“De Santo Domingo más particularmente hablando, digo que en cuanto a los edificios, ningún pueblo de España, tanto por tanto, aunque sea Barcelona, la cual yo he muy bien visto numerosas veces, le hace ventaja generalmente… el asiento mucho mejor que el de Barcelona, porque las calles son tanto y más llanas y mucho más anchas y sin comparación más derechas; porque como se ha fundado en nuestros tiempos… fue trazada con regla y compás y a una medida las calles todas, en lo cual tienen mucha ventaja a todas las poblaciones que he visto”.
GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO
(Sumario de la natural y general historia de las Indias; 1526)

Trazaban las calles a ‘cordel’. Armaban cuadrículas como en una ciudad romana. El plano de Nicolás de Ovando traía la escala del manual militar: 2 a 3 como dominios de latitud y longitud en el solar habitado. Asomaba al Mundo Nuevo la avidez imperial de Isabel y Fernando.

El virrey Diego Colón y Perestrello arriba a Santo Domingo, como gobernador de la isla, en 1509. Viaja con su esposa María de Toledo, sobrina del duque de Alba y sobrina (segunda) del Rey Fernando. Un séquito numeroso los acompaña. El ambiente colonial será otro tras la llegada del primogénito de don Cristóbal. Grandes nombres caminarán entonces en la ciudad: “Villorios y Lebrones, / Argüeros y Verdecías y Bazanes. / Los Ávilas, los Vargas y blasones / De Mendozas, Manriques y Guzmanes”.

Alrededor de 1550, Santo Domingo, con 3,500 habitantes, es la ciudad más poblada de las Antillas. “Hay un aire completo de pequeña capital”, dirá alguien. Justo cuando se avecina aquel eclipse de 350 años.

El Conde es una de las calles más viejas de América. Fue construida durante la gobernación de Ovando (1502-1509). En su desabrigo ancestral, cambió muchas veces de nombre: calle Real, de la Carnicería, Clavijo, Imperial, Navarijo, Separación, 27 de Febrero y (desde 1934) El Conde.

Apenas vivió la calle dos huidizas décadas florecientes: los 40 y los 50 del pasado siglo. Pero la capital se transforma después de los 60. Y el escenario propicio de los cambios será El Conde. Las reuniones y los alborotos alejan (y, poco a poco, reemplazan) las familias. Se aparta asimismo la clientela de bares, tiendas, cafeterías y cines.

El Conde, que fuera alma y cuerpo y andadura de la ciudad extraviada, hoy sólo vive como aturdimiento de melancolía. Acaso en la vana sacralidad de un presuntuoso déjà-vu.

He tratado pocas personas con la memoria y la organización mental de Hans Paul Wiese Delgado. Él escribió un best-seller de casi 700 páginas, con tres ediciones: ‘Trujillo: amado por muchos, odiado por otros, temido por todos’.

Hans (que falleciera en el 2001) conoció la carta de Manolito Baquero acerca de la vida en El Conde durante los años 40 y 50. Días después de leer aquella misiva, Hans me envió un recuento que amplía las evocaciones de Manolito. Con claridad aterradora, asimismo, él esboza una cartografía milimétrica de la calle El Conde y sus vecindades. Era el momento en que conatos de prosperidad avivaban farolas en la añosa vereda ennoblecida, tres siglos atrás, por el arrojo de don Bernardino de Meneses y Bracamonte, Conde de Peñalba.

Para júbilo de nostálgicos y de historiadores, he aquí la regia descripción de Hans Wiese. (PDM)
Apreciado amigo:

He leído con sumo deleite la carta de Manolito Baquero a Giovanni Ferrúa. En adición a esas notas tan bien descritas por Manolito, deseo permitirme agregar algunas informaciones que atesoro dentro de las células vivas de mi cerebro. Me temo que las mismas carezcan de la gracia y el fino humor con que él escribía.

Yo fui amigo de Manolito hace ya muchos años. Nos conocimos el 1ro. de diciembre del año 1946 cuando ambos trabajábamos en la Esso Standard Oil, cuyas oficinas principales estaban ubicadas en la calle Mercedes esquina 16 de Agosto y Pina. En los bajos estaba la bomba de gasolina de Don Luis Amiama Tió. Manolito trabajaba en el departamento de Ingeniería y Arquitectura. El jefe del departamento era el Ingeniero Arquitecto Alton B. Schultz, el subjefe era el Ingeniero Andrés Freites Barreras y Manolito era el Arquitecto. Jovial y alegre, cumplidor y trabajador, estaba siempre en su trabajo a las 8:00 a.m. Frecuentemente viajaba a Haití, Jamaica, Bahamas y Bermudas a supervisar los trabajos en las distintas divisiones, todas las cuales estaban bajo la dirección de la Oficina Principal de Ciudad Trujillo (en esos años). Su directivo principal era Richard C. Horne, quien acompañado de Robert Motion, Gerente de Operaciones, de Wilfred Westgard Sill, Gerente de Ventas, dirigían todos los negocios de los cinco países indicados.

Yo salía una noche, después de estudiar largas horas en la Biblioteca Escolar Pública localizada en esos años 40 en la Calle Padre Billini esquina Santomé, y dirigía mis pasos hacia la Calle El Conde. Después de pasar por el frente del Hospital Padre Billini, de la casa del Dr. Manuel E. Perdomo, de la de Don Humberto Landolfi y de la familia Perrota, al llegar a la Calle El Conde esquina Santomé me detuve al escuchar que la sirena del Listín Diario daba dos largos sirenazos. El Listín Diario estaba localizado en la Isabel La Católica esquina Pellerano Alfau, que hoy es un paseo del Palacio del Arzobispado (donde vive el Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez), a la Puerta de la Fortaleza Ozama. En esos años que recuerdo, tres sirenazos significaban noticia internacional, dos significaban noticia del país. Muchos sirenazos indicaban fuego. Entonces había una pizarrita de unos 4×6 pies en la que con tiza blanca daban las noticias. Esa pizarrita estaba en la pared que daba hacia la Isabel La Católica. Fueron muchas las noticias que leímos en esa pizarrita, durante la Segunda Guerra Mundial, entre ellas recuerdo la ocupación de París por los alemanes, los bombardeos de Londres, el hundimiento del Buque Insignia de la Gran Bretaña, el “Hood”, así como el hundimiento del Acorazado alemán “Bismark”, la ocupación de Polonia, Dinamarca, Noruega, la guerra en los Balcanes y en el Norte de África. El General Rommel de Alemania (el Zorro del Desierto) y el General Montgomery de Inglaterra frente a frente…

Al escuchar los dos sirenazos encaminé mis pasos hacia el Listín Diario y allí decía la pizarra: “Acaba de fallecer en esta ciudad el eminente hombre público Don Jacinto B. Peynado, Honorable Señor Presidente de la República, tras sufrir penosa enfermedad”.

Al leer la noticia y enterarme del fallecimiento de Don Mozo (así le llamaban) sentí gran tristeza, pues era muy amigo de mi padre, quien muchas veces le acompañó en las tertulias literarias y sobre temas musicales que Don Mozo sostenía con sus amigos debajo de un frondoso árbol en el Parque Colón.

El árbol estaba en la esquina que formaba entonces la Arzobispo Meriño y la callecita de una cuadra Juan Barón (hoy no existe), que corría de la Arzobispo Meriño a la Isabel La Católica justo junto a la puerta de la Catedral que da hacia el Norte. Al enterarme de la infausta nueva, encaminé mis pasos hacia mi casa a informarle a mi padre el doloroso acontecimiento, que recuerdo lo afectó muchísimo.

Volviendo a la carta de Manolito Baquero, muy interesante, y la cual me han hecho despertar dormidos recuerdos que guardaba en el baúl de mis neuronas, decidí hacerte ésta, ampliando las valiosas informaciones de Manolito, sobre cómo era El Conde en la década del 40.

Comenzando El Conde por la esquina del Baluarte 27 de Febrero, Cuna de nuestra Independencia, marchando de Oeste a Este, paso a decirte lo que recuerdo de hace más de sesenta años. En la esquina El Conde con Palo Hincado estaba la Barbería Marión y al frente el Restaurante 1 y 5 de la Familia Paliza, donde una tacita de café costaba 5 centavos y una de café con leche (medio pollo) también 5 centavos.
Prosiguiendo hacia el Este, estaban en la acera norte de El Conde la Farmacia de Don Humberto Gómez, quien por muchos años fue Director de Deportes y en cuya farmacia se reunían todas las noches casi todos los deportistas de la época: Don Luis Alfau, Rafael David Henríquez, Cuchito Álvarez, Enrique Lantigua, Tirso Valdez, Luis Ernesto Rodríguez (Burrulote) y muchos más. Más hacia el Este, pero en la misma cuadra, estaba la Farmacia de Don Alfredo Rodríguez Oca, con muchos potes de porcelana que indicaban su contenido y unos bellos frascos de aguas de distintos colores. Pasos más adelante estaba un establecimiento donde vendían las corbatas Milito-Sello de Oro y los trajes “apéame uno”, los cuales no eran hechos a la medida, sino que eran fabricados en serie y los parroquianos, sin medírselos, le decían al vendedor: ”apéame uno”, pues los tenían colgados en ganchos casi al nivel del techo… Al lado, en la esquina Espaillat, estaba la entonces famosa Sastrería Cheij de una familia de libaneses, quienes vivían en la Avenida Bolívar esquina Mariano Cestero. Su hija se llamaba Fadua Cheij y su hermano se graduó de médico y marchó a los Estados Unidos. Al frente de la Sastrería Cheij estaba la Curacao Trading Co., compañía holandesa que en esos años traía al país los radios Philco. (sigue).

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