De Ángela Hernández sabemos que nació en Buena Vista, un municipio de Jarabacoa, en la provincia de La Vega. También que se graduó de ingeniera química en la UASD, lo que en cierto modo explicaría las transmutaciones que se notan en su manejo del lenguaje en los cuentos que hemos leído. Ángela es madre de dos hijos, además, y alguna vez, en una entrevista anterior, supimos que estaba haciendo un curso de fotografía.
Mujer inquieta, estudiosa, además de haber ganado varios premios literarios y de trabajar como profesora, integró el Círculo de Mujeres Poetas fue miembro fundador del Grupo de Mujeres Creadoras.
Es autora de una novela titulada Mudanza de los sentidos, y obtuvo dos veces el Premio Nacional de Cuento, y otro libro suyo, Alicornio, ganó el Premio Nacional de Poesía.
El libro que nos ha llegado de Ángela Hernández se titula Masticar una rosa y otros cuentos antologados, de Editorial ABC, relatos que escribió en diferentes épocas de su vida y que fueron extraídos de diferentes antologías publicadas en distintos países, como Argentina, República Dominicana y España.
Los relatos de Ángela Hernández transcurren en diferentes planos de la realidad y, en el caso de la mayoría de estos cuentos, el ámbito rural y campesino se presenta como el escenario primigenio de cada situación inicial pero el paisaje, la naturaleza circundante, la vegetación y los cursos de agua se transforman y transforman a los personajes que pasan a convertirse en habitantes de realidades oníricas o más parecidas a los paisajes donde transcurren los sueños, porque los hechos narrados tienen esa característica, un pequeño poblado rural que en apariencia nada tiene de extraordinario, adquiere un carácter mágico, típico de lo real maravilloso que define Alejo Carpentier en sus ensayos.
En el primer relato Masticar una rosa, una niña de un hogar pobre y de familia numerosa disfraza la terrible realidad de pobreza en que transcurre su existencia con una visión casi mágica de la vida: “…Yo era dichosa en la alquimia de la ristra de ajo, los granos de habichuela agrandándose, las mezclas olorosas de las naranjas agrias con los ajíes picantes, las transformaciones que sucedían a mis juegos”. Esa niña que nunca tuvo zapatos recibe una vez un par enviado por un hermano que se convirtió en guardia, pero esos zapatos jamás le quedaron bien, le lastimaban los pies y la esperanza de un nuevo par se desvanece también con el hermano muerto por guerrilleros en un enfrentamiento, y finalmente ella descubre que no solo los ángeles están descalzos, sino también los muertos, que no necesitan zapatos porque ya no pisan el suelo, y se consuela con que su hermano fallecido también ya debe de haberse quitado las gruesas botas militares y en cierto modo se parece a ella, que tampoco entra en ningún calzado.
Telegrama es un relato que convierte en una especie de agorero al empleado de correo en un pueblo donde la gente ha aprendido a diferenciar las cartas de los telegramas: las cartas pueden traer buenas noticias, pero los telegramas nunca, si dicen que alguien está grave, es porque está muerto, así la gente evitaba mirar de frente al mensajero, como si esa evitación sirviera para ahorrarse un disgusto. La niña protagonista del relato toma un telegrama que ha llegado a la casa y, antes de que su madre pueda leerlo, lo arroja al fuego, como si con eso estuviera quemando también las malas noticias que traía.
El mejor es el título de otro relato del libro, cuyo protagonista es un integrante “de los servicios”, un agente que se considera él mismo uno de los mejores hombres de esa organización del Estado, que se vanagloria de los “trabajos” impecables que ha hecho, y que es designado por su coronel para “encargarse” de una integrante de un grupo terrorista. La sola palabra dispara la imaginación del lector mientras que la descripción del grupo, que tiene varios integrantes, es los suficientemente vaga como para resaltar su peligrosidad. El problema es que a este “agente” le toca neutralizar a una mujer, lo que para él significa una tarea que no está a su altura, una ofensa para alguien que está sobrecalificado para ese trabajo.
La mujer lo recibe en su apartamento, lo invita a tomar café, le enseña a jugar al ajedrez, lo que a este hombre le sirve para estudiar el lugar donde ella vive, comprobar que no hay otros terroristas en el lugar y, cuando se va de esa residencia, sucesivas arcadas lo tiran al suelo mientras la gente se arremolina a su alrededor y el alcanza a musitar “brujería” y es en ese momento cuando se da cuenta de que su pistola calibre 45 ha desaparecido.
Amo tres hombres es otro relato en el que la poliandría es apenas un detalle en la vida de una mujer que está, efectivamente enamorada de tres sujetos, Juan, Mar y Rodolfo, cada uno de ellos con características diferentes y que, como nos aventuramos a imaginar que pudiera suceder con los hombres que comparten una mujer, son diferentes entre sí y apenas se toleran o acaso se odian. La protagonista no lo aclara, pero lo da a entender, porque mientras uno trata de disuadirla de ingresar a la universidad el otro la alienta, mientras Juan militó en diferentes partidos, Rodolfo recorrió todos los espectros de la izquierda y, según la mujer, en el tramo final indefectiblemente coincidirían, aunque con frustraciones de distinta naturaleza. Ella piensa que la imposibilidad de que los tres puedan confraternizar se debe al tiempo que le dedica a cada uno porque, precisamente como sucede en toda relación, más cuando se trata de algo que pudiera parecerse al “poliamor”, aunque ese término no aparece en el relato, ella no ha alcanzado el don de la ubicuidad.
Los relatos de Ángela Hernández transcurren en un territorio en el que la magia se apodera de la realidad circundante y trasciende la lógica para parecerse a todo lo que se sueña o se puede percibir en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia, cuando las situaciones oníricas se presentan con suficiente certeza como para parecer reales, y se quedan en un plano intermedio entre lo concreto y lo soñado.
Hay más cuentos en este libro, que tienen las mismas características y que sería imposible reseñar en una sola página, porque la creatividad y la imaginación de la narradora se multiplica en cada personaje y en cada historia.
Ángela Hernández nos pasea por un territorio que en cierta medida se parece, y creo que en este caso cabe la referencia, al mundo al que Dante, de la mano de Virgilio, se asoma en la Divina Comedia para conversar con los ángeles y los demonios y, con la misma maestría de Dante, consigue salir ese paisaje, que por momentos es encantador y otras veces brutal, con su dominio del lenguaje, con la belleza de las imágenes que traza en su discurso, textos maravillosamente trabajados que sumergen al lector en un ámbito del que al regresar ya no será el mismo que cuando entró.
