¿Es naturalmente bueno el ser humano? ¿Quién (o quiénes) lo transforman en “un lobo para el hombre”? ¿Fluye el crimen inexorablemente apareado con su castigo? ¿Existe en el humano una auto expiación originada por la conciencia moral? ¿Es creíble el desasosiego de Rodia Raskolnikov tras asesinar a puros hachazos a las hermanas Alena e Isabel Ivanovna, en esa Rusia de noches blancas que el gran Fiódor Dostoievski llevaba en el alma?

El crimen originario, fundacional, nos llega envuelto por el mito. Una sombra trastornada de envidias, llamada Caín, golpea y mata su reflejo medroso, nombrado Abel…

Aristóteles

En el mundo palpable será Aristóteles (en su obra La Política) quien primero imagine hasta qué punto la igualdad de propiedad de los ciudadanos de Calcedonia (según el proyecto de Faleas) podría evitar el crimen y la revolución.

Si bien la culpa está motivada también “por un desequilibrio de deseos individuales”, Aristóteles propone: “Los hombres se ven arrastrados al crimen no sólo por carecer de lo necesario […] sino también por la necesidad de dar amplitud a su deseo de gozar en todos sentidos”. Aunque, quizá, el más sabio aporte del estagirita resida en vincular el delito a una intangible “condición moral de los individuos”.

El gran pensador lo advierte: “lo superfluo, y no lo necesario, es lo que hace que se cometan los grandes crímenes”. Al final, Aristóteles concluye que “el expediente político propuesto por Faleas únicamente es una garantía contra los crímenes de poca importancia”.

Thomas Hobbes

En las obras Los elementos de la ley: natural y política y Del ciudadano, el filósofo inglés Thomas Hobbes define las bases de su pensamiento político, que serán luego perfeccionadas en el celebérrimo Leviatán. Hobbes sostiene una visión egoísta del hombre. Su voluntad y sus acciones están movidas por el deseo de un bien o la aversión hacia algo que se presume perjudicial.

Afirma Hobbes: “Por el miedo y la razón es que los individuos pactan para salir del estado de naturaleza”. Una planicie de espontánea igualdad donde “el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el mismo peligro que él se encuentra”. Por otra parte, si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos. Y en el camino que conduce al fin tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro.

“Si alguien planta, siembra, construye o posee un lugar conveniente –ha dicho Hobbes– cabe probablemente esperar que vengan otros, con sus fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de su vida o de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el mismo peligro con respecto a otros”.

Se da así la guerra común de todos contra todos, la cual para el filósofo inglés es la peor de las situaciones: “No existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar […] y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve”.

La salida se da mediante un pacto de sujeción-unión, en el cual los hombres de común acuerdo renuncian a su derecho sobre todas las cosas y ceden su capacidad de castigo a un poder común: el soberano (el Estado) o Leviatán. Vemos, de tal forma, como toda la teoría política de Hobbes se funda sobre el miedo y el deseo humano de seguridad.

A diferencia de Aristóteles, Hobbes piensa que la forma de disuadir el crimen no es la educación, sino la punición. Es el castigo, o la amenaza del mismo por parte del soberano, el que no solo combate, sino que también previene el crimen. Los acuerdos sin la espada –dice Hobbes– no son más que palabras.
Gary S. Becker

En su ensayo Crimen y castigo: un enfoque económico (Crime and Punishment: An Economic Approach; 1974) el economista norteamericano Gary S. Becker (profesor de la Universidad de Chicago y Nobel de Economía en 1992) señala: “En primer lugar, la obediencia a la ley no se da por sentada, y se invierten recursos públicos y privados generalmente tanto para prevenir delitos como para aprehender a los delincuentes [,,,] La condena no suele considerarse un castigo suficiente en sí mismo; se imponen castigos adicionales y a veces severos a los condenados. ¿Qué determina la cantidad y tipo de recursos y castigos utilizados para hacer cumplir una legislación?”.

Becker enuncia aquí la existencia de una decisión racional, intuitiva, detrás de los delitos. Y que delinquir, muchas veces, deviene rentable. En consecuencia, los ladrones o asesinos serán actores racionales que en el fondo buscan maximizar su bienestar como cualquier otra persona. De este modo asoma en Becker la visión de que prácticamente cualquier individuo puede convertirse en criminal: sólo le basta sopesar los costos y beneficios de su acción para decidirse o no a transgredir la ley.

Dueño de un poderoso bagaje matemático y de teoría económica, el premio Nobel norteamericano le abrió espacio al análisis financiero de costo/beneficio en las más recónditas diligencias del comportamiento humano: el matrimonio, la drogadicción, el racismo, el suicidio, las migraciones, el altruismo, la sociobiología…

Carlos Marx

Marx coincide con Hobbes en un punto esencial: el derecho es fruto del poder (ejemplo: la pelea entre un hombre y un tigre). En La ideología alemana se explica claramente la relación entre la estructura material y la superestructura, donde el derecho es únicamente un corolario del poder basado en la propiedad del capital. Según Marx (distante aquí del razonamiento de Aristóteles), la criminalidad está ligada férreamente a la médula misma de “un sistema social que aumenta su opulencia sin reducir su miseria, y aumenta en crímenes aún más rápidamente que en números”.Según Marx, el crimen parecería ser un efecto de la miseria, es decir una salida de los oprimidos, frente a un sistema que los empobrece cada vez más.

Luego, en Elogio del crimen (un texto escrito entre 1860 y 1862), Carlos Marx se lanza a un abismo de sociología sarcástica cuando expresa: “EI filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. EI delincuente produce delitos”. Pero el crimen, asimismo, “produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran, no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller, sino incluso el Edipo [de Sófocles] y el Ricardo III [de Shakespeare]! Sin contar, además, que “el delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y, provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas”.

De la misma manera, Marx dirá que el criminal ya no es aquel que hace peligrar la sociedad, transgrediendo las leyes del soberano, sino que hasta posee una función beneficiosa: “el crimen descarga al mercado de trabajo de una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario”. Al mismo tiempo, “la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población”.

En un segundo nivel, la lucha contra la criminalidad favorece la innovación tecnológica, ya que (asegura Marx) “se pueden mostrar en detalle los efectos del delincuente sobre el desarrollo de la capacidad productiva. ¿Las cerraduras hubiesen llegado alguna vez a su actual grado de excelencia, si no hubiesen existido ladrones? ¿La fabricación de billetes de banco habría llegado a su perfección actual si no hubiese habido falsificadores? ¿Acaso la química práctica no debe tanto a la adulteración de las mercancías y los esfuerzos por descubrirla, como al honesto celo por la producción? El crimen, gracias a sus métodos siempre renovados de ataque contra la propiedad, procrea constantemente nuevos métodos de defensa, con lo cual “se revela tan productivo como las huelgas para la invención de las máquinas”.

(Surgen las preguntas: ¿Cómo describes a un comunista? Es alguien que lee a Marx y Lenin. ¿Y cómo describes a un anticomunista? Es alguien que entiende a Marx y Lenin. Con todo, lo probado, lo indiscutible es que el marxismo no funciona. Una aberración política vapuleada en todas partes: ¿Cómo rayos habría de tener éxito en Venezuela, Cuba o Nicaragua un sistema que no anduvo en naciones como Alemania o Checoeslovaquia? Durante años, Karl Marx garabateó insanias de economía política obscura e historical-fiction. En este caso, ¿habrá dado en el clavo el Marx que con amarguísima acrimonia escribiera el Elogio del crimen?).

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