesto hoy.

¿Deben tener las autoridades un plan en favor de los barrios más empobrecidos?, ¿cuál sería?
Sí, todos los países alrededor del mundo y mucho más aquellos que pertenecen a la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud, tienen el deber de cumplir y velar por las políticas sanitarias para resguardar la salud de la población. En dichas políticas están expuestos los objetivos y cada país debe desarrollar protocolos y derivar recursos para toda la población, considerando como punto de partida a los más vulnerables.

Leyshy Cabrera, psicóloga.

Banda Gilbert/Guajimía

En el 2013, uno de esos niños que Guajimía vio crecer, salió a la luz pública por el asesinato de cuatro personas. Él era “Gilbert de Guajimía”, quien habría cometido los hechos junto a uno de sus hermanos conocido como “El Topo”. Gilbert era descrito por las autoridades como miembro prominente y gatillero de una banda.

El poder que adquirió Gilbert traspasaba las fronteras de Buenos Aires, Las Palmas y Las Caobas, amparados en la complicidad y apoyo de jefes policiales y militares, que conocían todas sus actividades y recibían dividendos y beneficios económicos y materiales.

En su momento, la Policía dijo a los medios de comunicación que “la banda de Gilbert era un grupo muy peligroso, integrado por hombres muy jóvenes y algunos adolescentes que lo único fácil y seguro que saben hacer es matar y defender fieramente sus negocios de drogas. Andan fuertemente armados y reciben apoyo de vecinos”. Luego de eso, Gilbert murió a tiros en enero del año del 2013 luego de meses de persecución por parte de la Policía.

Caso de asesinato

En esta historia, al protagonista le llamaré “Luisito”. Era un adolescente servicial, cariñoso, sin indicios de delincuencia. Su madre, una mujer trabajadora, y su padrastro, un hombre recto que no le gustaba lo mal hecho. Por otro lado, su hermano era todo lo contrario, ya que era reconocido por ser un hábil ladrón. Con el tiempo, “Luisito” fue cambiando, hasta el punto que participó en un asesinato, crimen que lo mantiene preso desde los 18 años. Este suceso, abrió una interrogante entre mucha gente que lo conoce: “¿qué le pasó? Él no era así”.

Óliver Minaya/caso David Ortiz

Otro de esos niños que nació y creció en Guajimía, Buenos Aires de Herrera, era Óliver Moisés Mirabal Acosta, uno de los catorce imputados por el ataque armado en el que el 9 de junio del 2019, donde resultó herido de bala el ex beisbolista de Grandes Ligas David Ortiz. Además, era acusado de participar junto a otra persona en el homicidio de Edward Batista Guerrero y Héctor Ventura, en enero de ese año en el sector de Buenos Aires de Herrera.

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